Estoy sentada en lo poco que hay de césped disfrutando de la vista del mar. El sonido de las olas, rompiendo suavemente contra la orilla, es mi único acompañante en este momento de soledad. El cielo está pintado más azul que nunca. O quizás es que apenas me doy cuenta de lo bello de la simpleza por haberme animado a salir del departamento, y hacer algo más que estudiar como esclava. Hoy domingo no quise quedarme encerrada. Siena está con Eros, la tía Fina con la señora West. Por primera vez, desde ese día tan gris, me animé a salir, a pasear y sí, a pensar. Pero al menos pensar aquí no se siente tan asfixiante como cuando lo hago dentro del baño. Salir de casa por unas donas, luego conducir por la ciudad sin rumbo fijo hasta llegar a las afueras de la ciudad, para luego terminar sentad

