ARISHA El sudor empapa mi cuerpo, convirtiéndose en una segunda piel pesada y pegajosa. Pequeñas gotas de líquido salado cuelgan de mis pestañas, nublándome la vista, mientras otras tantas ruedan por mi frente y se pierden en el cuello de mi top. Mi respiración es un asco; es un sonido rasposo y errático. El pecho me sube y me baja con una violencia tal que siento que mis pulmones van a colapsar en cualquier momento. El corazón me late desbocadamente, golpeando mi caja torácica como si quisiera escapar del dolor que recorre cada uno de mis músculos. Tengo que tomar una bocanada de aire profunda para evitar que las náuseas me obliguen a regresar lo poco que tengo en el estómago. Llevo una semana entrenando cada noche con Violet y cada día el nivel aumenta de forma exponencial. Esa mujer e

