Los días empezaron a medirse en intentos fallidos: diez repeticiones de flexión pasiva, tres bloques de estimulación auditiva, veinte minutos de tablero ocular sin una sola letra completa. El conteo de Daniel en voz baja, la paciencia infinita de la fonoaudióloga, el bip aplicado del monitor. Nada. Un dedo que ayer parecía prometer movimiento, hoy se negaba como si el cuerpo hubiera vuelto a clausurar pasadizos. La doctora Collins repetía que el sistema nervioso no obedece calendarios; Ernesto asentía con mandíbula tensa; April hacía listas nuevas cuando las viejas ya no servían. Gina, en el medio, aguantaba. Ese viernes, la fatiga la partió en dos. Los hombros le pesaban como si le hubieran colgado sacos de arena. La mandíbula le dolía de tanto intentar empujar aire por la garganta. Dos

