Alejandra... —¿Por qué no me dices de una maldita vez que la perra de tu madre te ha comprometido con ella? Las lágrimas son como pequeñas chispas de fuego que queman mi rostro. El enojo que recorre mi cuerpo no me permite pensar con claridad; sólo quiero sacarme de adentro toda esta puta desdicha que estoy sintiendo. —No me hables así, Alejandra, no tienes derecho a reclamar nada, y mucho menos a exigir una explicación. A mi madre la respetas —sus dedos están apretando mi muñeca con mucha fuerza, pero él no se inmuta ni deja de hacerlo. —Kyle... ¿te casarás con ella? Mi voz se rompe al formular esa pregunta. Sé que su respuesta me dañará más que sus malditos golpes. —Eso no es de tu incumbencia. Tú solo debes estar cuando yo te necesite. No mandas sobre mí, eres una mujer que lo úni

