Creo que sí tengo que ir al gimnasio, pero ya no por querer aprender a protegerme, sino para bajar los cinco kilos que probablemente subí al comer todo eso. Mi estómago duele un poquito, y lo peor, es que ni siquiera pude acabarlo todo. – ¿Qué haremos ahora? – pregunto una vez salimos del restaurant y caminamos un ratito por los alrededores del centro. A pesar que no me gustó la parte en la que comí tanto que me siento a explotar, la verdad es que la comida estuvo deliciosa y amé verlo comer tranquilamente, mirándome fijamente sin importarle el mundo exterior, y lanzando comentarios burlándose de mí. También amé como se estiró sobre la mesa y limpió el desastre que hice en mi cara. Ni que decir de cuando insistió que dejara de comer y que era mentira cuando dijo que nos iríamos a casa

