Capítulo 2

1323 Palabras
Darren despertó con una sonrisa inusual en el rostro. Todavía podía sentir la suavidad de su piel contra la suya, el murmullo de su voz adormecida, la forma en que se había quedado dormida en su pecho. Extendió el brazo para tocarla… pero el espacio a su lado estaba vacío. Se incorporó, desconcertado. La terraza también estaba vacía. La brisa salada del mar seguía allí, pero ella no. Ni una nota, ni un rastro, ni una prenda olvidada. Nada. Como si todo lo vivido la noche anterior hubiera sido un sueño, uno de esos tan intensos que duelen al despertar. Se vistió apresuradamente y fue a la habitación 1205, donde sabía que ella se hospedaba. Al llegar, encontró a la recamarera haciendo la limpieza. La mujer, de unos cincuenta años, lo miró sorprendida. —¿Las señoritas de esta habitación? —preguntó él, ansioso. —Ya se fueron, señor. No sabría decirle a qué hora exactamente. Dejaron la habitación temprano, con todo empacado —respondió la mujer, encogiéndose de hombros. Bajó rápido a la recepción. Tenía que haber dejado algo. Una nota, su número. Algo. La recepcionista, una mujer joven de sonrisa fácil, lo recibió con frialdad. —¿Las ocupantes de la 1205? —preguntó Darren, conteniendo la ansiedad. —Ya hicieron el check-out, señor. Muy temprano. —Una de ellas debió dejar algo para mí. Una nota, quizá. ¿Podría revisar, por favor? Ella lo miró unos segundos y luego negó con la cabeza. —Lo siento. No hay nada. Pero mentía. Había recibido una generosa propina por parte de una de las amigas de la señorita para no entregar la nota. Melody O’Connor, se escapo un momento al baño antes del abordaje para hacer una llamada. No era amiga de Leiah, pero sí era amiga de Marcus Davis, el prometido del que Leiah no hablaba. Melody sabía lo del compromiso, aunque ella se negara a aceptarlo incluso ante sí misma. —¿En qué recepción lo dejó? —preguntó Marcus con una calma fingida, mientras escuchaba a Melody. —En la principal. Lo vi con mis propios ojos. Pero no te preocupes, me encargué de que no se entregue. Deberías cuidarla mejor —respondió Melody. —¿Pasó la noche fuera de la habitación? —Sí. Con un tipo. Alto, guapo… Ella estaba como embobada. Marcus apretó la mandíbula. Odiaba a esa maldita perra. Iba a pagarle cada humillación cuando por fin se casaran, pero sus familias se necesitaban mutuamente y esa era la mejor forma de sellar una alianza. Además, Leiah era bella. Siempre la había deseado. Solo necesitaba controlarla antes de que escapara. Llamó a la recepcionista del hotel y le ofreció más dinero por detalles del hombre que recibió la atención de Leiah. Darren Colbert… ese nombre era importante. Debía impedir que se encontraran. Si el viejo Dalbus se enteraba de que alguien como Colbert se interesaba por su hija, podría replantearse el compromiso. Hizo algunas llamadas, quizás pistas falsas, un informe manipulado, cosas que hiciera a Leiah inapropiada, o mejor aún ilocalizable. Todo para asegurarse de que no arruinara sus planes. Por otro lado parecía el momento justo para que su padre presionara a Daniel Dalbus con la boda. Mientras tanto, Darren, desesperado por no tener información, fue a buscar a Johan en su habitación. Su mejor amigo y asistente personal apenas se estaba despertando cuando Darren irrumpió sin tocar. —Necesito que encuentres a una chica —dijo sin más preámbulo. Johan se frotó los ojos y resopló. —¿No puedes esperar a que me cepille los dientes primero? —No —dijo Darren, y lanzó una camiseta hacia la cama—. Ponte eso. Vamos a trabajar. Johan lo observó con una mezcla de fastidio y curiosidad. —¿Es la misma chica con la que te estuviste paseando ayer por la