Los árboles desnudos, ante la inclemencia de vientos helados, luchaban por mantenerse estoicos, la hojarasca rojiza de las calles se arrastraba de un lado a otro, creando pequeños remolinos que anunciaban el comienzo de una época especial.
El invierno.
Un joven, miraba desde el balcón la caída de la última hoja de un enorme cerezo frente a él.
Encajaba los dedos de los pies sobre el frío suelo, mientras con sus manos se sostenía del barandal, luchando por no perder el equilibrio.
Detrás de él, un gruñido y un bufido llenos de calor, soplaban en su cuello delgado y blanco, mientras era embestido con jadeos rítmicos, que resonaban en su piel ardiente con cada embate brutal, como si él hombre que lo poseía quisiera hundirlo en el barandal.
Con sus músculos contraídos y las venas de su cuello exaltadas, suplicaba entre sollozos, que aquel hombre que lo dominaba, terminara de una vez por todas con aquello que minutos atrás había deseado con pasión, ser su objeto.
El hombre con la mirada ennegrecida, aceleró el golpeteo, tanto que no pudo contenerse más y en un grito apagado dejó su líquido dentro de las nalgas de aquel joven, que hasta ese instante seguía con la mirada apartada. Cubrió la espalda del chico que aún se sostenía del barandal con su torso sudoroso, y sin pensarlo mucho, mordió sus hombros con fiereza marcando la piel de este tal cual carnero a punto de ser vendido. Un gemido lleno de dolor y placer que apagaba el ardor, fueron el punto más alto.
Enrollo sus grandes manos en su cuerpo delgado, mientras experimentaba el placer de aquel embiste, que lo llevaba al nirvana, su falo palpitaba con fuerza mientras sentía como las nalgas del joven intentaban mantener la piel ardiente del hombre de cabello ondulado dentro de su cuerpo, en sus entrañas.
Un gesto, un fruncido de cejas, y la rabia del vacío que sentía, lo hicieron apartarse de una vez por todas.
—Vamos, es hora de que te vayas —dijo Nicholas, con el aliento seco, y el tono de su voz desgarrado, le dio la espalda, aún erguido, con su piel expuesta, sirvió whisky y en un trago largo, levantó el mentón.
—¿Esto será siempre así? —inquirió el joven que cubria su sexo, con un pudor inquietante. Dejando sus nalgas presionadas contra el barandal.
Nicholas lo observó frio, con sus ojos negros que poco a poco se aclaraban.
—No —.
—Esta es la última vez —arrojó sus palabras con desmedida antipatía, tomó la bata negra de seda de la mesa pequeña detrás del respaldo del sofá.
—¿Qué quieres decir? —insultado y con la voz frágil preguntó el joven.
Nicholas se tomó el tiempo para admirar la belleza del joven de pie pálida, fijó sus ojos en la piel tersa del chico, que aún se ajustaba firme en la mandíbulas, sintió excitación al notar como el cuello del chico palpita jadeante, no dudó en grabar en su mente, el abdomen plano y marcado, mientras esté cubría con sus manos, era un ángel sin alas, y había sido suyo.
—Ya no me sirves, los hiciste bien pero no es suficiente, los dos tuvimos lo que ansiabamos del otro y, ahora quiero que me dejes solo —le dio la espalda, caminó hasta la mesa del fondo, tomó la pluma negra que descansaba sobre varias hojas, y comenzó a escribir.
Aquel joven sin comprender del todo, entró en la habitación y con toda prisa vistió su desnudez, miró a Nicholas, sabiendo que esa sería la última vez que lo haría, y en un estrujo de tripas salió del departamento.
Con el golpe de la puerta, que estremeció las ventanas, Nicholas levantó la mirada y en una sonrisa, descompuesta, dio un trago más a su vaso con whisky.
Tal vez no existe ese cuerpo que mi piel quiera tener cerca después de desargarme en él.
.
Al otro lado de la ciudad, la prestigiosa editorial “Almaría”, llevaba a cabo su concurso anual del mejor escrito amateur.
Índigo Montgomery, un joven de rasgos hermosos y ojos brillantes verdosos, presionaba la puntilla de un lápiz sobre una agenda, en medio de varios cubículos, mientras Victoria Sloan dirigía unas palabras a los editores y asistentes del lugar:
—Es un placer tenerlos aquí, cuando digo que tengo a mi lado a los mejores escritores, editores y asistentes, lo digo en serio, y por ello como cada año, nombrare al mejor escritor amateur, que tendrá como recompensa, la oportunidad de publicar con diez mil copias la novela que ahora mismo ha sido seleccionada como la mejor —Victoria, era una mujer hermosa, madura y elegante con una voz tan dulce, como enérgica, de cabello castaño y sonrisa blanca, abrió el sobre que contenía, aquello que varios en el lugar esperaban.
Índigo, tenía esperanzas, y a decir verdad era tan talentoso como cualquiera en el sitio, con las mejillas enrojecidas y la impaciencia reflejada en el movimiento de sus piernas, deseaba escuchar su nombre.
—El amateur del año es… —hizo una pausa, todos fijaban su mirada en ella —Alexander Otoniel —.
Entre aplausos, silbidos y sonrisas, Índigo rompió la punta del lápiz. Otra vez no.
Índigo sintió como el calor de su cuerpo aumentaba, se esforzó y con una sonrisa falsa que le dolía en la mejillas, miró a Alexander a los ojos, apretó los labios, un segundo y después de eso —, felicidades Alexander —soltó.
