Asistentes de Lujo y el Rigor del Terciopelo Elena y Micaela se miraron con una chispa de maldad compartida. Si Dante y Luca habían cruzado medio continente, sobrevivido a vómitos de bebé y a una emboscada de monjas para estar allí, no se la iban a dejar barata. El perdón no sería gratuito; sería trabajado. —Está bien, Moretti —dijo Elena, guardando su bastón con un gesto elegante mientras se sentaba en un sillón de terciopelo dorado—. Se pueden quedar. Pero no como invitados, ni como novios, ni mucho menos como "protectores". Dante dio un paso al frente, esperanzado. —¿Entonces como qué? Micaela dio un paso adelante con una sonrisa depredadora. —Como nuestros **asistentes personales**. Para pagar el escándalo de las monjas y los pasajes que tuvimos que sacar huyendo de ustedes, van a

