CAPÍTULO OCHO Lacey miraba fijamente la espalda del alcalde, donde había caído boca abajo. A su alrededor, cinco personas se pusieron de pie. Suzy dejó caer el arma. Chocó el suelo con un fuerte golpe. El ruido pareció revivir a todos, y una ráfaga de actividad estalló al mismo tiempo. —No puedo oír nada—Carol tartamudeaba, se tocaba los oídos e inspeccionaba sus dedos como si esperara sangre. Al mismo tiempo, la concejala Muir gritaba—: ¡Ambulancia! ¡Que alguien llame a una ambulancia! Iván agarró su móvil de la funda de cuero de su cadera, pero temblaba tanto que lo dejó caer. Se deslizó por el suelo, golpeando los pies del tío Adrián. Se quedó mirándolo, como si estuviera hipnotizado y como si no lo hubiera visto en absoluto. Lacey se apresuró y presionó sus dedos contra el cuello