—Gracias, aunque sé que estás ardiendo por dentro —resopló con arrogancia Alexander, un tipo con una pinta extraña, y ojos brillantes que ocultaba en unas gafas de pasta. Mierda, me hubiera guardado mis palabras.
—Saltaste la barra Alexander, ahora serás escritor con todas sus letras —dijo otro, en forma de felicitación. ¿Escritor con todas su letras?, ¿eres idiota?, basura comercial, cualquiera vende eso.
Índigo miró a su alrededor, notó aquellas sonrientes bocas y miradas apabullantes y sin más remedio que la aceptación, salió del lugar, bajó el edificio, llegó hasta la acera y maldijo un par de veces a Alexander, que aunque merecido tenía su reconocimiento, eso no impedía, el atisbo de envidia que Índigo sentía en ese instante.
El rojizo que las hojas secas de los árboles pintaban en el suelo, revoloteaba sin control por las calles, mientras Índigo, miraba aquel viento malicioso como una señal de su derrota.
Se detuvo un instante, levantó la mirada con lentitud, repasó cada piso de la editorial, hasta que sus ojos descubrieron, el nublado cielo de nubes que parecían la lana de las ovejas.
Nunca seré como mi padre. Esa frase era más, dolorosa, que el mismo concurso que acaba de perder.
Había pasado un día, y todo parecía normal, todo era tan común como de costumbre, sonidos de teclas al tacto de editores y asistentes, teléfonos sin contestar y pilas y pilas de hojas sobre los escritorios, acompañaron el caminar de Índigo.
Con un semblante decisivo, y el mentón altivo, entró a la oficina de Victoria, ella miraba la ciudad, desde el ventanal, el humeante café entre sus manos regalaba una postal digna de un pensador.
—Victoria, ¿podemos hablar? —preguntó Índigo con decisión.
—Pasa, te estaba esperando —dictó Victoria, sin soltar su taza de café.
Índigo se sentó con lentitud, miró a su alrededor y entonces antes de decir palabra alguna, Victoria habló primero.
—Lamento que no hayas ganado el concurso, tú novela es estupenda, pero… —sorbió el café caliente —, tengo algo para ti —.
Solo dilo, vamos, renuncia, que importa.
Victoria creía en el trabajo de Índigo, y este aunque sorprendido de aquellas palabras tenía algo en mente, no había podido dormir de solo pensar en eso que quería decir.
Sus palabras en la punta de la lengua callaron.
—Toma, él es el mejor escritor de esta editorial, y créeme cuando te digo que su narrativa es exquisita. Después de dos años al fin logré convencerlo de escribir de nuevo. Tú serás mi asistente, y te prometo que cuando al fin tenga su libro en mis manos, te firmaré la novela que tú quieras —cada palabra que Victoria decía, consternaba la mente de Índigo, era como si todo lo que en su soledad había resuelto, ahora no tuviera sentido.
La esperanza de ser publicado, a cambio de un trabajo el cual llevaba haciendo durante tres años, le resultaba más que atractivo.
Poco a poco aquella decisión de dejar todo atrás se esfumaba tan deprisa como el humo del café de Victoria.
¿Qué podía perder?
Índigo tomó el escrito en sus manos y sus ojos se abrieron tanto como sus órbitas le dejaron.
—Es una broma, esto está escrito a mano —dijo Índigo en un tono de sorpresa. Sus manos apretaban las hojas, haciendo notar lo irritado que se sentía por tal sorpresa. Transcribir esto, como si fuera un novato, a cambio de que me publique.
—No será fácil pero la recompensa valdrá la pena —replicó con una mueca y continuó. —Este hombre tiene tanto dinero que su escritura solo es por amor al arte, pero como todo artista, tiene ciertos detalles, odia escribir frente a una pantalla —explicó, Victoria con cierta emoción contenida.
Índigo resopló, cruzó una pierna sobre la otra, y entendió que el trabajo que tenía por delante no sería sencillo.
—No solo tienes que editar la novela, la debes escribir desde cero —agregó, aún con sus labios hechos una U.
—¿Quién es este loco? —preguntó, Índigo con molestia, si bien no había mucha diferencia, en lo que a su trabajo suponía, transcribir una novela era algo diferente.
—Nicholas Ryker —respondió Victoria, aunque con alegría, para Índigo resultó en un tono desafiante y oscuro.
En ese momento Índigo supo, que así tuviera argumentos reales para negarse, de hacerlo se convertiría en el más estupido de los asistentes.
—De verdad ¿Nicholas Ryker, escribió esto? —preguntó atónito, había entusiasmo y sorpresa en su voz, tanto que se encorvó hacia adelante, como si eso le llenará de energía.
—Victoria, más te vale que me estés diciendo la verdad, claro que haré lo que me pides —dijo Índigo, sus ojos se iluminaron y esa mala cara que tenía al entrar, ya no marcaba más sus finas facciones. Para Índigo Nicholas Ryker era una leyenda, el hombre misterioso detrás de los Best Sellers, más importantes de la editorial.
“El comienzo de esta historia, puede desagradar a los sensibles, pero la gracia de las apariencias, te hará leer aunque frente a tu madre lo niegues”
Índigo leyó aquel párrafo, y con más que solo inquietud, se levantó del asiento, miró a Victoria, y salió del lugar, la oportunidad de su vida se presentaba en forma de trabajo. Y aunque en ese instante su inocencia era encendida por el motor de su avivada sonrisa, Índigo no imaginaba que la perturbación de su tierna inocencia tenía nombre propio.
Nicholas Ryker.