CAPÍTULO especial: EL RITUAL DEL ANIVERSARIO Y LA CÁMARA DEL GOCE PERPETUO

989 Palabras
Había pasado exactamente un año desde que el tío Rigoberto decidió que su último acto de servicio a la humanidad sería estirar la pata y dejarnos este bendito caos de fluidos y diamantes. La mansión De la Cruz ya no era un mausoleo; era un organismo vivo, una maquinaria de placer perfectamente aceitada donde el luto se había convertido en el uniforme oficial de la lujicia. Amaneció con una niebla espesa rodeando los jardines, pero dentro, la temperatura era la de un horno en plena producción de pecadores. Bajé a la biblioteca, donde Don Evaristo Matamoros me esperaba en su posición habitual: a cuatro patas frente al gran sillón de cuero, sirviendo de taburete humano para los pies descalzos de la tía Lucrecia. El antiguo abogado llevaba su collar de tachuelas con una dignidad que rozaba lo patológico; sus ojos de comadreja brillaron con una mezcla de envidia y sumisión cuando me vio entrar. —Buenos días, dueño de la casa —susurró Evaristo desde el suelo, con la voz amortiguada por la alfombra—. Su tía le espera para el recuento del aniversario. Lucrecia, vestida con una bata de encaje n***o que dejaba ver la plenitud de sus pechos, me dedicó una sonrisa de satisfacción absoluta. Ya no era la viuda afligida, sino la soberana de un edén pervertido. —Julián, querido —dijo, dándole un suave golpecito con el talón en la oreja a Evaristo para que se estuviera quieto—. Valeria ha encontrado algo en el taller del sótano. Un regalo póstumo de tu tío que requiere... una inauguración oficial. Valeria Vixens entró en la sala con ese andar de depredadora que hacía que mis testículos se pusieran en guardia inmediatamente. Llevaba unos planos amarillentos bajo el brazo y una mirada que sugería que la ingeniería y el erotismo acababan de tener un hijo ilegítimo. —Es el "Opus Magnum" de Rigoberto —dijo la secretaria, dejándose caer en mis rodillas y permitiendo que su falda de tubo se subiera hasta revelar el liguero—. Se llama la Cámara de la Consumación Perpetua. Es una estructura neumática diseñada para que un solo hombre pueda satisfacer a cuatro mujeres simultáneamente sin morir de un infarto... o al menos, intentándolo. Nos dirigimos al sótano, al corazón de la Sala de Máquinas. Allí, donde antes estaba la máquina de succión, ahora se alzaba una estructura de madera de caoba, acero inoxidable y correas de cuero que parecía un potro de tortura diseñado por un Marqués de Sade con un doctorado en mecánica. Tenía cuatro plataformas dispuestas en cruz alrededor de un asiento central hidráulico. —Elvira y Sofía ya están listas —anunció Valeria, señalando a mis primas, que estaban ya colocadas en sus puestos, desnudas y lubricadas, con los ojos brillantes por la anticipación y el deseo de seguir asegurando su parte del patrimonio. El ritual comenzó con la precisión de un reloj suizo. Me senté en el trono central, sintiendo cómo los mecanismos de Rigoberto se ajustaban a mi cuerpo. Mi "vara", veterana de mil batallas y endurecida por la pócima que ahora formaba parte de mi dieta diaria, se puso firme como un centinela ante el peligro. —Activación de los fuelles —ordenó Valeria, asumiendo el mando del panel de control. Sentí una vibración rítmica recorriendo mi columna. La plataforma de Elvira se deslizó hacia adelante, ofreciéndome su sexo rosado y exigente. Me hundí en ella con un gemido, mientras la plataforma de Sofía giraba para que su boca encontrara mis testículos. Lucrecia y Valeria se colocaron en los flancos, usando las manos y las lenguas para mantener el flujo de energía biológica al máximo. Era una coreografía de carne y metal. El ruido de los pistones siseando se mezclaba con los gemidos de mis primas y las órdenes de Lucrecia. Yo era el eje de una rueda de vicio desenfrenado. Rigoberto no solo nos había dejado dinero; nos había dejado una tecnología del placer que desafiaba toda moralidad cristiana. —¡Más presión en el cilindro central! —gritaba Valeria, mientras se montaba en mi cara, ofreciéndome su sabor metálico y dulce. El calor en el sótano subió hasta niveles industriales. Sentía que mi semilla estaba siendo procesada por una maquinaria divina. Elvira y Sofía gritaban al unísono cada vez que el mecanismo hidráulico las empujaba contra mi estaca con una fuerza que ningún músculo humano podría igualar. Yo era un dios de carne conectado a una batería de lujuria eterna. —¡Ahora, Julián! —rugió Lucrecia, apartando a Valeria y reclamando su posición de mando—. ¡Lanza la descarga del aniversario! ¡Haz que Rigoberto se revuelva en su tumba de pura envidia! Exploté. Fue una descarga neumática, un torrente que pareció recorrer todos los tubos de cobre de la mansión. Disparé mi esencia dentro de la viuda, mientras las primas recibían las salpicaduras de la gloria con los brazos abiertos. El mecanismo de la cámara vibró violentamente, soltando nubes de vapor blanco, y luego se detuvo con un suspiro metálico de satisfacción. Quedamos todos enredados en el cuero y el sudor, jadeando en la penumbra del sótano. Lucrecia me besó con una pasión que sabía a triunfo. —Feliz aniversario, heredero —susurró contra mi oído. Miré a mi alrededor. Valeria ya estaba tomando notas para la próxima mejora del invento. Mis primas se reían mientras se limpiaban con las enaguas. Evaristo, que había bajado a mirar por una rendija, sollozaba de puro éxtasis en el rincón. La vida en la mansión De la Cruz era perfecta. El luto era eterno, sí, pero nunca antes la muerte había dado tantos frutos, tanta vida y tantas ganas de seguir profanando el descanso eterno del tío Rigoberto. Me levanté del trono, sentí que mi "vara" ya estaba buscando la siguiente víctima, y sonreí. El negocio familiar no solo era próspero; era, por fin, una verdadera obra de arte.
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