La Fuga de las 3 de la Mañana Los siguientes cinco días fueron un ejercicio de actuación digno de un Oscar. Elena y Micaela se volvieron sombras en el edificio de Pocitos. Ya no había música a todo volumen, ni risas estrepitosas, ni cruces accidentados en el ascensor. Cuando se cruzaban con Dante o Luca, se limitaban a dar respuestas cortas y sonrisas enigmáticas que dejaban a los hermanos en un estado de confusión total. —Están muy tranquilas, Luca. Demasiado tranquilas —comentaba Dante, ajustándose una venda en el brazo mientras vigilaba la mirilla—. No me gusta. Es la calma que precede a la tormenta. —Capaz que el sándwich de Elvis las dejó en coma digestivo, Dante. Relajate —respondía Luca, aunque él también notaba algo raro en la mirada de Micaela. Lo que no sabían era que, tras l

