Vi a mi mejor amiga en el colegio, comimos juntas esa mañana. Ella me hablaba sobre sus sueños y ambiciones, y que rareza, ella me hablaba de su futuro y yo aún probaba la arena de mi jardín; solo teníamos ocho años.
Ese fue el último día que la vi. Su madre y su familia jamás la volvieron a ver tampoco; Amanda nunca llego a casa.
Mi hermana de diez años estaba emocionada por ir en bus sola a su primer día de clases, a ella le emocionaba ser independiente; ese día papa y yo no podíamos acompañarla. Llego llorando a casa, un hombre intento tocarla de regreso a la escuela.
Mi Madre iba de camino a su oficio, y un hombre la golpeo porque ella no se detuvo cuando él la “cortejo”. Le dieron cinco puntos de sutura en la barbilla; ella no quiso salir nunca más de casa sola.
Mi prima nos llamó desde el hospital llorando, su esposo la violo y la golpeo porque había olvidado plancharle una camisa; ella perdió a su bebe. Mi prima no quería seguir viviendo.
Y así, miles de casos más de violencia contra la mujer.
Hoy en día, hay que enseñarles a la nueva generación del milenio que las mujeres somos humanas, de carne y hueso, somos personas que sentimos, percibimos, luchamos, amamos, sufrimos.
Somos madres, hermanas, tías, abuelas, amigas, hijas.
Fuimos creadas para ser libres, independientes, hermosas, espontaneas. También para amar, refugiar, ayudar.
Las mujeres tenemos un corazón que puede sufrir, que se puede fragmentar, que se puede destruir; amémoslas, cuidémoslas, apoyémoslas y luchemos con ellas para que sus voces sean escuchadas y la violencia acabe.
Hagamos que se detengan las violaciones, las desapariciones, la violencia.
Nosotras no somos un género, ante todo, somos personas.