Ximena:
Doce horas antes.
¿Saben qué significa ser libre?
Según mi amigo San Google, libre es aquella persona que tiene la posibilidad de tomar decisiones y llevar a cabo acciones sin imposiciones externas; que no está en la cárcel, ni sometida a la voluntad de otro, ni constreñida por una obligación, deber o disciplina.
Yo no sé nada de eso: ¿posibilidad de tomar decisiones? Ni siquiera puedo decidir de qué color pintarme las uñas. ¿Actuar sin imposiciones externas? ¿Qué es eso? No es un secreto para nadie que tanto yo como mis hermanas somos unos títeres en este lugar.
¿Cárcel? He estado encerrada toda mi vida, dieciocho largos años, solo que mi prisión es enorme y bonita; mi celda es mi cuarto; mis compañeras son mis hermanas y los guardias son mis padres y sus guarda espaldas.
¿Sometida a la voluntad de otro? Esa es mi vida. ¿Obligación, deber o disciplina? Creo que si reviso mi inscripción de nacimiento ese sería mi nombre en vez de Ximena Andrea.
Así que no, no tengo idea de qué es o se siente ser libre, pero hoy pienso averiguarlo. Por las próximas horas, seré una chica normal de dieciocho años, divirtiéndose en las calles de Nordella y no una princesas. Hoy seré una chica rebelde. Hoy me fugo del palacio y usaré un vestido sexy.
Conoceré un chico musculoso, de ojos azules, pelo n***o, arrogante, divertido, vamos, el típico protagonista de las novelas de w*****d. Hoy conoceré a un Kyle Andersson y perderé mi virginidad con él. Bueno, esto último tal vez no.
Recojo mi pelo en una coleta alta y me pongo una gorra para completar el luck. Vuelvo a mirarme en el espejo y no me reconozco, justo lo que necesito. Llevo un pantalón mezclilla demasiado ancho para mi gusto, una camisa blanca metida por dentro y unos tenis grises no muy limpios. El vestuario perfecto para pasar desapercibida, para fugarme del palacio. Sí, como oyeron; vivo en el palacio real de Nordella, soy la cuarta princesa de este país.
—Te ves bastante bien —comenta una voz a mi espalda provocando que el corazón suba a mi garganta. Me volteo.
—¡Reni! ¡j***r, me vas a matar de un infarto!
Karen Itzel, más conocida por su familia como Reni, es una de mis hermanas menores, la quinta princesa para ser exactos.
—¿Qué haces aquí? —pregunto al mismo tiempo que me doy cuenta de las fachas que trae. Una bermuda y un pulóver de hombre, unas botas negras y un gorro del mismo color. El pelo lo lleva envuelto de tal manera que no se le ve—. ¿Y esa ropa?
—¿No debería preguntarte yo lo mismo? —Arquea una ceja; una facilidad que admiro muchísimo de ella pues las mías son amigas inseparables, para donde va una, va la otra.
—Estaba probándome la ropa de María de los Angeles. Estoy un poco aburrida. —Intento zafarme pues por ningún motivo puede saber de mis planes; además, no estoy mintiendo del todo, esta es la ropa de mi doncella.
—Sí, claro. Ximena, entre más rápido admitas que quieres fugarte, más rápido lo haremos.
Sus palabras me paralizan y contrario a asustarme porque sepa de mis planes, lo que realmente me aterra es ese "haremos". Ya es suficientemente grave fugarme, arrastrar a mi hermana pequeña conmigo, es una locura.
—¿Cómo lo sabes?
—Cuando hagas planes con Nany, asegúrate de que no haya nadie a tu alrededor.
¡Ay, Dios, lo sabe todo!
—Reni, escucha...
—Ni lo intentes; si no puedo ir contigo, se lo diré a Betania o a Mónica, tú decides.
—¿Me estás amenazando? —pregunto incrédula.
Si se entera Bet, lo más malo que puede pasar es que mis planes se frustren, pero si se entera Mónica, mañana lo sabrán mis padres y ahí si se pondrá fea la cosa.
—Sabes que no sería capaz —dice con un rostro de niña buena más falso que la sangre azul que supuestamente, corre por nuestras venas—. Es que yo también me aburro encerrada en este lugar. Plis, me portaré bien. Lo juro.
