El claxon del sedán de Ernesto rompió la modorra vespertina del vecindario cuando se detuvo frente a la mansión Harrison a las 17:28. Detrás llegaron la ambulancia de cuidados críticos y la furgoneta con el equipo de traslado. Paula—única enfermera de turno hasta las seis—abrió la puerta principal, se quedó petrificada un segundo y luego dio un paso atrás para dejarlos pasar. Ernesto no se detuvo a saludar. Sin perder el aire ejecutivo, dejó al doctor Gálvez y a los camilleros descargando material y cruzó el vestíbulo como dueño de la casa. A cada paso repasaba la logística: sacar a Gina, subirla a la ambulancia, llegar al aeropuerto municipal de Cedar Rapids antes de las siete, despegar hacia Kansas City con luz de día. Todo medido al segundo. Le preocupaba un único imponderable: el tiem

