Esa última frase estaba cargada de algo que no podía descifrar, pero me dolía como una daga helada, desgarrándome desde dentro. Y todo... porque era completamente cierta. —Por favor, déjame ir —le pedí, sin atreverme a mirarlo. Mi voz era apenas un susurro que se quebraba en cada palabra. —Te dejé ir hace mucho, Harper —hizo una pausa; su tono se endureció, rasgando el silencio— Desde esa noche en la estación de tren a la que nunca llegaste. Su voz estaba cargada de reproche, y con el peso de esa afirmación cayendo sobre mí, Dante soltó mi brazo y se fue. Cerré los ojos intentando con todas mis fuerzas contener las lágrimas que amenazaban con salir. Sin embargo, esa acción invadió aún más mi mente de recuerdos, los cuales había intentado enterrar desde hacía siete años. De repente, es

