No hay tiempo.

1589 Palabras

Anne Finalmente pude ver a Renata. Estaba internada en la clínica, conectada a máquinas que marcaban su ritmo de vida con pitidos constantes, como un recordatorio cruel de lo frágil que siempre ha sido. Su cabello castaño caía desordenado sobre la almohada blanca y sus ojos verdes, tan parecidos a los de mamá, parecían más grandes en su rostro pálido. Me acerqué despacio, como si un movimiento brusco pudiera romperla. —¿Cómo estás…? —indagué en voz baja—. ¿Cómo te sientes? Ella giró apenas el rostro para mirarme y esbozó una sonrisa débil, resignada, de esas que duelen más que el llanto. —Como siempre… —me dice—. Siempre he sabido que mi tiempo en esta tierra es limitado. —No digas eso —respondí de inmediato, con un tono más duro del que pretendía—. No es verdad. Renata me observó e

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