Cinco días habían pasado desde que Dylan me mantenía en cautiverio, había rechazado todos sus afectos una vez que vi que de verdad no me dejaría salir. Se marchaba en la mañana, volvía al medio día para almorzar y luego regresaba a la hora de dormir. Aquella noche tocó mi espalda después de tomar baño. Mi cena estaba intacta, siempre que podía evitaba comer. - ¿Crees que eres una niña?- reclamaba por yo no cenar. - ¿Quien te crees tú que eres para mantenerme en estas cuatro paredes? Voy a perder mi trabajo. - Eso ya no importa. - ¿Que carajos es lo que importa ahora? ¿Tus negocios? Me estoy cansando de tus malditas decisiones, déjame ir. - Si lo hago, sé que no volverás. Ya deja ir ese enojo, intenta relajarte. María, no estes así.- acarició mi espalda con lentitud. - ¿Quier

