La mañana siguiente me levanté a las nueve, firmé el maldito contrato y me fui a la ducha, prefería algo a estar encerrado en la casa. —Tomás, no hagas ruidos por favor. —Los ruidos son geniales—Respondió el niño. —Alguien duerme, por favor. —¿Tu jefe? —Sí, ayer fue amable y me dejó salir más temprano, cálmate y sé bueno de vuelta. —Son las nueve, yo incluso ya me bañé. —Yo igual. —respondí, el pequeño me examinó unos breves segundos, luego miró asustado a su madre. —Ya ves, mamá. Ya estaba despierto. Monique negó con la cabeza y continuó poniendo atención a lo que hacía. Es una mujer hermosa, una mirada intensa con ojos saltones y negros, cabello del mismo color, piel morena, un cuerpo agradable y la elegancia desbordaba de él. Incluso hacía que meter un huevo en la olla fu

