CAPÍTULO 12: LA RULETA RUSA DE LA FERTILIDAD Y EL EDÉN PERVERTIDO

940 Palabras
La habitación del tío Rigoberto se había transformado en una sala de juntas biológica. El aire estaba cargado de una tensión s****l tan densa que se podría haber embotellado y vendido como afrodisíaco ilegal en los puertos. Don Evaristo Matamoros, todavía atado a los postes de la cama como un Cristo de la avaricia, miraba con ojos desorbitados a las cuatro mujeres que rodeaban al "semental" de la familia. -Bien -dijo la tía Lucrecia, asumiendo el mando con la naturalidad de un general en pleno asalto-. La cláusula es clara. Necesitamos un embarazo antes de que salga el sol. Pero la biología es caprichosa y los espermatozoides de esta familia, aunque entusiastas, pueden ser tan vagos como sus dueños si no se les espolea. -Cuestión de estadística aplicada -intervino Valeria Vixens, ajustándose las gafas con una mano y desabotonándose la blusa con la otra-. Si Julián deposita su semilla en un solo recipiente, las probabilidades de éxito son del veinte por ciento en el mejor de los casos. Pero si diversificamos la muestra... -¡Fiesta de la herencia! -gritó Sofía, dando saltitos mientras se deshacía de su camisón-. Si nos rellena a todas, alguna dará el premio gordo. Yo estaba sentado en el borde del colchón, sintiéndome como una res premiada en una feria ganadera de lujo. Mi "vara", que había pasado por más estados de fatiga que un motor de vapor en plena Revolución Industrial, me miraba con un solo ojo, suplicando un armisticio o una jubilación por invalidez. -Chicas... tía... -dije con la voz quebrada-. No soy una máquina de refrescos. Estoy vacío. Soy un tubo de pasta de dientes que ya han estrujado hasta el tapón. Lucrecia sonrió y sacó del maletín del abogado un pequeño frasco de cristal azul cobalto que había pasado desapercibido entre los diamantes. -Tu tío Rigoberto era un hombre de recursos, Julián. Esto es "Vigor de Toro", un preparado que le compraba a un alquimista de los bajos fondos. Decía que con esto podía levantar una catedral con la polla si se lo proponía. Sin darme tiempo a preguntar por los efectos secundarios, me obligó a beber el contenido. Sabía a aguarrás, pimienta y algo metálico que me hizo arder la garganta. El efecto fue instantáneo y terrorífico: sentí un fuego recorrer mis arterias y asentarse directamente en mis testículos. Mi v***a no se levantó; levitó. Se puso tan dura que temí que el tejido se desgarrara. Estaba roja, furiosa y lista para perforar blindaje de acero. -¡Es un milagro de la farmacopea! -chilló Evaristo desde su cautiverio-. ¡Desatadme, quiero tomar acta de esta maravilla! -Tú te quedas ahí de notario pasivo -le espetó Valeria, quitándose las gafas y revelando una mirada de loba-. Vas a dar fe de la consumación múltiple. Y si te portas bien, te dejaremos lamer las gotas sobrantes del testamento. La orgía final no fue un acto de amor; fue una cadena de montaje de la lujuria más cruda y mecánica. -¡Elvira, tú primero! -ordenó Lucrecia-. Tienes las caderas de una paridora de reyes. Elvira se subió encima de mí. Entró con una facilidad pasmosa, lubricada por la avaricia y el deseo. Botaba con una alegría salvaje, gritando "¡Mío, mío!" con cada embestida que hacía crujir la cama de Rigoberto. -¡Siguiente! -bramó la tía cuando vio que Elvira empezaba a jadear. Sofía tomó el relevo. Era una trampa de terciopelo estrecha y exigente. Se movía con espasmos rápidos, clavándome las uñas en el pecho y gimiendo plegarias obscenas que habrían hecho arder el internado de monjas. -¡Cambio de turno! -rugió Valeria, apartando a la pequeña. La secretaria era técnica pura. Se colocó de espaldas a mí y me montó con una precisión milimétrica, buscando el ángulo exacto para la concepción mientras se masajeaba con furia y abofeteaba la cara de Evaristo, que lloraba de pura emoción voyerista. Yo era un volcán a punto de erupcionar, alimentado por la pócima del tío y la visión de aquel aquelarre de carne. -¡Es mi turno! -rugió Lucrecia, reclamando su derecho de pernada invertido. La matriarca se montó sobre mí con la autoridad de una emperatriz. Me miró a los ojos y vi en ellos la locura gloriosa de los De la Cruz. -¡Ahora, Julián! -jadeó, clavándose en mi estaca hasta la raíz-. ¡Vacía el cargador! ¡Danos un heredero o muere en el orgasmo! Sentí que el universo se contraía en la punta de mi glande. La pócima, el cansancio y el placer convergieron en un punto de no retorno. -¡¡Aaaaaahhh!! -grité, arqueándome con tal violencia que levanté a Lucrecia en vilo. Disparé. No fue un chorro; fue una inundación industrial. Sentí que me salía el alma y el tuétano. Lucrecia recibió la primera oleada con un aullido de triunfo, pero la descarga no se detenía. -¡Rápido! -gritó Valeria-. ¡Aprovechad el excedente! En una maniobra que desafiaba la decencia, Lucrecia se apartó goteando y Valeria se puso encima para recibir la segunda carga. Luego Elvira. Luego Sofía. Pasé de una a otra como una manguera de alta presión fuera de control, regando el jardín de la codicia con mi semilla millonaria hasta que la última gota de la "vara" fue depositada. Cuando terminé, caí de espaldas, derrotado y con la visión borrosa. Las cuatro mujeres quedaron tiradas alrededor de la cama con las piernas en alto contra la pared para "asegurar la inversión", jadeando y riendo como hienas en un festín. Don Evaristo, cubierto de sudor, susurró con voz quebrada: -Doy fe... ha sido un acto... bíblico.
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