Como si el precio de besar a Emilia fuese mi vida, prácticamente se la entrego en este beso. No tengo contenciones tocando su cara, su cintura, su espalda, lo que sea necesario para tenerla más cerca de mí. Porque la verdad es que nunca era suficiente nuestra proximidad, había barreras que necesitaba derrumbar y lugares a donde necesitaba llegar. Nuestros labios se acarician, nuestras lenguas bailan, e intercambiamos respiraciones que comienzan a susurrar deseo. Emilia se había olvidado de los gritos dados y de esas lágrimas escurridizas, ya lo que quedaba en su mirada era deseo. El deseo que comienza a demostrarme posicionándome de una mejor manera en el sofá que estaba tocando antes de esto. Al lograrlo me empuja con sus dos manos a este, y ni puedo sorprenderme cayendo sentado, no me

