Fiorela
Me quedo mirando la puerta cerrada del ascensor por un momento, tratando de asimilar lo que acaba de suceder. Casi me asaltan, me empujaron al suelo y me lastimaron. Curiosamente, eso es lo último en lo que pienso en este instante. Vi a Zack. La única persona que esperaba evitar a toda costa mientras trabajara aquí.
Y para colmo, fui grosera. Y él me tocó. ¿Y puede que hayamos coqueteado un poco? De eso último no estoy del todo segura.
Había olvidado lo guapo que es ese hombre y, sencillamente, las revistas y las fotos de internet no le hacen justicia. Alto, ancho de hombros y visiblemente musculoso incluso bajo su traje gris carbón y su camisa azul marino. Unos ojos oscuros, serios e intimidantes que combinan con un cabello espeso y ligeramente rebelde, y un hoyuelo en la barbilla que rivaliza con el de Henry Cavill.
Es imposible no quedarse mirándolo y babear.
Un hombre que nunca antes me había mostrado ni un ápice de amabilidad. Yo lo entendía. Incluso entonces. Sabía por qué me odiaba, pero eso no hacía que el dolor fuera menor, del mismo modo que su amabilidad —¿podría interpretarse eso como amabilidad?— de esta mañana solo empeora las cosas.
No me reconoció. Un golpe de suerte.
Con suerte, se olvidará de mí, pero al menos eso ya pasó y no tengo que volver a verlo. Suelto un suspiro de alivio ante ese pensamiento y me recuerdo que es solo un año. Un año para demostrar mi valía de nuevo y dejar atrás lo que pasó en Nueva York. Necesito esto. Señor Jesús que duermes en el pesebre, necesito esto. Ni siquiera me importa haber tenido que pedirle el favor de su vida a un hombre que, de hecho, podría ser peor que mi nuevo jefe para conseguirlo.
Él me lo debía, según yo, y prometimos que ninguno le diría nada a Zack.
Y entonces me cruzo con Zack antes de lograr entrar al edificio.
Rápidamente, saco el teléfono de mi bolso. Justo cuando envío un mensaje de texto a mi nueva jefa contándole lo sucedido, escucho un chillido. —Aquí estás. Te hemos estado esperando arriba durante la última media hora. Ya deberías estar en peluquería y maquillaje y, ¡ay, Dios mío!, ¿qué demonios es este desastre?
Levanto la vista y me encuentro con un hombre n***o, alto, guapo e impecablemente vestido con unas modernas gafas de montura transparente, parado frente a mí y mirando mis heridas con repugnancia.
—Eh... lo siento. ¿Me habla a mí?
—¿Estás siendo irónica, Robert De Niro? Por supuesto que te hablo a ti, maldita sea. ¿A quién carajos más le hablaría si estoy literalmente aquí parado, mirándote? No solo llegas tarde a la sesión, sino que tus rodillas son un puto desastre sangriento.
Parpadeo unas diez mil veces, mitad desconcertada por la cantidad de palabrotas que suelta y mitad... espera. —Lo siento. ¿Quién es usted?
—¿Que quién soy yo? —Se lleva una mano manicurada al pecho, mirándome con incredulidad—. ¿Tienes la puta audacia de preguntar? Soy tu hada madrina, perra, y deberías considerarte muy afortunada de que no despida tu trasero alto y flaco aquí mismo. Yo no tolero mierdas de modelos divas, y que llegues tardísimo a tu sesión es exactamente eso.
—¿Acaba de decir modelo?
Se lleva el antebrazo a la frente como si le hubiera dado un síncope. —Señor, dame fuerzas para superar este puto lunes. —Se agacha para que estemos a la altura de los ojos—. Hola. Soy Lamar. ¿Es el inglés tu lengua materna?
¿Por qué todo el mundo me pregunta eso hoy? —Sí.
—¿Entonces qué carajo hay que cuestionar?
Mi corazón se detiene y vuelve a arrancar, confundido sobre cómo proceder. Ya he agotado toda mi suerte hoy, considerando que Zack milagrosamente no me despidió como pensé que iba a hacer. —No estoy aquí para ser su modelo. Soy una pasante de diseño, que ya llega tarde en su primer día después de casi ser asaltada y de desparramarse por completo en sus escalones frontales.
Él vuelve a erguirse en toda su estatura, frunciendo los labios. Entorna los ojos con especulación mientras examina cada centímetro de mí, y entonces es como si tuviera un momento de revelación, porque veo cómo todo pasa por su rostro. —Eres Fiore Sage. Eres esa modelo de la semana de la moda que desfiló con ese puto vestido que todavía me pone duro cada vez que lo pienso.
Genial. Aquí vamos de nuevo con lo del vestido.
Se me cae la cara de vergüenza antes de que pueda leer lo increíble y lo horrible que me hacen sentir esas palabras, y me dedico a limpiar mi piel ensangrentada y a vendar mis heridas.
—¿Verdad? —insiste cuando no respondo—. No me digas que me equivoco.
—Usted sabe lo que cree saber —le digo mientras me pongo tiritas en las rodillas.
—Sé la verdad, ¿sabes? Ya que estamos diciendo "sabes" unas sesenta veces.
Mi cabeza se levanta más rápido que un cohete, ignorando su tono burlón. —¿Qué?
Él me lanza una mirada de "sí, es una pena por ti". —Sé lo que esa zorra de Vermicelli, o como sea que pronuncie su nombre, te hizo.
