CAPITULO V

1378 Palabras
ISABELLA El calor de la tarde apenas amortigua la furia que hierve en mi interior mientras camino a zancadas hacia la mansión. Mis manos están cerradas en puños, y mi respiración es errática. ¿Cómo se atreve a cargarme como si fuera un maldito saco de papas? ¡Es una bestia, un déspota, un idiota con aires de dueño y señor! Mi mandíbula se tensa mientras atravieso la entrada principal con pasos firmes. La mansión, con sus enormes lámparas de araña y pasillos interminables, se siente más opresiva que nunca. Quiero encerrarme en mi habitación, desaparecer por unas horas, no toparme con Dominic, con su maldita mirada de animal... Pero, como si el universo se empeñara en arruinarme la vida, ahí está. —Dom...Dominic —mi voz se quiebra, y mis pasos se detienen en seco. Está al pie de la escalera, sus ojos oscuros destilando rabia, su cuerpo rígido, los puños apretados como si estuviera conteniéndose. Mi piel se eriza al instante, no solo por el miedo, sino por la tensión que se respira en el aire. -¡Jack, dejanos!—grita Dominic, su tono cargado de una ira que hace que mis piernas quieran flaquear. —Sí, señor —responde el tal Jack sin titubear. Pasa junto a mí, y por un segundo nuestras miradas se cruzan. Sus ojos verdes son indescifrables, fríos, vacíos. No hay compasión en ellos. No hay nada. ¿Por qué habría de esperarla? Jack es solo un peón más en este juego, un simple sirviente del gran Dominic Black. Lo que me pase no le importa. Cuando la figura de Jack desaparece en el pasillo, Dominic comienza a descender las escaleras lentamente, con la precisión de un depredador acechando a su presa. Cada uno de sus pasos resuena en mi pecho como una advertencia. Intento retroceder, pero su mano de hierro atrapa mi brazo con una fuerza que me arranca un quejido. Me arrastra sin piedad por los pasillos, sin importarle que mi muñeca duela bajo la presión de su agarre. —¡Dominic, por favor, suéltame! —forcejeo, pero es inútil. Es demasiado fuerte. Abre la puerta de nuestra habitación de un tirón y me empuja dentro sin miramientos. Tropiezo y caigo sobre la cama con un golpe seco. Antes de que pueda reaccionar, la puerta se cierra de un portazo tras él, dejando el eco de su furia vibrando en las paredes. Su pecho sube y baja con violencia mientras me observa desde el otro extremo de la habitación. Su mirada es un abismo de emociones oscuras. El miedo recorre mi cuerpo en ese preciso instante, erizandome por completo. Comienzo a temblar con anticipación sabiendo de antemano lo que se avecina. —¿De verdad crees que puedes dejarme así, sin más? —su voz es un gruñido bajo, amenazante. Pasea por la habitación como una bestia enjaulada, sus ojos clavados en mí como si estuviera evaluando qué hacer conmigo. —¡Ni muerta, Isabella! —ruge—. Porque incluso muerta, en el infierno lucharía con el mismo demonio para reclamar tu alma. Mi estómago se revuelve con sus palabras. ¿Cómo puede alguien estar tan trastornado? Me aferro a las sábanas, buscando un ancla para no derrumbarme. —Dominic... por favor, no hagas algo de lo que después puedas arrepentirte—mi voz sale apenas como un susurro. Él suelta una carcajada sin humor. —Me conoces, Isabella. Nunca, ¡nunca en mi puta vida me he arrepentido de absolutamente nada! —grita, golpeando la pared con el puño. El impacto resuena en la habitación, y el miedo me invade mucho mas, con una fuerza arrolladora. —¡Te amo, Isabella! —su voz se rompe, y su mirada oscura se encuentra con la mía—. ¡Eres mía! ¡Punto! Cada palabra es como un puñal perforando mi mente. Esto no es amor. El amor no te hace prisionera. No te arranca la voluntad. No te reduce a una posesión. Mi cuerpo tiembla, pero mi voz se endurece. —Si lo que sientes por mí lo llamas