El veneno de la verdad

2208 Palabras
El Veneno de la Verdad El sol de la mañana se derramaba sobre la alfombra, pero no lograba disipar el frío que se había instalado en la mansión Márquez. El silencio era un ente vivo, denso y cargado de palabras no dichas, de furia escondida en las venas. Emilia se movió por los pasillos con una cautela que no había necesitado antes, sintiendo el peso de las miradas invisibles del personal de la mansión. Como si ellos supieran algo que ella no sabía. Cada crujido del suelo parecía un anuncio de su nueva y precaria posición. Un secreto que no parecía tan oculto. Tras una ducha rápida y un café bebido de pie en la soledad de la cocina, se dirigió al estudio de Lionel, tal como habían acordado. El corazón le martilleaba contra las costillas, con una mezcla de terror y una extraña y vibrante expectación. Un sentimiento nuevo que la inquietaba y la seducía. La puerta estaba entreabierta. Al asomarse, lo encontró ya trabajando, la pantalla de su portátil arrojaba una luz azul sobre su rostro concentrado. La habitación olía a libros viejos, a café recién hecho y a la determinación de Lionel. Un hombre ahora con un propósito definido. —Buenos días —dijo ella en voz baja. Lionel levantó la vista y la tensión en su rostro se suavizó al instante, reemplazada por una sonrisa que era exclusivamente para ella. Era tan íntima y genuina que a Emilia se le cortó la respiración. —Buenos días, Emilia —respondió él, su voz era una caricia grave—. ¿Dormiste algo? —Lo suficiente —mintió ella, acercándose a la imponente mesa de caoba—. ¿Y usted? —No mucho. Pero por primera vez en mucho tiempo no fue por culpa de las pesadillas. Fue por la esperanza. Por el deseo de un nuevo amanecer. — Siéntate Emilia. Le indicó una silla de cuero frente a él. Al sentarse, la mesa se convirtió en su campo de batalla compartido. Entre un general y su compañera de milicia. Sobre la mesa había montones de papeles, carpetas y un plano de lo que parecía ser la estructura corporativa de Márquez Global. —Como te dije ayer, Santiago me dio la clave que necesitaba —comenzó Lionel, yendo directo al grano. Su tono era el de un general planeando una campaña. — Alardeó de haber “optimizado” nuestras divisiones internacionales. Eso es una mentira… — Lo que ha estado haciendo es crear empresas fantasma en paraísos fiscales, desviando fondos a través de contratos de consultoría falsos con entidades que él mismo controla… — Pero necesito las pruebas. Los extractos bancarios, las transferencias, los correos electrónicos que lo autorizan. Su huella en todo lo que ha hecho a mis espaldas. Emilia lo escuchaba, fascinada por la rapidez con la que su mente funcionaba, por la claridad gélida de su estrategia. El hombre vulnerable de la noche anterior había dado paso a un estratega implacable. Al CEO que había construido un imperio. —¿Dónde podría estar esa información? —preguntó ella, su instinto práctico tomando el control. —Parte aquí. En mis archivos personales. Santiago nunca pensó que yo volvería a tener la lucidez para buscarlos. — Pero lo más jugoso… debe estar en la oficina contigua, la que usaba mi esposa. Después de su muerte, Claudia la convirtió en una especie de… archivo muerto. — Dijo que era para preservar su memoria, pero ahora sospecho que la usó para enterrar documentos que no quería que nadie viera, confiando en que yo nunca entraría allí. La mención de su difunta esposa fue como una pequeña piedra en el zapato. Emilia sintió una punzada de algo que no supo nombrar. —Necesito que vayas allí —continuó Lionel, su mirada fija en la de ella—. Busca cualquier cosa con los nombres de las filiales de las Islas Caimán o Panamá. — Cualquier transferencia grande a consultoras desconocidas. Santiago es arrogante, pero también es perezoso. Es posible que haya dejado un rastro de papel. — Eres la única en la que confío para hacer esto, Emilia. Nadie sospechará de ti si dices que estás organizando viejos papeles. —Está bien —asintió ella, la determinación de él contagiándola —. Lo haré. Mientras se dirigía a la puerta de la oficina contigua, la voz de Lionel