CAPÍTULO CINCO Era una mañana ajetreada en la tienda, lo que para Lacey era bueno porque quería decir que su mente estaba ocupada y no podía obsesionarse con la subasta de aquella tarde. Al mediodía, sonó la campanita y entró Gina. Iba a trabajar en el mostrador durante una hora para que Lacey tuviera tiempo de hacer algún perfeccionamiento de última hora en la sala de subastas. En el instante en que Lacey la vio, sintió que una ola de expectación nerviosa le subía del estómago al pecho. Le empezó a latir rápidamente el corazón. —Parece que estés a punto de desmayarte, chica —Dijo Gina—. ¿Tan nerviosa estás? —Eso parece —dijo Lacey, secándose las manos en los vaqueros. De repente, las notaba bastante sudadas. —¿Estás enferma? —añadió Gina. La miró—. Tienes un aspecto horrible. —Mucha

