CAPÍTULO 9: LA NEUMÁTICA DEL PECADO

1951 Palabras
El sótano de la mansión De la Cruz no olía a humedad ni a ratas, como cabría esperar de una película de terror barata. Olía a látex viejo, a lubricante industrial y a vino picado. Don Evaristo Matamoros, cuya calva brillaba ahora con un sudor frío bajo la luz de su linterna, nos condujo por una escalera de caracol de hierro que parecía descender directamente al intestino grueso del infierno. Lo vi detenerse un segundo para acariciar la barandilla, no por seguridad, sino como quien tasa el peso del metal. Aquel hombre estaba contando los peldaños en moneda de oro. —Tengan cuidado —advirtió el abogado, su voz resonando en las paredes de ladrillo visto—. Rigoberto llamaba a este lugar "La Sala de Máquinas". Aunque su esposa solía referirse a él como "La Mazmorra del Ocio Inconfesable". —El viejo cerdo pasaba más tiempo aquí abajo que en la iglesia, fingiendo que reparaba la caldera —comentó la tía Lucrecia, levantándose las faldas negras para no arrastrarlas por el suelo polvoriento. Me lanzó una mirada de reojo, evaluando el estado de mi entrepierna tras el incidente de la estatua. Mi "vara", magullada por el mármol pero estoica por la genética, descansaba en una semi-erección de guardia, temerosa de la próxima ocurrencia de mi tío. Llegamos a una sala circular con el techo bajo y opresivo. En el centro, iluminado por un único foco cenital que parpadeaba con una luz amarillenta y enferma, había un artilugio que desafiaba toda descripción lógica. Parecía una mezcla entre un alambique de licor y un órgano de iglesia, pero diseñado por un fontanero ninfómano con un doctorado en física perversa. Había un tubo de cristal vertical, alto y estrecho, lleno de un líquido viscoso, transparente y pesado. En el fondo del tubo, brillando como una promesa de pecado y riqueza, estaba el segundo cilindro dorado. —Ahí está —señaló Evaristo, y sus ojos de comadreja se dilataron tanto que casi ocuparon toda su cara—. La segunda parte de la combinación. —¿Y cómo lo sacamos? —preguntó Sofía, acercándose con cautela—. ¿Rompemos el cristal con el bastón del señor abogado? —¡Ni se les ocurra! —gritó Evaristo, interponiéndose—. Si el cristal detecta una fractura por impacto, un mecanismo de seguridad inundará la cápsula con ácido sulfúrico. El cilindro se derretirá y la herencia con él. Rigoberto no quería herederos violentos, sino herederos... persistentes. Valeria Vixens se adelantó, sus tacones repiqueteando como martillos sobre el cemento frío. Se ajustó las gafas de montura gruesa y leyó la placa de bronce atornillada a la base de la máquina con una sonrisa que me erizó el vello de la nuca. —"La paciencia es una virtud, pero la succión es un talento divino. Demostrad que tenéis el aliento de la vida... o la garganta de la devoción absoluta". Valeria señaló una manguera gruesa y negra que salía del costado de la máquina. Terminaba en una boquilla de goma de color carne, modelada inconfundiblemente con la forma de un pene erecto, venas y bultos incluidos. Era una réplica grotesca pero anatómicamente perfecta de lo que yo llevaba entre las piernas. —Hay que aspirar —dedujo Valeria, pasando un dedo de uña roja por la boquilla de caucho—. Hay que crear un vacío neumático lo suficientemente potente para hacer subir el cilindro a través del líquido denso hasta la compuerta superior. —¿Aspirar? —Elvira miró la boquilla fálica con una mezcla de asco fingido y reconocimiento profesional—. Eso es... eso es una obscenidad mecánica, tía. —Es hidráulica básica aplicada al vicio, querida —dijo Lucrecia, cruzándose de brazos—. Y parece un trabajo diseñado específicamente para vuestros pulmones jóvenes. En ese internado os enseñan