la detuvo. —Emilia… Ella se giró. —Ten cuidado. Laura me dijo que Claudia llegará pronto. Ella es… un animal herido. Y no hay nada más peligroso que eso. — Tendré cuidado. Lionel la miró fijamente por unos instantes, sus ojos brillaban con una chispa de vida que no había sentido antes. Ella no sabía qué sentir ante esa mirada, ante esa confesión sin palabras que se dibujaba en sus ojos. Le dedicó una tímida sonrisa y se marchó a la oficina contigua. La oficina de la difunta señora Márquez era un santuario congelado en el tiempo. Muebles de estilo clásico, cubiertos con sábanas blancas, y cajas de cartón apiladas contra las paredes. El aire estaba viciado, impregnado de un perfume floral casi imperceptible. Emilia sintió como si estuviera invadiendo un espacio sagrado, pero la urgencia de la petición de Lionel superó su incomodidad. Comenzó a revisar las cajas metódicamente. La mayoría contenían recuerdos personales, álbumes de fotos, cartas. Vio el rostro sonriente de una mujer hermosa junto a un Lionel más joven y despreocupado. Vio a una pequeña Laura en brazos de su madre. Sintiendo una punzada extraña en su pecho. Apartó la vista, concentrándose en las cajas etiquetadas como “Finanzas” o “Corporativo”. Llevaba casi una hora inmersa en un mar de extractos bancarios y contratos antiguos cuando la puerta se abrió de golpe. Era Claudia. Estaba de pie en el umbral, vestida con un impecable traje de seda negra, su rostro era una máscara de fría hostilidad. —¿Se puede saber qué demonios estás haciendo aquí? —siseó, su voz cortante como un cristal roto. Emilia se levantó lentamente, el corazón le dio un vuelco, pero mantuvo la calma. Recordó las palabras de Lionel. No hay nada más peligroso que un animal herido. —Buenos días, Claudia. El señor Márquez me pidió que organizara algunos documentos antiguos. Había mucho desorden y los quería organizados. —¿Lionel te lo pidió? —Claudia soltó una risa carente de humor, avanzando hacia la habitación como una pantera. — ¿Y desde cuándo tú, la enfermera, te encargas de los archivos de esta familia? Tu trabajo es cambiarle las sábanas y asegurarte de que tome sus pastillas, no hurgar en nuestros asuntos. —Mi trabajo es hacer lo que mi paciente necesite para su bienestar —replicó Emilia, su voz sonó firme y uniforme. — Y según me dijo, necesita poner su vida en orden. Por eso me pidió este favor. Claudia se detuvo a apenas un metro de ella, sus ojos recorrieron a Emilia con un desprecio absoluto. —Su vida… ¿O la tuya? No creas que soy estúpida. Te he visto. La forma en que lo miras. La forma en que él te mira a ti… — Crees que porque está roto y vulnerable, tienes una oportunidad con él, ¿verdad? Un hombre millonario, desvalido… es el sueño de cualquier mujerzuela arribista. La crudeza del insulto golpeó a Emilia, pero no se inmutó. La noche anterior la había forjado en un nuevo tipo de acero. —Usted ve lo que quiere ver, Claudia. Proyecta sus propias ambiciones en los demás. El rostro de Claudia se crispó, la máscara de frialdad se resquebrajó, revelando una furia volcánica. —¿Mis ambiciones? —su voz tembló, subiendo de volumen—. ¡Mis ambiciones! ¿Tienes idea de lo que estás diciendo, estúpida? — Yo he amado a Lionel Márquez desde que era muy joven. ¡Desde antes de que mi propia hermana me lo robara! La confesión estalló en el aire viciado de la habitación, cruda y desesperada. Emilia la miró fijamente, viendo por primera vez la profunda y enconada herida que supuraba bajo la arrogancia de Claudia. —Él iba a ser para mí —continuó Claudia, con los ojos vidriosos, perdidos en un pasado doloroso. — Éramos amigos. Siempre estábamos juntos. Pero ella… ella era la dulce, la perfecta. Y se interpuso entre los dos. Se casó con él, le dio una hija, vivió la vida que me correspondía a mí. ¡A MÍ! Dio un paso más, su aliento casi rozando el rostro de Emilia. —He esperado en silencio. He esperado por años, he sido la cuñada leal, la tía devota, siempre a su lado. Y ahora que ella por fin no está, ¿crees que voy a permitir que una simple enfermerucha como tú venga a arrebatarme lo que es mío por derecho? — ¡Es mi