Rey sangriento

1118 Palabras
El grito ahogado que suelta la reina al escuchar al rey de Trespia me hace acordar a aquellos innumerables gritos ahogados que suelta por el simple hecho de dramatizar en exageración cuando la decoración de un baile no le gusta. Irónicamente esos recuerdos llegan a mi mente cuando hay un verdadero peligro frente a nosotros. —Rey, esto es todo un malentendido. Este chico es mi hijo, el príncipe heredero, y solo fue a la frontera a custodiarla. No tenía pensado hacer ninguna otra cosa. Aquel rey, que me recuerda tanto al rey sangriento de las leyendas del reino, da un paso hacia delante, luego otro y otro y los reyes simplemente retroceden, asustados. Finalmente, el rey de Trespia se encuentra fuerte al cuerpo magullado del príncipe heredero y entonces lo patea con fuerza en el abdomen, provocando que este suelte un alarido de dolor. Siento mi estomago revolverse, y por el miedo y la aversión que siento hacia él, retrocedo dos pasos. —Este hombre entró en mi reino, robó de mi comida y, como si no fuera suficiente, maltrató a los granjeros a los que les robó. —No, esto tiene que ser un malentendido, rey. Mi hijo no es así. Él jamás haría eso. Pero yo no estoy tan segura de ello. Wilder siempre se ha caracterizado por ser altanero, siempre creyendo estar por encima de los demás, y si a mí, su propia hermana menor, la obligaba a tirarse sobre los charcos para no ensuciarse los zapatos, me imagino cuan vil podría ser con las demás personas. Pero esto era diferente. Al menos en grado de daño. El príncipe heredero humillaba a las personas, pero él…él las mata. —No es un malentendido. Es el resultado de una educación deficiente de un reino también deficiente. Y las deficiencias se pagan con la vida en mi reino. Al terminar su oración, el rey de Trespia blandió su espada como aquellos caballeros que había visto antes en las demostraciones de esgrima en los festivales del reino, pero esta vez sabía que era diferente. —Señor rey, por favor perdónele la vida a este reino. Perdónenos —suplica el rey, de rodillas en el suelo, y a su lado la reina. Ambos se encuentran humillándose de la manera más denigrante conocida, pero eso no parece ser suficiente. Él sigue avanzando hacia donde se encuentran los reyes de rodillas. Miré hacia todos los lados, buscando a los guardias del reino, pero todos ellos parecen inmóviles por el miedo. No puedo culparlos, incluso yo siento que tengo los pies pegados al piso, pero sé que se debe hacer algo o Leighton pasará a la historia como un reino extinto, como tantos que ha extinguido el rey de Trespia. —Alto. Apenas fue un susurro, pero entre tanto silencio se escucha a la perfección. El rey de Trespia se detiene, confundido, como si creyera que se lo ha imaginado, entonces mira a su alrededor, buscando el origen de aquel susurro lleno de miedo. Parece que no me ha notado, así que da dos pasos más, levanta su espada y... —¡Dije que alto! —grito. La espada se detiene a escasos centímetros del cuello del rey. Vuelve a alejar la espada y esta vez me mira, y aquella mirada no me gusta en lo más mínimo. —Entonces eres tú, la joya con la que tu padre engaña a reyes una y otra vez para mantener este chiste de reino a flote. —No soy ninguna joya —tartamudeo y seguro parezco estúpida. —Tienes razón, luces más como una roca común. ¿Qué es lo que ven esos reyes en ti? —No me sorprende que no lo veas. Los tesoros más interesantes son basura delante de los ignorantes. No, Bair, decirle eso lo enojó, así que ahora tranquilízalo porque viene caminando hacia ti y no ha soltado la espada. El rey de Trespia empieza a acortar el espacio entre los dos, y cuando está a tres pasos de mi levanta la espada y yo cierro los ojos. Espero a que pase lo peor, pero por más que lo hago no pasa nada. Espero, espero y espero, y finalmente escucho que empieza a alejarse. ¿Qué? Abro los ojos con miedo y veo su espalda cubierta por una gabardina de piel alejarse de mi hasta llegar a los reyes de Leighton. Por un instante pienso que tendré que intervenir otra vez, pero el rey termina por guardar su espada en su vaina luego de haberla limpiado con la túnica de mi padre. —Levántese. Hablaremos en su estudio. *** ¿Cuánto ha pasado desde que se encerraron allí? Los reyes de Leighton junto a los sabios del reino han entrado al estudio del rey y ninguno ha salido, pero creo que los murmullos que se oyen ocasionalmente son una buena señal. —Blair —escucho al príncipe heredero llamarme. Hace tanto tiempo que no oía su voz que incluso había empezado a olvidarla. —Wilder, me alegro de que estés bien. —Apenas, pero tienes que decirles a mis padres —él comenta con urgencia, provocando que me ponga en pie y me acerque a él. A lo mejor se avecina una desgracia. —¿Qué es? Dímelo. —Diles que...el rey de Trespia viene hacia acá. Me siento nuevamente en mi lugar inicial. —Ya llegó, que es diferente. —No, no es a eso que me refiero. Si los reyes no aceptan su trato entonces él... —se detiene—...va a exterminar al reino completo. —¿De qué hablas? —Lo ha hecho desde inicios de su reinado. Busca reinos pequeños y los extermina, del más pequeño al más grande. Acaba con el ganado, quema las siembras y derrumba los castillos. Mi respiración se agita debido al miedo y pronto siento que el corsé me impide respirar con facilidad. De pronto las puertas del estudio se abren, resonando por todo el castillo, por lo que me pongo de pie y corro hacia el pasillo, ignorando los gritos del príncipe. No veré nada desde este pasillo, así que habiendo escuchado que bajan las escaleras, corro de nuevo a la habitación y miro por la ventana. Allí debajo divisó al rey de Trespia serio mientras los reyes y los sabios intentan parecer amigables. Esto me provoca una mala sensación en la boca, y aquel pronto se convierte en un mareo que termina por desmayarme. Antes de perder del todo el conocimiento, veo a varias mujeres de la servidumbre acercarse a mí, preocupadas. ¿Qué es lo que quieres de este reino, rey sangriento? ¿Por qué llegaste de pronto y amenazas con destruir todo mi mundo?
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