Pone sus manos en gesto de súplica y me mira como el gato de Shrek. ¡Oh, j***r, esto es una pésima idea! Al ver que sigo dudando, agrega:
—Además, ¿has pensado en cómo burlar las cámaras de seguridad?
¡Las cámaras! Malditos demonios, ¿cómo lo olvidé? No hay forma de que logre salir de aquí.
—Tranquila —dice al ver mi cara de decepción—. Tengo a Hoscariana lista para distraerlos cuando le dé la señal de que estoy dentro del plan.
No sé si confiar en una chica de dieciséis años para salir de aquí sea buena idea, pero ni modo. Es eso o acostarme a dormir.
—Ok, María de los Ángeles debe estar al llegar.
Mi hermana aplaude efusivamente desde su lugar mientras da saltitos y como si hubiese sido invocada, mi doncella entra en la habitación. Sus ojos se abren desorbitados al ver a Reni.
—Se viene conmigo. —El temor en su mirada ante mis palabras es evidente.
Joder, yo sé que es mala idea, no necesito que sus ojos me lo confirmen. María hace una reverencia ante Reni.
—Alteza, si aún desea hacer esto, ahora es el momento. El cambio de guardia comenzará en media hora.
—No te separes de mí —advierto, señalando a mi hermana con el dedo índice.
—Sabes que nunca lo hago.
Bueno, en eso tiene razón. Esa mocosa casi dos años menor que yo parece mi siamesa, está siempre pegada a mí.
Salimos de mi habitación detrás de mi doncella luego de que Reni le avisa a la de ella que está dentro del plan y mi corazón se acelera por los nervios. Nunca he sido rebelde o nunca he tenido la oportunidad. El caso es que siempre he cumplido las órdenes de mis padres y he intentado mantener el prototipo de princesa perfecta, aunque me siento bien lejos de serlo. Sin embargo, por hoy, me permitiré ser desobediente pues dentro de unos días, toda mi vida va a cambiar.
Cuando cumpla los diecinueve años me presentarán por primera vez al mundo; mi rostro será de dominio público y ese compromiso que se hizo antes de que yo naciera con el príncipe de Malinche, se hará legal. Necesito experimentar, al menos una vez, qué se siente ser una chica normal, una chica libre.
Gracias a Dios, logramos llegar a la zona de la servidumbre sin encontrarnos con ningún guardia. Por lo general, esto sería una misión imposible, pero como el rey y la reina salieron de la ciudad por cuestiones diplomáticas, gran parte de los guardias se fueron con ellos y los que quedan en el palacio son unos idiotas confiados. ¿Cómo se van a imaginar que las princesas se van a escapar?
Salimos del palacio por la puerta del fondo y casi nos topamos con un guardia, pero María de los Angeles es lo suficientemente rápida como para interceptarlo y entretenerlo mientras nosotras nos escondemos detrás de un arbusto. Suelto el aire que contenía cuando lo veo alejarse.
—Creo que he envejecido diez años —comenta mi doncella y yo sonrío. Es la mejor.
Media hora es todo lo que nos toma el recorrido de mi habitación a la tapia que nos dará paso a la libertad. Debo admitir que fuimos más rápidas que Flash, pues hacer este recorrido normalmente, no sería tan fácil. Por suerte, el cambio de guardia ya está en proceso y no hay nadie alrededor.
El muro tiene una altura de dos metros y medio, así que no será sencillo escalarlo.Nany y yo quedamos en que al otro lado arrimaría su coche todo lo posible para subirse al techo e impulsarme hacia arriba. Miro hacia el borde hasta encontrar la banderita roja que me dijo que pondría para que supiera dónde parquearía.
—¡Nany! —susurro grito y al otro lado aparece su cabeza. Me mira confundida.
—¿Qué hace Karen aquí?
—¿Así que ahora soy Karen? Es bueno verte a ti también, sobrina. —Nany pone los ojos en blanco. Es la hija de Alejandra, nuestra hermana mayor y también es más vieja que nosotras.
