HARPER Ante mi grito, Dylan se apartó lo suficiente para mirarme. —A él sí te entregaste —sus ojos recorrieron mi rostro con una posesión aterradora—. ¿Por qué él y no yo? ¿Qué te da? ¿Un poco más de peligro? ¿O te gusta su salvajismo? ¿Te excita su brutalidad? ¿¡Es eso!? —¡Suéltame! ¡No sabes de qué estás hablando! —¡Claro que lo sé! —replicó—. Y voy a demostrarte que hasta en eso puedo ser mejor que él. Su boca bajó a mi escote y su mano libre tiró con violencia de la manga de mi blusa. Una ola de humillación me quemó más que su tacto brusco. El llanto se detuvo de golpe, reemplazado por un silencio helado en mi mente. Dejé de luchar. Me quedé rígida, vacía. Aquel cambio repentino fue tan extraño que Dylan no pudo continuar; se detuvo y me obligó a mirarlo. —¿Qué? ¿Ya no piensas r

