Cuando te entregas al amor tienes dos opciones, rendirte ante él o huir. Desde que vi a Fausto esa mañana en la biblioteca, así como me fascinaba su sonrisa, sentía también algo de miedo, había una sombra en su mirada. No sabía que era. Hoy lo sé. Mi cuerpo es arrastrado por la corriente de aquel caño, voy a la deriva, siento mis cabellos mojados y mi cuello magullado, en mis brazos y piernas, algunas pequeñas heridas por las picadas de mosquitos y peces. No pensé que enfrentarlo, implicaría el final para mí; lo amaba como no amé antes. No niego que creí estar enamorada de David, o que sentí confusión entre admiración y piedad, cuando Don Evaristo me supo brindar su apoyo. Vinicio no entra en esta cuenta, él no tuvo ni la más mínima importancia en mi vida. Y luego aparece él, y por fin