a soplar velas de altar... es hora de que sopléis para algo útil. De repente, un ruido metálico y pesado resonó a nuestras espaldas. La puerta de hierro por la que habíamos entrado se cerró de golpe con un estruendo definitivo. Unos pestillos automáticos se activaron desde fuera. —¡La puerta! —gritó Sofía, corriendo hacia ella. Estaba sellada. —Es parte de la prueba —dijo Don Evaristo, consultando su reloj de bolsillo con un nerviosismo que empezaba a oler a pánico—. Tenemos exactamente diez minutos antes de que el sistema de ventilación se invierta y empiece a bombear gas metano de las alcantarillas en la habitación. Rigoberto quería asegurarse de que no perdiéramos el tiempo en preliminares. El pánico se apoderó del grupo. Sofía empezó a hiperventilar, haciendo que sus pechos subieran y bajaran con una urgencia que me distrajo un segundo. Elvira miraba la boquilla de goma como si fuera una serpiente dispuesta a morderla. —¡Apartaos, niñas! —ordenó Valeria, empujando a las primas con autoridad—. Si queréis que algo se haga con precisión quirúrgica, tenéis que dejar paso a una profesional de la administración... de fluidos. La secretaria se quitó la chaqueta gris, revelando unos brazos blancos y firmes. Se arrodilló frente a la máquina con una parsimonia aterradora, se recogió el pelo rubio en una coleta improvisada y agarró la boquilla de goma con ambas manos. Sin dudarlo un segundo, se metió el falo de caucho en la boca hasta la raíz. Sus mejillas se hundieron con una fuerza industrial. El líquido en el tubo de cristal burbujeó. El cilindro dorado se movió un centímetro hacia arriba. —¡Funciona! —grité, sintiendo la tensión en mis propios pulmones—. ¡Sigue, Valeria! Valeria succionaba con una potencia rítmica y feroz. El cilindro subía lentamente, luchando contra la viscosidad del fluido. Pero a mitad de camino, la secretaria se puso roja como un tomate. Soltó la boquilla con un jadeo violento, tosiendo y recuperando el aliento mientras un hilo de saliva colgaba de su labio inferior. El cilindro volvió a caer al fondo con un clonc deprimente. —Es demasiado espeso —dijo ella, jadeando—. Necesito relevo inmediato. Mis pulmones no pueden mantener un vacío tan prolongado. —¡Nos vamos a asfixiar! —lloriqueó Sofía, apretándose contra mí. —No si trabajáis en equipo como las buenas hermanas que sois —dijo Lucrecia, tomando el mando de la situación—. Elvira, Sofía. De rodillas. Ahora mismo. Las primas obedecieron, aterrorizadas por el gas invisible y por la mirada inquisitorial de la tía. —Vais a hacer turnos de succión —instruyó Lucrecia, golpeando el suelo con el pie—. Una aspira mientras la otra toma aire. El cambio tiene que ser instantáneo, como en una carrera de relevos. No podéis dejar que entre ni una molécula de oxígeno o el cilindro caerá y moriremos todos oliendo a mierda de alcantarilla. ¿Entendido? Las chicas asintieron con los ojos desorbitados. Elvira fue la primera. Se metió la goma en la boca y aspiró con la fuerza de la desesperación más pura. El cilindro subió. Sus ojos parecían querer salirse de las órbitas. Cuando estaba a punto de desmayarse, le dio un codazo a Sofía. El cambio fue una coreografía de vicio digna del taller de Rigoberto. Sofía atrapó la boquilla al vuelo con los labios antes de que Elvira la soltara del todo. No se perdió ni un milímetro de presión. —¡Bien! —animó Evaristo, que ya estaba calculando cuánto valdría el cilindro en el mercado n***o si lograba escapar—. ¡Ya está a la mitad! Yo observaba la escena fascinado y horrorizado. Mis primas, las beatas del internado, pasándose un pene de goma de boca a boca con una sincronización perfecta, las mejillas hinchadas, los ojos llorosos, chupando por sus vidas. Era