Mayte Lancaster Mientras lo observo debatirse entre contestar o ignorar la llamada, detecto en su rostro una sombra. No sé si es culpa, duda, o simplemente orgullo mal gestionado. Pero lo que sí percibo con claridad es ese leve gesto en su mandíbula, tan familiar como la rabia que ahora se me arremolina en el pecho. No puedo evitar mirarlo con cierto resentimiento. Él se presentó en la casa de mis padres como si nada, del brazo de su novia —esa mujer que seguramente lleva años ocupando su vida, tal vez incluso desde antes de aquella noche entre nosotros—. No niego que verlo si me afectó. Porque en el fondo, nunca imaginé que tendría la osadía de aparecer así, tan entero, tan ajeno, trayendo consigo un pasado que yo había hecho trizas a fuerza de voluntad. Y mientras intentaba mantenerm

