Flores pisoteadas.

1678 Palabras
Anne Hamilton Llegué a casa muy tarde. Había pasado todo el día divagando, encerrada en mi propia cabeza después de la pelea con mi madre. Nuestra relación jamás fue buena. Desde que era niña siempre tuvo preferencia por Renata y yo me consolé durante años pensando que era por su enfermedad, que era lógico, que no debía dolerme. Pero dolía igual. Me quedé en la cama todo el día, sin ganas de levantarme, sin energía siquiera para fingir que estaba bien. La casa estaba en silencio, ese silencio pesado que sólo existe en las mansiones grandes donde nadie se atreve a molestar. Ya era de noche cuando la puerta se abrió despacio. —Anne… Era papá. Entró con una charola en las manos. Sobre ella había sopa caliente, pan y un vaso de agua. Se acercó a la cama y la dejó con cuidado sobre la mesa de noche, como si yo fuera frágil. O peor: como si temiera romperme. —Los sirvientes me dijeron que mi princesa no cenó —dijo con una media sonrisa. —No tenía ánimo —respondí, sincera, sin fuerzas para inventar otra excusa. Él se sentó a mi lado y me rodeó con un brazo. Me dejé abrazar. Sólo con él lo hacía. Con nadie más. —¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Es por Renata? Apartó un mechón de mi cabello y besó mi frente, como cuando era niña y me despertaba de las pesadillas. —Sí… tengo miedo —confesé en voz baja. Papá suspiró. Sentí cómo su pecho subía y bajaba lentamente, controlado, como todo en su vida. —Renata es fuerte —dijo—. Siempre lo ha sido. Y tú también. —No es lo mismo —murmuré—. Ella lucha por vivir. Yo sólo… sobrevivo. Él se quedó en silencio unos segundos. Luego habló con ese tono firme que usaba cuando quería que le creyera. —Anne, escúchame bien. —me tomó el mentón y me obligó a mirarlo—. Tú eres el pilar de esta familia. Lo has sido desde muy joven. Y no voy a permitir que te quiebres ahora. —Mamá cree que no siento nada —dije, sin poder evitarlo—. Cree que soy fría… que no me importa. Sus ojos azules se endurecieron un instante. —Tu madre no entiende muchas cosas —respondió—. Pero yo sí. Sé exactamente cuánto cargas sobre los hombros. Apoyé la cabeza en su pecho. No lloré. No me lo permití. Sólo respiré hondo, intentando memorizar ese momento de calma antes de que todo volviera a romperse. —Come un poco —me pidió—. Mañana será un día largo. Asentí. Porque con él siempre asentía. Cuando salió de la habitación, volví a quedarme sola. Miré el plato sin hambre. Dormí el resto del día sin distinguir si era noche o mañana. El cuerpo se rindió antes que la cabeza. Cuando desperté, aún estaba cansada, pero no tenía el lujo de quedarme en la cama. Renata seguía internada y la empresa seguía cayéndose a pedazos. No podía fallar en ninguno de los dos frentes. Muy temprano fui a la clínica otra vez. Debía dividir mi tiempo entre la oficina y el hospital, aunque en realidad no alcanzaba para nada. Papá estaba desesperado buscando dinero; los bancos ya no nos prestaban y la situación de la empresa era peor de lo que él me decía. Así que, como siempre, yo debía ser su soporte. Su ancla. Su solución. En el pasillo de cardiología me encontré con Helena. —Amiga, ¿cómo estás? —me abrazó fuerte, sin pedirme permiso. Helena es mi mejor amiga desde la infancia. Fuimos a los mismos colegios, crecimos juntas, compartimos secretos, vestidos, miedos. También es la hermana de Elliot. Y aun así, después de que terminé con él, logramos conservar la amistad… con una regla tácita: no hablar de Elliot. —Estoy bien —mentí, como siempre—. Esperando noticias de Renata. Supongo que mamá se quedó a dormir con ella. —Sí, estuvo toda la noche —dijo—. Pero tú tienes cara de no haber comido nada. —No tengo hambre. —Eso nunca es buena señal contigo —insistió—. Ven, al menos toma algo. La seguí sin discutir. Helena era de las pocas personas capaces de empujarme sin que yo me molestara. Estábamos hablando de cosas triviales, de nada importante, cuando algo llamó su atención por encima de mi hombro. —Wow… —dijo, bajando la voz—. Ese bombón está aquí. Rodé los ojos sin mirar. No estaba para comentarios masculinos. —Helena… —No, en serio, mira eso. Es más guapo en persona. Suspiré con fastidio y entonces lo vi. El mismo hombre del día anterior. Cabello oscuro perfectamente peinado, traje impecable, postura segura. Y esos ojos grises que parecían reconocerme incluso antes de que yo procesara su presencia. Venía caminando hacia nosotras