CAPITULO VIII

2206 Palabras
JACK Salgo de la habitación lo más rápido posible. Si me quedaba un segundo más, iba a perder el maldito control. Cada paso que doy es una lucha contra el deseo encendido en mis entrañas. Mi pantalón ahora me queda demasiado ajustado. ¡Maldición! Intento acomodarme disimuladamente, pero es inútil. La imagen de su rostro sonrojado, sus labios entreabiertos soltando suaves jadeos, se repite en mi cabeza como una tortura interminable. Jamás había sentido unas ganas tan feroces de tomar a una mujer y, al mismo tiempo, estar imposibilitado de hacerlo. Necesito calmarme. El sudor resbala por mi frente mientras saco el teléfono de mi bolsillo. Marco un número sin dudar y llevo el móvil a mi oído. —Te quiero aquí en quince minutos. En la mansión de Dominic. No espero respuesta, solo cuelgo y sigo caminando con pasos largos y tensos. Cuando entro en mi habitación, siento que el aire es demasiado pesado, que el espacio se encoge a mi alrededor. Cada segundo que pasa es un castigo por mi falta de control. Finalmente, despues de un rato que parece eterno, el sonido de los nudillos golpeando la puerta rompe el silencio. Mi cuerpo se tensa aún más. —Jack… —La puerta se abre y su voz me encuentra con una mezcla de expectativa y fastidio. —Desnúdate —ordeno sin rodeos—. En cuatro sobre la cama. Ella asiente y obedece sin protestar. Su disposición absoluta no me causa placer ni culpa. Solo quiero deshacerme de este fuego en mi cuerpo. Me apresuro a ponerme un condón, sintiendo que la urgencia me devora. —Ni siquiera vas a… —Shhh —la interrumpo, mi paciencia ya no existe—. No quiero que hables. Me adentro en ella con brutalidad, pero en mi mente no es su rostro el que veo. Es Isabella. Es su piel suave, su aliento entrecortado, sus ojos marrones llenos de un desconcierto que me enloquece. Todo su cuerpo me incita a reclamarlo, a marcarlo. —Ahhh… —Los gemidos de la mujer bajo mí resuenan en la habitación, pero no me importan. No es ella quien está en mi mente. El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenando el aire, mi respiración acelerada y el sudor resbalando por mi piel me empujan más rápido, más fuerte. Quiero vaciarme, saciar este tormento. —¡Jack! —La voz de la mujer es solo un ruido lejano. Clavo una última estocada y dejo escapar un gruñido ahogado mientras mi cuerpo se sacude con el clímax. Me retiro de inmediato, quitándome el preservativo y arrojándolo en la basura. Usarla para aliviar mi tensión no me hace sentir orgulloso, pero tampoco me arrepiento. —¿Qué fue eso? —pregunta, jadeante. No le respondo. Camino al baño sin mirarla. El sonido del plástico del condon golpeando el basurero es el único cierre a este encuentro. Antes de que pueda cerrar la puerta, su figura desnuda aparece en el umbral. —Nunca me habías follado así. Me quito la ropa restante y la arrojo a un rincón. Abro la ducha y dejo que el agua fría caiga sobre mí, intentando apagar el caos en mi interior. —¿De qué manera? —le devuelvo la pregunta sin emoción. —Como si tuvieras hambre de mí —ronronea. Hambre sí, pero no por ella. —Vete. Ella suelta un gruñido y sale sin más. Katy me conoce bien; sabe que odio que me cuestionen. Termino mi ducha en silencio. Cuando salgo, ya no hay rastro de ella. Me visto con calma, colocando mi arma en la pretina de mis jeans antes de salir a hacer una ronda por la casa. Cuando entro a la oficina de Dominic, la escena que encuentro me descoloca. Isabella está allí. De pie junto a él, vistiendo un maldito vestido blanco que le queda tan ajustado que parece una provocación. —Jack, justo te iba a llamar —dice Dominic, su voz impregnada de impaciencia. —Dígame. Aprovecho que se está sirviendo un whisky para detallar a Isabella. Ella frunce el ceño al notar mi mirada. No sé qué la molesta, pero es evidente que está irritada. —El ruso no quiere hacer negocios con alguien que no tenga experiencia en su territorio. —¿Cuál fue su propuesta? Dominic toma un sorbo antes de continuar. —Quiere que trabaje con él, mano