la escena erótica más extraña y tensa que mi mente podía procesar. Mi v***a, por supuesto, no quiso quedarse fuera de la fiesta neumática. Se puso dura como un barrote de la celda en la que estábamos encerrados, rasgando la tela de mi pantalón mojado. —Julián —susurró Valeria, que se había acercado a mí en la penumbra mientras las primas seguían con su labor—. Parece que te estás poniendo celoso de la máquina de tu tío. —Es el estrés de la muerte inminente, Valeria —gemí, mientras sentía su mano fría colándose en mi bragueta—. Mi cuerpo no sabe distinguir entre el miedo y las ganas. —Yo sí sé distinguirlo —dijo ella, sacándome el m*****o con un movimiento rápido y empezando a masturbarme al ritmo de las succiones de mis primas—. Y me gusta que tu "vara" sea tan... sensible a la presión ambiental. —El cilindro casi está arriba —anunció Lucrecia, ignorando convenientemente lo que Valeria me estaba haciendo en la oscuridad—. ¡Más fuerte, niñas! ¡Usad la garganta como si fuera el último refugio de vuestra alma! Elvira estaba morada. Sofía tenía los ojos en blanco. El cilindro dorado llegó por fin a la compuerta superior del tubo. —¡Ahora! —gritó Evaristo. El abogado accionó una palanca manual en la base. La compuerta se cerró con un chasquido metálico, atrapando el cilindro en la parte superior. Las primas soltaron la boquilla de goma, que rebotó flácida contra la máquina, y cayeron al suelo abrazadas, tosiendo, babeando y aspirando grandes bocanadas de aire. La puerta de hierro se abrió automáticamente con un chirrido, liberando el bloqueo de seguridad. —¡Lo tenemos! —Evaristo sacó el segundo cilindro con manos temblorosas—. ¡Estamos salvados por la campana... o por la garganta! En ese momento de euforia colectiva, con la adrenalina bajando de golpe, sentí la mano de Valeria apretar mi base con una fuerza descomunal. —No desperdicies el momento, heredero —me susurró al oído con su voz de lija. Me corrí. Fue un disparo silencioso y traicionero, directo a la palma de la mano de la secretaria, mientras Lucrecia y Evaristo celebraban el hallazgo. Valeria sonrió en la penumbra, se llevó la mano a la boca y limpió mi esencia con un gesto rápido de su lengua, justo antes de que se encendieran las luces de emergencia del pasillo. —Excelente trabajo de equipo —dijo Lucrecia, mirando a sus sobrinas con un desprecio teñido de respeto—. Habéis demostrado tener una capacidad pulmonar... envidiable. Vuestro tío Rigoberto estaría muy entretenido viéndolas. —Vámonos de aquí —dijo Elvira con la voz completamente ronca—. Necesito un vaso de agua bendita y una confesión de tres horas. —La confesión tendrá que esperar —dijo Evaristo, leyendo una inscripción grabada en el reverso del segundo cilindro con su lupa—. La tercera y última pista está aquí. Todos nos acercamos. El abogado leyó con solemnidad: —"Donde el fuego purifica y la carne se asa sin piedad. La última llave se esconde en el calor del hogar, pero solo una mano inocente podrá sacarla del infierno sin quemarse... o entregando su propia ofrenda líquida". —La cocina —sentenció Lucrecia—. O el horno de pan del jardín. —Sea donde sea —dijo el abogado, mirando mi bragueta abierta de donde asomaba mi v***a exhausta pero todavía palpitante—, me temo que Julián tendrá que volver a poner toda la carne en el asador. Literalmente. Salimos del sótano dejando atrás la máquina de succión. Mis primas me miraban ahora con un brillo nuevo en los ojos, un respeto nacido de la supervivencia compartida. Y yo, subiendo las escaleras detrás del culo de Valeria, solo podía pensar que si la siguiente prueba implicaba fuego, esperaba que mi "vara" fuera a prueba de incendios.
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