—Valencci —corrijo, pero él me ignora.
—Se rumoreaba por todo el "backstage" de los desfiles, y no solo en el de ella.
Niego con la cabeza. —No puede saberlo y eso no puede ser cierto. Si usted lo supiera, todo el mundo lo sabría y entonces yo no habría perdido mi pasantía y todas las demás pasantías, solo para verme obligada a pedirle un favor al último hombre en la tierra a quien querría pedírselo y terminar aquí. Después de que ustedes ya me rechazaron una vez.
—Siento decírtelo, encanto, pero yo lo sé y todos los demás también. Que lo sepamos no significa que las cosas no se pongan feas para ti. Nadie quería empezar una puta batalla con Valentisha porque esa perra ataca como lo hacía Mike Tyson cuando le arrancó la oreja a aquel tipo. Ella no se anda con juegos y tú eres una modelo y una pasante. Desechable y reemplazable. ¿Entiendes lo que digo?
Frunzo el ceño, sin molestarme siquiera en corregir su nombre de nuevo, ya que estoy demasiado ocupada sintiendo que me absorbe un agujero n***o. —Sé exactamente lo que dice.
En parte me preguntaba esto. Debería sentirme mejor porque la gente sepa la verdad sobre lo que pasó, pero no es así. Porque sigue siendo todo lo que él dijo. Desechable y reemplazable. Me pone tan increíblemente furiosa. Y odio ser así. Nunca he sido así, incluso cuando he tenido más razones que la mayoría para serlo.
Ser así significa que me quitaron algo más que fragmentos de mi vida. Se llevaron mi espíritu, y no puedo —no voy a— permitir que eso suceda.
Me sacudo mentalmente. Solo necesito superar esta mañana. Este día. Mi terapeuta de cuando era niña solía decir que la vida ocurre pase lo que pase y que el noventa por ciento de eso escapa a nuestro control. Lo que sí está bajo nuestro control es cómo elegimos responder a ello.
—Fabuloso —dice él, ajeno a mi batalla interna—. Ahora que hemos aclarado todo esto, ven conmigo.
Me inclino y agarro mi zapato del suelo, levantándolo para que lo vea. Él jadea horrorizado y sí, que se ponga a la cola.
Me lo arrebata de la mano, tomándolo como rehén. —Bueno, no necesitarás esto arriba, y estoy seguro de que alguien podrá pegar eso o algo así.
—Oiga. Necesito eso. —Intento recuperarlo, pero lo mantiene fuera de mi alcance.
—Acabo de decir que no lo necesitas. —De algún modo logra poner los ojos en blanco, sacudir la cabeza y fruncir los labios, todo a la vez—. Ahora vamos, modelo. Ya llegamos tarde.
Lo persigo descalza mientras él trota apresuradamente hacia el ascensor, pulsando el botón unas sesenta veces con impaciencia.
—No soy modelo —protesto, mirando su perfil mientras él clava la vista en las puertas metálicas del ascensor.
—Mentirosa.
Lanzo las manos al aire. —Está bien. Ya no soy modelo.
—Mentirosa otra vez.
—No lo soy —afirmo con énfasis—. Me gradué como la primera de mi promoción en el FIT (Instituto de Tecnología de la Moda) con un título en diseño de moda. Quiero ser diseñadora.
Me agarra del brazo y me arrastra hacia el ascensor en el segundo en que las puertas comienzan a abrirse. —Bien. Lo que sea. Lo entiendo. ¿A quién le importa? Esta mañana eres una puta modelo porque eso es lo que yo digo que eres.
Abro la boca para protestar, pero me interrumpe.
—Eres una pasante, lo que esencialmente significa que eres la perra de la compañía. Eso te convierte en mi perra de la compañía, y dado que tengo más rango que prácticamente todos en este edificio, a menos que tu apellido sea Whitaker, no tienes otra opción que renunciar, cosa que ambos sabemos que no harás. Esta es literalmente tu última opción si alguna vez quieres volver a hacer algo en la industria de la moda.
—Gracias por la brutal honestidad —murmuro sardónicamente—. Las mañanas de los lunes no siempre son lo suficientemente crudas.
—Cielo, yo nunca adorno la mierda porque, por mucho que lo hagas, sigue oliendo mal. Mi modelo me dio un "plantón" y necesito a alguien perfecto para esto, y esa eres tú.
Tengo miedo de preguntar. —¿Plantón?
—Que no se presentó. Pero tienes toneladas de experiencia en el modelaje y encajarás en los vestidos que tenemos preparados para la sesión, y te verás increíble al lado de Zachary cuando te fotografiemos con él porque eres alta.
Se me cae el alma a los pies. —¿Me van a fotografiar con Zachary?
Lamar me sonríe con malicia, mostrando cada uno de sus dientes más blancos que el blanco. —Bienvenida a Whitaker Fashion. Pero no te preocupes, Zachary Whitaker es todo lo que has oído que es, y además un poco peor.
¿Acaso no lo sé yo bien?
Subimos en silencio mientras Lamar tiene la cara pegada a su teléfono, escribiendo a un millón de kilómetros por minuto. Las puertas se ofrecen y, sin decir palabra, su mano sale disparada y me agarra del antebrazo. Me arrastra a la velocidad de la luz, que si tuviera que adivinar, es probablemente como lo hace todo.