IV. Discotecas de Italia

1479 Palabras
Capítulo 4: Discotecas de Italia.   KIARA CRAFT   ¿Quién diría que tendría un día tan aburrido en Italia? Lo peor era que no debía de estarlo, es decir, había salido a un bistro llamado 334 que era donde trabajaba Lana como ayudante de cocina, al parecer era uno de los sitios más exclusivos y famosos, pero realmente mi humor de perros no me acompañaba para estar en un ambiente así. Lana me había dado la opción de quedarme en el apartamento, pero no quería quedarme sola con los demonios que atosigaban mi mente y recordar el por qué estaba aquí en Italia. «Ángelo, Ángelo, Ángelo… ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste esto?» «No pienses en eso Kiara». «No, pero necesito saber en qué fallé si te lo di todo, mi amor, mi vida, mi ilusión, era completamente tuya sin dudar». «QUE NO PIENSES EN ESO KIARA». «Tal vez ese fue mi error, entregarme ciegamente en cuerpo y alma a alguien que no tenía pensado hacer lo mismo conmigo». «CALLATE KIARA, BASTA». Así me la pasé todo el maldito día, contradicciones donde no quería pensar en él pero cuando menos me lo esperaba su imagen, su cara, su olor, su risa, TODO de él venia a mi mente y todo lo que vivimos juntos y es que fue tan perfecto… bueno, perfecto no, porque nosotros estábamos lejos de serlo, pero dentro de nuestra imperfección todo fue perfecto porque nuestra historia fue tan única que estaba segura de que jamás podría reemplazar algo así. Sí, aquí estaba torturándome otra vez con mi propia mente. Así que por eso estaba aquí, preferí salir con Lana a su trabajo para despejar mi menta al menos un poco. Me encontraba sentada en una mesa al fondo del sitio, había pedido una bebida exótica azul adornada con una cereza para variar un poco, mi pierna enyesada reposaba en una posición cómoda en el mueble, al menos la música que sonaba me hacía relajar porque solo eran canciones sin letras, música electrónica con buen ritmo. —Hola. Me sobresalté cuando escuché esa voz detrás de mí y la persona se terminó de acercar deteniéndose frente a mí. No podía creer quien era. Vicencio Lacoste. —Hey —dije sorprendida—, ¿me estás persiguiendo o algo así? Él soltó una leve carcajada, ahora que lo veía mejor, era bastante alto, de buena forma física, y de hecho… feo no era. «Kiara, basta, solo estás viéndolo a través de tus ojos de despecho». Tenia que calmarme, no quería jugar a esto de sacar un clavo con otro clavo. —Yo diría que es al revés, me sales en todos lados —dijo dejando permanecer una sonrisa en su rostro y tomando asiento a mi lado—, ¿estás aquí sola? —No… bueno —dije—, algo así, mi amiga trabaja aquí. —¿En serio? —dijo incrédulo— ¿Cómo se llama? —Lana, es ayudante del chef. —Dije sin saber muy bien por qué le daba esa información. —La nueva —supuso. —Sí —dije sin comprender como podía saber eso, me imaginaba que frecuentaba el lugar y de hecho al ser famoso conocía a los chefs de sitios importantes como este. De seguro que cuando Lana se enterará que el famosísimo fotógrafo Vicencio Lacoste sabía quien era ella se caería de espaldas. —Ya —dijo—, ¿Quieres otro trago? Miré mi bebida, aun me quedaba un poco, pero la bebía lentamente, después de todo estaba tomando sentada y no quería terminar borracha llorando por mi ex. —Estoy bien, gracias —me encogí de hombros, si me provocaba llorar a cada rato estando sobria por él, no podía imaginar borracha. No, ya me había humillado bastante. —Vicencio —un señor se acercó hablando en español suponía que pertenecía a España, lo curioso de Italia era que había muchos turistas hablando diferentes idiomas, pero más predominaba el inglés y el español—, creí que no te volvería a ver. Vicencio se levantó y ambos se saludaron con un apretón de manos. —Solo estaba fuera unos meses —dijo Vicencio dando una mirada—, Magno, ella es Kiara Monserrat, es escritora. Kiara, él es Magno es el dueño del bistro. Oh, vaya, bueno, no podía levantarme por mi evidente pierna enyesada así que me limité a extenderle mi mano. —Mucho gusto, un placer —sonreí, Magno