El murmullo en la sala se apagó cuando el juez anunció el siguiente testimonio. Las miradas giraron al mismo tiempo hacia Gerald Harrison. Su nombre resonó como un trueno en los oídos de Gina. Por un instante, se sintió de nuevo en el borde de aquel abismo en el que había estado atrapada tantos años. Respiró profundo. No, no era la misma mujer de antes. Ahora estaba de pie, en su silla de testigo, mirando de frente al hombre que había intentado destruirla. Gerald se levantó con calma estudiada. El impecable traje azul marino, la corbata discretamente estampada y los zapatos brillando bajo las luces del tribunal lo hacían parecer más un ejecutivo camino a una junta que un acusado por tentativa de feminicidio. Se detuvo unos segundos para ajustarse el saco, como si quisiera dar a todos la o