a mano, durante dos semanas. Si confía en mí al final de ese tiempo, cerramos el trato. —Entonces, ¿voy a Rusia con usted? —¿Eres estúpido? —me corta, riéndose con sarcasmo—. Te necesito aquí, cuidando a esta zorrita. Toma a Isabella del brazo y la obliga a ponerse de pie. —Me estás lastimando —murmura ella, y mis puños se cierran con fuerza. —Pff… —Dominic se ríe y la empuja de nuevo en la silla—. ¿Ves? Una perra ingrata. Bebe otro trago antes de señalarme con el vaso. —Vas a vigilarla. Si se le ocurre hacer alguna estupidez o intenta escapar, te juro que te mato. Sonrío de lado, manteniendo la compostura. —No se preocupe. Me convertiré en su sombra. Echo un vistazo a Isabella. Su ceño fruncido se acentúa. Parece que la idea no le agrada, y para mí… será una tortura. —Bien —asiente Dominic, tambaleándose un poco antes de volver a servirse más whisky—. A ver si estar sola te hace cambiar tu maldita actitud, Isabella. Ya te he dicho que me desagradan las perras frígidas y que se hacen de rogar. Ojalá te sirva este tiempo sola para reflexionar. Ella se levanta con los puños apretados y la mirada encendida de rabia. —No hay nada que cambiar o reflexionar,Dominic. ¡Te odio y siempre te odiaré! Dominic se abalanza sobre ella, pero me interpongo antes de que la toque. Lo inmovilizo con una llave, y su furia estalla en gritos. No delante de mi, jamás permitiré que la toque en mi presencia. —¡Déjame, hijo de puta! ¡¿Como te atreves, Jack?! ¡Malditasea, te voy a matar y a esa maldita perra también! —Contrólate, Black —le digo, apretando mi agarre. —¡Tengo que darle su merecido a esa maldita! ¡Voy a partirle el hocico por atreverse hablarme de esa manera! ¡Malditasea, Isabella! —¡Sal de aquí, Isabella! ¡Vete!—le ordeno. Ella duda un segundo, pero al ver la expresión de Dominic, sale corriendo. Cuando me aseguro de que está lejos, suelto a Dominic. Él se tambalea hasta el escritorio, toma su arma y me apunta con ella. —Voy a matarte. ¿Como te atreviste a entrometerte en mis asuntos? No me inmuto. —Hazlo si eso te hace sentir mejor y más poderoso. Su mirada se llena de rabia, pero tras unos segundos de tensión insoportable, suelta el arma al igual que una carcajada amarga. —Soy un maldito idiota, ¿verdad? Su risa se quiebra en un sollozo. —He esperado años a que esa mujer me ame…me ame con locura tal y como yo la amo a ella y... por el contrario, me odia con cada fibra de su ser. ¿Cómo se supone que debo aceptar su rechazo? Lo observo sin compasión. Dominic está enfermo, eso a lo que llama amor no es más que algo enfermizo. —Debería descansar. Mañana viaja temprano. Él arrastra su cuerpo hacia la despensa. Su paso vacilante, como si el peso del mundo recayera sobre él, me genera una mezcla de frustración y tristeza. Su mirada perdida, fijada en la botella que toma con desesperación, parece buscar una salida en el alcohol, como si necesitara embriagarse para callar la tormenta interna que lo consume. -Pareces mi madre - murmura, su voz cargada de autocompasión. - Olvidé que no tuve una... la muy perra me abandonó a mi suerte en manos de él. Las palabras salen de su boca como si fueran cuchillos, desgarrando el aire con un eco sombrío que me recuerda la profundidad de su sufrimiento. No es la primera vez que lo veo así, hundido en su tristeza, pero cada vez que se embriaga, todo lo que parece controlar se desmorona. La rabia, el miedo y la desesperación se desatan a su alrededor como una tormenta a punto de arrasar con todo. -Joder, pareces un chiquillo - le digo, tratando de levantarlo. Cada movimiento que hago me recuerda lo arriesgado que es su estado actual. No puedo dejar que se aloque en este instante; el peligro está a la vuelta de la esquina, y su inestabilidad podría resultar en un desastre. -¿Tú lo conociste, no? - pregunta, bebiendo de nuevo. Las cicatrices en sus manos, marcas visibles de un pasado doloroso, cuentan historias que no necesitan ser verbalizadas. - ¿Cuántas veces te azotó con el maldito látigo que cargaba el desgraciado? -Perdí