me devolvió la sonrisa estrechándome la mano. —Igualmente —dijo—, oye eres muy bonita. Sentí sonrojarme y solté nuestras manos. —Gracias —me limité a decir, lo curioso era que en vez de sentirme halagada por los cumplidos o la atención que estaba recibiendo, sentía que estaba traicionando a Ángelo. «Eres patética, Kiara». Observé como Magno sacó una cajetilla de cigarros de su bolsillo y me ofreció uno. —¿Fumas? —preguntó. —No —murmuré, él frunció el ceño pareciendo ofendido. —¿Qué clase de escritora eres si no fumas? —dijo riéndose, pero como si esperara una respuesta de mi parte ante lo que él creía un disparate. No lo comprendía, ¿acaso había algún prototipo de escritoras que no seguía o qué? —No fumo —me limité a decir encogiéndome de hombros sin comprender su raro prototipo. —Ya deja de molestar. —dijo Vicencio dándole un ligero golpe en el hombro de modo familiar y me miró negando con la cabeza para agregar: — Solo está jugando. «Ah, pues, que broma tan mala». —Ya ves, por eso eres mi socio —dijo Magno—, yo hago jugarretas y él aclara que son jugarretas. Ya va. ¿Socios? ¿Vicencio era socio de este lugar tan exclusivo? Vaya, al parecer Vicencio era toda una caja de sorpresas. Con razón sabia de Lana, la nueva ayudante del chef. —Ya —dijo Magno—, los dejo, tengo atender allá atrás. Se despidió con una sonrisa y Vicencio me miró para decir: —Ven, ¿quieres ir a la plaza? A esta hora de la noche es bellísima con las luces iluminando el cielo de la bella Italia. «Bueno si lo dices así… con ese acento italiano romanticón…» «No Kiara, enfocate». Podía pasear con él para distraerme, claro que solo tenia que tener en cuenta que no debía involucrarme más allá con él, seguía siendo una mujer casada y por más que Ángelo me hubiera engañado, yo no era igual a él... yo sí tenia sentimientos y no me gustaba hacerle daño a los demás. —Claro —acepté porque definitivamente, cualquier lugar para distraerme sería bienvenido, hey, a eso vine en primer lugar a Italia ¿no? Al menos sentía que dominaba mucho más las muletas, podía seguirle el paso a Vicencio, él de igual forma caminaba lento y a mi ritmo, lo agradecía, a medida que caminábamos podíamos ver los distintos locales y Vicencio se encargaba de nombrármelos y de decirme su historia como mi guia turístico, me compró una bebida de limón muy buena que no sabía qué contenía, pero estaba bastante dulce con toque a menta él decía que eran los mejores jugos de la cuadra. Seguimos nuestro tour y fuimos a una plaza iluminada con distintas luces de colores casi me hizo sentir el ambiente navideño solo que faltaban 2 meses para eso aun, nos detuvimos en un taburete observando la preciosa vista. —Todo es hermoso —murmuré, la brisa era fresca, tomé una profunda respiración, creo que esto era justo lo que necesitaba en este momento. Detenerme en un sitio hermoso únicamente para respirar profundamente y así fingir que no me ocurría nada. Vicencio de repente dijo algo en italiano que no logré entender porque evidentemente, no hablo el idioma. Fruncí el ceño débilmente volteando hacia él sin comprender qué me había dicho. —¿Qué dijiste? —pregunté. él mantenía la mirada fija en mí y sonrió débilmente mientras apartaba un mecho que estorbaba en mi rostro detrás de mi oreja, su intromisión a mi espacio personal me hizo tensarme enseguida. —¿Qué tal si te lo muestro? —comenzó a inclinarse hacia mi, sabía sus intenciones, quería besarme. Oh, oh… Podía sentir como mi mente se encendía la alarma de alerta roja, es decir, una parte de mi quería dejarse llevar por el momento, pero otra parte —la que sí seguía siendo fiel a mí misma— me decía que no, que no era correcto en ningún aspecto porque solo estaba despechada. —No —dije echándome hacia atrás tan bruscamente que mis manos actuaron por reflejo empujándolo por los hombros tal vez demasiado fuerte porque, Vicencio se cayó hacia atrás directo a la calle donde venía una moto y solo escuchamos la bocina y el brusco frenazo cuando lo atropelló…
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