con un ramo de flores en la mano. Lirios. Sentí cómo algo me subía por la garganta, ira, orgullo y fastidio. —Anne… —dijo él, y sonó más a pregunta que a afirmación. No le respondí. Me acerqué, le arranqué las flores de las manos sin delicadeza alguna y las lancé al suelo. Las pisé una por una, con el tacón, sin apartar la mirada de la suya. El pasillo quedó en silencio. Él no se movió. No se alteró. No se ofendió. Sonrió. —Ya entendí, princesa —dijo con calma—. No te gustan los lirios. —¿Qué demonios te pasa? —espeté—. ¿Quién te crees que eres? Antes de que pudiera seguir, una voz conocida se metió en la escena. —¿No te gustaron mis flores? Me giré bruscamente. Elliot Anderson estaba ahí. Hacía años que no lo veía. Estaba más alto, más ancho de hombros, más hombre. El cabello dorado típico de los Anderson seguía igual, los ojos avellana idénticos a los de su madre. Vestía elegante, sobrio, correcto… como siempre. Por un segundo el aire me faltó. No por amor. Por sorpresa. —¿Qué mierda significa esto? —dije, sin bajar la guardia—. ¿Qué clase de burla es esta? —Anne, cálmate —intervino Helena, incómoda. —Anne sólo quería darte un obsequio —dijo Elliot—. Te compré tus flores favoritas y le pedí a mi amigo que las sostuviera mientras yo estacionaba. Giré lentamente la cabeza hacia el hombre de ojos grises. ¿Su amigo? Él alzó una ceja, divertido. —Así que tú eres Anne —dijo—. Encantado. — Él es Leo —respondió Elliot—. Leo Style. El nombre cayó como una ficha más en un dominó que todavía no entendía. El mismo Leo Style del que hablaban los diarios, las redes, las reuniones empresariales. Futbolista, empresario y técnicamente un prostituto. —Esto es inapropiado —dije, clavándole la mirada a Elliot—. No era necesario. —Sólo quería verte —respondió—. Me enteré de lo de Renata. —No necesitabas traer un espectáculo contigo. Leo soltó una risa baja. —Créeme, si esto fuera un espectáculo, sería mucho más interesante. Lo fulminé con la mirada. —No te metas. —Difícil no hacerlo cuando me pisan las flores —replicó con descaro. Elliot frunció el ceño, incómodo. —Leo… —Tranquilo —dijo él—. Tu ex es encantadora. Ex. —No tengo tiempo para esto —dije finalmente—. Estoy en un hospital. Mi hermana está grave. Así que si quieren jugar a las presentaciones, háganlo en otro lado. Me di la vuelta y empecé a caminar. —Anne —llamó Elliot—. Podemos hablar después. No respondí. —No puedo creer que seas tú, ¿me firmas un autógrafo? —dice Helena, con los ojos brillándole de emoción, mientras da un pequeño paso hacia él. Yo rodé los ojos, cansada—. Le pedí hace mucho tiempo a mi hermano que nos presente. —Helena… —le lancé una mirada cargada de advertencia, firme, casi suplicándole en silencio que se detuviera, que entendiera que ese no era el momento. —¿Ya terminaron el club de fans o todavía falta alguien más? —digo, sin ocultar el fastidio. Él levanta la vista hacia mí, lento, como si saboreara el momento. —Veo que hoy sigues de buen humor, princesa. —No me llames así —espeto—. No somos nada para que te tomes esas libertades. Elliot interviene de inmediato, incómodo. —Anne, por favor… solo veníamos a verte. Pensé que tal vez… —Pensaste mal —lo corto—. No es un buen momento. El silencio cae pesado. Helena nos mira a ambos, incómoda, sin entender del todo. —Renata sigue grave, ¿no? —pregunta Elliot con cautela. Aprieto los labios. —Sí. Y por eso no tengo paciencia para sorpresas, reencuentros ni… flores pisoteadas. Él asiente, serio por primera vez. —Lo siento. No era mi intención molestarte. —Vamos, Elliot, el iceberg te puede helar… —le dice el futbolista, tomándolo del brazo con una sonrisa burlona. —No empieces —murmura Elliot, dejándose arrastrar. —Quédate con ella —le dice Elliot a su hermana antes de irse— Cualquier cosa llámame Anne. Ambos se largan sin mirar atrás. —No lo puedo creer… ese bombón se quedará en mi casa —dice Helena, llevándose una mano al pecho, fascinada. —Helena, tienes pésimos gustos, no sé por qué soy tu amiga —dije, negando con la cabeza. —Porque me amas y porque tengo razón —responde sin dudar—. ¿Lo viste bien? Es guapo, elegante y famoso. —Es arrogante, invasivo y no sabe cuándo retirarse —replico. Ella sonríe, cómplice. —Exacto. Tu tipo. —Ni en esta vida ni en la siguiente —digo, dándome la vuelta—. Vamos, tengo que volver a la clínica. Quiero ver a Renata. Helena me sigue, aún riendo.
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