turno! ¡Mi turno de estar a su lado, de cuidarlo, de amarlo! ¡Lionel me pertenece! El silencio que siguió fue pesado, cargado con el veneno de décadas de resentimiento. Emilia sintió una oleada de compasión por el dolor evidente de Claudia, pero fue rápidamente extinguida por la peligrosa posesividad en sus palabras. Con una calma que no sabía que poseía, Emilia la miró directamente a los ojos. —El amor no se toma por la fuerza, Claudia —dijo, su voz no era un susurro, sino una declaración clara y resonante—. Es un sentimiento compartido. No es una propiedad que se reclama. Esa frase aterrizó con la fuerza de un golpe físico en el rostro de Claudia. La lógica simple y pura de las palabras de Emilia pareció cortocircuitar la rabia de Claudia. Por un instante, la mujer parecía desarmada, su rostro mostraba una confusión genuina, como si nunca hubiera considerado esa verdad elemental. Pero la confusión duró solo un segundo antes de transformarse en una furia aún más intensa. Casi violenta. —¡Tú no sabes nada! —gritó, y su mano voló por el aire, dirigida a la mejilla de Emilia. El movimiento fue rápido, pero la adrenalina de Emilia fue más rápida. Levantó su propia mano y atrapó la muñeca de Claudia en el aire. El impacto de piel contra piel resonó en la habitación silenciosa. Los dedos de Emilia se cerraron con una fuerza sorprendente. Los ojos de Claudia se abrieron de par en par, atónitos, no solo porque la habían detenido, sino por la mirada inquebrantable de la mujer que tenía enfrente. De la que ella consideraba insignificante. —Usted no puede obligarlo a quererla —dijo Emilia, con su voz baja. Cada palabra salió de su boca cincelada con una convicción absoluta. Claudia luchó por liberar su muñeca, su rostro contorsionado por la humillación y la ira. Al ver que la fuerza física no le serviría, una sonrisa cruel y venenosa se dibujó en sus labios. Cambió de táctica, yendo a la yugular emocional. —Puede que no pueda obligarlo —siseó, saboreando cada sílaba—. Pero puedo recordarle. Emilia la miró, sin entender. Claudia inclinó la cabeza, sus ojos brillantes con una malicia pura. —Ya una vez durmió conmigo. Y lo disfrutó. El mundo de Emilia se inclinó sobre su eje. Soltó la muñeca de Claudia como si la quemara. La revelación de Claudia fue un puñal helado que se le clavó directamente en el pecho, robándole el aire. ¿Qué? – pensó. —Fue hace mucho tiempo —continuó Claudia, su voz ahora era un susurro triunfante al ver la herida abierta en el rostro de Emilia. — Fue una noche, después de una pelea terrible con mi hermana. Estaba solo, herido… vulnerable. Como ahora. Y yo estaba allí para consolarlo. Para darle lo que ella no le daba. Una imagen mental, vívida y nauseabunda, asaltó a Emilia: Lionel, en brazos de esta mujer, buscando consuelo. El dolor fue tan agudo, tan inesperado, que tuvo que dar un paso atrás, su expresión de fortaleza desmoronándose en una vulnerabilidad transparente. Su gesto, ese parpadeo de profundo dolor en sus ojos, fue todo lo que Claudia necesitaba. —Solo tengo que recordarle lo que sintió al amarme esa noche —concluyó Claudia, su voz llena de una victoria repugnante. — Y cuando lo haga, ¿crees que valdrán tus palabras bonitas y tu mirada de perrito faldero? Sin decir más, Claudia se dio la vuelta. Se alisó la chaqueta de seda, recompuso su máscara de aristocrática compostura y salió de la habitación, dejando a Emilia sola entre las cajas de una vida que no era la suya. Emilia se quedó inmóvil, el eco de esas palabras rebotando en el silencio. “Ya una vez durmió conmigo”. La fuerza que había sentido momentos antes se había evaporado, reemplazada por un frío y nauseabundo nudo de duda y dolor. — Otra vez. Una mentira y una traición como en el pasado. Sus pensamientos se perdieron por unos instantes en su viejo amor. En su error y su condena. Había elegido luchar al lado de Lionel. Pero no sabía que el campo de batalla estaba sembrado de minas tan personales y devastadoras. La guerra, acababa de darse cuenta, sería mucho más sucia de lo que jamás había imaginado.
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