Narra Harold Volver a casa me pareció surrealista después de un largo fin de semana bajo el sol tropical con Mariana. La había llevado a las Maldivas, con aguas cristalinas y playas de arena blanca. Nos alojamos en una villa lujosa y aislada sobre el agua que contaba con su propia piscina privada y acceso directo a la laguna. Fue como despertar de un sueño. No podía sacarla de mi cabeza. El tiempo que pasamos juntos me hizo darme cuenta de cuán profunda y real era nuestra conexión. Pero de vuelta en la ciudad, la realidad volvió a imponerse. Nuestra diferencia de edad todavía persistía entre nosotros, aunque ya no parecía molestarnos tanto a ninguno de los dos. Pero había algo más que me seguía molestando: Katherine. Entro a la sala y encuentro a mi hija acurrucada en el sofá, absort

