HARPER Su pregunta salió grave y tan exigente como una sentencia. Me quedé inmóvil por varios segundos, solo mirando sus pupilas endurecerse cada vez más. —Dante… —intenté apartar la mano. No me dejó—. No exageres, seguramente fue de tantas caídas de la tabla, la arena o… —No —me cortó, sin apartar la vista del moretón—. Esto no puede ser nada de eso. Lo que parece es que alguien te agarró tan fuerte, al punto de dejarte marcas. Su deducción me heló la garganta. —¡Está alrededor de casi toda la muñeca! —tragó saliva—. ¿Quién fue, Harper? Dame solo el nombre y te juro que… Se detuvo. Las palabras se evaporaron. No por falta de rabia, sino porque algo peor se asomó detrás de sus ojos: odio. Odio crudo. Instintivo. Del tipo que nunca había visto en él. Y no era hacia mí, sino a quien