playa? Darren no respondió, pero su expresión hablaba por él. Media hora después, revisaban registros de huéspedes, bases de datos internas y r************* . Lo único que pudieron encontrar fue el nombre de Melody O’Connor, a nombre de quien estaba registrada la habitación. —No hay más datos de las acompañantes —dijo Johan, frustrado. —Tienes mucho trabajo —replicó Darren—. Empaca. Nos vamos. Tienes que encontrarla. —Era mucho más fácil que le pidieras su maldito teléfono. ¿Y si no quiere ser encontrada? —Entonces me lo dirá en la cara. Lo que ninguno sabía aún, era que Marcus ya había empezado a moverse para evitarlo. **** Semanas después... Darren emergió de la piscina con el agua resbalando por su espalda, aún medio dormido pero ya irritado. Alzó la vista y frunció el ceño: Johan, su asistente, secretario personal y —aunque le costara admitirlo— amigo, lo esperaba con una toalla en la mano. —¿Qué demonios haces aquí tan temprano? —gruñó, echando un vistazo a su reloj—. Son las seis y media. ¿No sabes lo que significa descanso? —¿Y tú sabes lo que significa agenda? —replicó Johan—. Tengo novedades. Deja de hacer berrinche y sal del agua. —Pensaba dar un par de vueltas más y luego subir al gimnasio. No tengo reuniones esta mañana. —No tenías —corrigió Johan con una sonrisa traviesa—. Da tus vueltas, dúchate y baja. Yo me encargo del café. Y del desayuno. —¿Reunión con quién? —Te lo diré cuando estés vestido... y cuando jures que no vas a matarme. —No prometo nada —dijo Darren, aunque por dentro sabía que Johan era el único que podía hablarle así sin consecuencias. Volvió a nadar. Cada brazada era su exorcismo: el ritual que le permitía dejar atrás pensamientos, culpas y memorias. Pero ese día... ese día no había agua suficiente para limpiar el dolor. La ropa negra lo cubría como una armadura. Era su día libre, aunque para él, eso significaba una sola cosa: aislamiento. Cuatro de diciembre. El aniversario de su peor dolor. Como cada año, iría a la casa donde todo sucedió, leería esa última carta y bebería hasta que la rabia se durmiera. El aroma a café lo recibió al entrar a la cocina. Se sirvió una taza sin esperar a Johan, que cocinaba como si nada. —No voy a almorzar aquí. ¿Olvidaste qué día es hoy? —¿Jueves? —bromeó Johan. —Cuatro de diciembre —dijo Darren, con un tono de piedra. —Oh, claro... ese día —suspiró Johan, cruzando los brazos—. Mira, lo siento, pero sigo pensando que es una tradición patética. —Es mi tradición. Y me sirve —contestó Darren, seco como una bofetada. —¿Para qué? ¿Para castigarte? ¿Para revivir un dolor que ya te devoró? —Para recordarme que no hay perdón. Para recordar de dónde vengo. Para no olvidar por qué llegué tan lejos. Johan respiró hondo. Ya conocía esa respuesta. —Justamente por eso no deberías hacerlo. Es una herida que nunca sanará si la reabres cada año. —Prefiero una herida viva que un olvido cómodo. Mejor dime, ¿ya te pusiste a trabajar? —Está bien. Pero… hoy tenía otro plan para ti —dijo Johan con una suavidad inesperada—. Encontré algo. Melody, la chica del viaje que alquiló la habitación, tal vez estemos más cerca. Darren lo miró en silencio. Bajó la mirada. —Cerca no es suficiente. Quiero encontrarla ya. —Ven conmigo. Habla tú con esa chica. —Hoy no. Este día es intocable. Mañana… tal vez. Haz tu trabajo y dame algo. Han pasado suficientes días. —Pues dime, ¿tu maldita venganza o tu novia? ¿Quieres que haga todo? —Ganas suficiente para eso. Contrata personas. Quiero algo para mañana mismo. —Está bien. Quédate a llorar un rato mientras el verdadero Alfa resuelve —dijo Johan con un tono mordaz.
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