amor, entonces, odiame. Lo prefiero mil veces. Dominic se queda inmóvil, sorprendido. Su mandíbula se tensa, y en un instante, su rostro se transforma en una máscara de furia contenida. —¿Qué dijiste? Da un paso hacia mí, y su mano se levanta instintivamente. Cierro los ojos, esperando el golpe... Pero no llega. Cuando abro los ojos, él está ahí, respirando con dificultad, con la mano temblando en el aire. Finalmente, la baja, frustrado. —Por Dios, mujer... ¡voy a enloquecer! ¡Ya no sé qué más hacer! Se aleja bruscamente y se encierra en el baño, dejando un portazo tras de sí. El sonido del agua fluyendo es lo único que llena el silencio. Mi cuerpo colapsa en la cama. Cierro los ojos un instante, sintiendo el dolor latente en mis muñecas por la fuerza con la que me sujetó. Dominic Black es un desquiciado manipulador. Cuando la puerta del baño se abre de golpe, contengo el aliento. Está desnudo. Su tatuaje de serpiente se extiende desde su cuello hasta su pecho, dándole un aspecto aún más intimidante. Sus ojos se clavan en los míos con el brillo de un depredador al acecho. —Ahora vas a reparar tu error —su voz ronca me hiela la sangre. Mi cuerpo se tensa. —No... —mi voz es apenas un murmullo. Pero Dominic no acepta negativas. Se inclina sobre mí, su ceño fruncido en una amenaza silenciosa. —Aquí se hace lo que yo quiero, cuando yo quiero. Siento su peso sobre mí, atrapándome, ahogándome. Me aferro a su brazo con todas mis fuerzas, tratando de empujarlo. —¡Déjame! —¡Eres mi mujer y te comportarás como tal! Me besa el cuello con desesperación, con posesividad. Mi piel arde de rabia y asco. —¡No me toques! ¡Me das asco!—escupo las palabras con furia. Su rostro cambia en un instante. Se detiene, sus ojos se oscurecen aún más antes de que su mano me golpee. El dolor explota en mi mejilla. —Te voy a enseñar a respetarme, Isabella. Se aleja un momento, y con horror veo cómo abre el cajón de la mesita de noche y saca unas esposas. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Me lanzo hacia la puerta, pero su mano atrapa mi cabello y me arrastra de vuelta. Otro golpe. Esta vez en el oído. El mareo me sacude, y mi cuerpo se rinde. Las esposas se cierran alrededor de mis muñecas, sujetándome al cabecero de la cama, boca abajo, dejando mi espalda y trasero a su merced. —¿Sabes cómo se doman las bestias salvajes como tu, muñequita? —su voz es un susurro macabro. El chasquido de su cinturón al desabrocharse me eriza la piel. —¡Vete al carajo, Dominic Black! —le grito con las últimas fuerzas que me quedan. El primer latigazo me quema la espalda. Y después los demás, laserando poco a poco mi piel. El dolor es insoportable. —¡Basta! ¡Por favor! ¡No más! ¡Alguien ayúdeme! Grito, pero sé que nadie vendrá. Siempre ha sido así, sin importar cuántas veces grite, ninguno de esos hombres se atrevería a desafiar a su jefe. Hasta que un golpe en la puerta lo detiene. Lo escucho abrir la puerta de mala gana y murmurar cosas que no alcanzo a escuchar. Dominic suelta un gruñido y lo veo pasar por un lado de mi con la ropa en sus manos. Se apresura a vestirse. —Desátala —ordena antes de salir del lugar. Escucho pasos detrás de mí. Hay alguien ahí, me observa durante segundos que parecen eternos. —Por favor... Por favor... desatame—susurro con las lágrimas rodando por mi rostro. Las esposas se aflojan, y cuando alzo la vista, veo a Jack. Su rostro indecifrable. Con la misma actitud se dirige a la puerta de salida. —Gracias...- murmuro sobandome las suturas que tengo en las muñecas. Él se detiene, pero solo dice con frialdad: —No hice nada. Y se va dejándome vulnerable y sola. La oscuridad me lleva con ella pocos segundos después, cuando mi cuerpo no lo resiste más.
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