ARISHA Echo un vistazo por última vez a los demás antes de desviarme por uno de los túneles laterales. El aire aquí dentro es una masa pesada que se niega a entrar en mis pulmones; mis botas resuenan sobre el granito con un eco que parece acusarme. El sudor empapa mi frente y siento una gota fría recorriendo mi espalda como el rastro de un insecto. Mi corazón golpea contra las costillas a una velocidad vertiginosa, convirtiendo cada bocanada de aire en un ejercicio doloroso. Un pitido constante me taladra los oídos, como si un tambor de guerra hubiera sustituido a mi cerebro. Trago saliva, pero mi lengua se siente como lija. Las náuseas me golpean con fuerza, y tengo que obligar a mi pulso a estabilizarse; me niego a morir de un infarto en este agujero y dejar a mi hombre solo. Me persig