la cuenta - contesto con sinceridad, un nudo en la garganta que casi me impide hablar. El dolor de esos recuerdos es tan vívido como si todo hubiera sucedido ayer. La brutalidad que sufrí a manos de Sebástian Black, el padre de Dominic, es algo que nunca dejaré de cargar. Los castigos que infligió fueron horrendos; mis recuerdos son como cuchillas afiladas que desgarran mi mente. Sebástian disfrutaba del poder que tenía sobre nosotros, de la forma en que podía dejarnos al borde de la muerte y luego ofrecernos una mano de salvación, como si el sufrimiento fuera su forma de enseñarnos a ser fuertes. -¿Sabes qué me hizo? A mí, que era su maldito hijo... - se ríe de una manera que parece más una mueca de dolor que de alegría. Sus ojos se nublan con el recuerdo de un pasado que lo persigue. Me muestra sus dedos, marcas indelebles de su historia violenta, como si fueran medallas de una guerra que jamás debería haber librado. - Los quemó uno a uno. Me dijo que a un verdadero hombre no debía temblarle el pulso a la hora de disparar. Mis malditas manos parecían gelatina cada vez que me daba un arma, incapaces de sostenerla, de ser lo que él quería que fuera. -Mierda- murmuro, sintiendo una punzada de empatía por lo que ha pasado. Ya había olvidado lo cruel que podía llegar a ser ese hombre. La imagen de su padre, tan despiadado y brutal, vuelve a mi mente, y por un momento, siento una profunda indignación. Tengo claro que Dominic no la ha tenido fácil. Su padre era un completa bestia. Eso lo comprobé cuando estaba entrenándome, pero eso no lo exonera de las cosas que ha hecho hasta el día de hoy. La violencia contra Isabella, su ambición, todas esas han sido sus propias decisiones. Con un esfuerzo, arrastro a Dominic hacia su cuarto. Cada paso es más difícil que el anterior, y el peso de su cuerpo se convierte en una carga que me deja sin aliento. Mientras caminamos, murmura incoherencias, un torrente de palabras que me resulta familiar y triste. Su voz, mezcla de risas y llantos, crea una atmósfera de desesperación que me resulta asfixiante. Es como si se estuviera ahogando en su propio sufrimiento. Abro la puerta de la habitación. Al entrar, veo a Isabella en un rincón, sus ojos se amplían al vernos. Su mirada refleja el temor, y no puedo evitar sentir una punzada de protección hacia ella. Algo en su expresión me dice que sabe que esto no va a terminar bien, que este es un conflicto del cual no puede escapar. -¡No te conviene estar aquí cuando despierte! - le digo a ella, mirándola de reojo. La advertencia es clara, pero mi tono es casi demasiado frío, distante. Hay algo en ella, algo que me inquieta, y no sé cómo manejarlo. -E... ¿En dónde se supone que duerma? - titubea, mirando fijamente, está asustada, pero su orgullo la mantiene firme. La miro de arriba a abajo, analizando cada detalle de su postura, de su expresión. -Te diría dónde, pero... creo que no te gustaría la idea - susurro, riendo maliciosamente. Ella se ruboriza, su rostro se enciende como si le hubiera lanzado una bomba. La última vez que la vi sonrojada, fue en una situación completamente diferente, y la imagen me persigue. Algo en su rostro, en su reacción, me hace sentir una punzada en la entrepierna - Dile a la empleada que te arregle uno de los cuartos del primer piso. Ella sale rápidamente, la angustia pintada en su rostro. La veo pasar al lado de Dominic, quien murmura su nombre mientras se desliza hacia el sueño. Sus palabras son apenas audibles, pero las escucho claramente, como un susurro perdido en la bruma de su borrachera. -Isabella - murmura Dominic en medio de su sueño turbio- Si no eres mía, no serás para nadie. Parece profundizar en el sueño, y mientras lo miro, no puedo evitar reflexionar sobre las dos semanas que tengo por delante. Maldicion, estos días van a ser una completa tortura. La idea de estar cerca de Isabella, de querer follarmela y no poder hacerlo, es como una condena. No sé cómo voy a soportarlo.
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