CAPÍTULO DIECISÉIS Orin Rhodes se quedó estudiando su rostro en el espejo. Tenía un corte profundo en su sien izquierda, donde la chica le había dado con el atizador de chimenea. Pero no le importaba. Nadie lo había reconocido, y ya se había alejado lo suficiente de Fredericksburg que ya no tenía que preocuparse por eso. Le gustaba el rostro que veía. “No más máscaras”, pensó, tocando su cara por todas partes. Habían pasado dieciséis años desde que había visto este rostro, dieciséis años usando una máscara todo el tiempo. Recordaba con disgusto su vida amarga y triste llena de decepción en la prisión. Sus infinitas muestras de un arrepentimiento no sincero. Las horas que había pasado pretendiendo “mejorar” en las clases. Los muchos presos más jóvenes que había orientado y asesorado pa

