Gerald estaba en su despacho cuando su madre entro intempestivamente. — ¿Quieres hundirnos? —recriminó—. Tu suegro llegará en cualquier momento. — Otra vez tú— dijo con fastidio — te corrí hace dos días, ya debiste haber viajado a casa. — Si fuiste muy grosero, pero me hospede en un hotel, quería darte una oportunidad de reflexionar. Gerald resopló— Daniel nos vio pero él está en nómina y no va a decir nada. Y Gina es un maldito vegetal por Dios mamá, su cerebro debe estar fundido. — Se equivoca quien subestima a una mujer —advirtió ella—. Cuida tus secretos o terminarás sin un centavo y sin esposa. —Mi fortuna la hice yo mismo— dijo él. —Ay hijo, yo te amo, pero ambos sabemos que aunque no te iba mal, tu suegro obró un par de milagros. Él rompió la taza contra la pared. — ¡Vete!

