El sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados. Lucía observaba el horizonte desde la ventana de su departamento, sintiendo cómo el aire fresco de la tarde entraba por la r*****a abierta. Era como si el mundo estuviera respirando con ella, esperando, en silencio, a que tomara las decisiones que había postergado por tanto tiempo. Había pasado varias horas desde la llamada con su madre, y aunque la conversación había sido dura, también había algo liberador en ella. La verdad, por más dolorosa que fuera, comenzaba a calar profundamente en su ser. Recordó lo que su madre le había dicho: “Te amo, y siempre lo he hecho”. Era la frase que resonaba en su mente. Y aunque el perdón no llegaría de inmediato, una pequeña chispa de esperanza se había encendido en su interior.