—Digamos que no hemos sido muy discretas. Ahora debemos darnos prisa. Los guardias no tardarán en llegar.
Nany habla con alguien a su espalda y yo supongo que se trata de Kiara Alanís, su mejor amiga.
Por encima de la tapia aparece un banquito, estirándome lo más posible logro cogerlo y lo pongo en el piso. Reni es la primera en cruzar la tapia ayudada por el banco y los brazos de nuestra sobrina. Luego voy yo y no sé si son ideas mías, pero el aire al otro lado se respira mucho más agradable.
Mi doncella nos pasa el banco y sin perder tiempo nos montamos en el auto.
En silencio, nos alejamos del palacio hasta perderlo de vista. Nany frena de repente provocando un sonido chirriante de las gomas contra el asfalto e impulsándonos hacia el frente por el brusco movimiento.
—¡j***r, ten más cuidado, Nany! —chilla Reni mientras se soba la nariz producto del golpe que se ha dado con el asiento delantero.
Observo a mi sobrina quien está temblando con las manos apretadas al volante. Su respiración es irregular y tiene los ojos cerrados.
—Lo hicimos. Se fugaron del palacio. ¡j***r, Ivonne me va a matar!
Ivonne Zamora Huerta, su abuela y nuestra madre. La reina toda poderosa, un amor de persona, pero que cuando se enoja, arde el mundo.
—No te preocupes, en todo caso, moriremos las tres. —Intento tranquilizarla, pero me fulmina con la mirada—. Ahora no te puedes arrepentir.
—¿Y quién dijo que me estoy arrepintiendo? Solo estoy plasmando los hechos.
—Mientras no nos prohíban juntarnos, por mí está bien —sentencio.
—De todos modos, ¿con qué nos van a castigar? ¿Con no salir de casa? Ese es nuestro día a día. ¿Qué más da? —protesta Reni.
—Reni, cariño, ahí difiero contigo. Yo si tengo libertad así que a mí sí me pueden castigar con no salir de casa.
—Da igual. ¿Qué hiciste para burlar a tus guardaespaldas?
—Les eché laxantes en la comida. Tienen dos de los baños de la gran casa infectados. —Interviene la chica a su lado.
—Oh, lo siento. Chicas, esta es mi mejor amiga, Kiara Alanís. Kiara, estas son mis… —Levanto mis cejas en espera de qué va a decir—. Mis tías. ¡Dios, eso suena demasiado raro! Ximena y Karen, aunque todos le llamamos Reni.
—Un placer, altezas.
—Si nos tratas de alteza una vez más, tendremos problemas —amenaza mi hermana.
—Es un placer Kiara. —Le sonrío, he escuchado hablar mucho de ella.
—Bueno, ahora vamos para mi casa. Debemos prepararnos.
—¿Y qué piensan hacer hoy? —pregunta mi hermana—. Digo, escuché el plan de la fuga, pero ni idea de qué traman.
—Nos vamos a la mejor discoteca del Dream Park. Tendremos una noche loca —explica Nany con entusiasmo.
Aún no puedo creer que nos hemos fugado, pero dispuesta a no pensar en las consecuencias que podría traer que nos descubran, me olvido de todo y me propongo pasar la mejor noche de mi vida.
Media hora después, llegamos a la casa de Kiara en uno de los barrios más importantes de Nordella: La Gran Avenida. Supongo que sus padres son bastante pudientes.
Subimos a su habitación y nos deja vía libre para buscar en su armario lo que más nos guste. Gracias a Dios, todas tenemos más o menos la misma constitución física.
—¡j***r, Kiara, amo tu guardarropa! —chilla Reni con un puchero haciéndonos reír a todas.
La entiendo, a mí me causa el mismo sentimiento. Chores, sayas, pantalones, bermudas, vestidos cortos y sexys, blusas de todo tipo. Si yo pudiese botar todos los vestidos largos, recatados y elegantes y los monos de mi armario y lo sustituyera por lo más sencillo que hay aquí, sería feliz. En momentos como estos es que me doy cuenta de que no he tenido adolescencia, pero hoy voy a enseñar hasta el alma, bueno, no tanto.
Karen, con su metro sesenta, escoge un vestido rojo corte princesa, de cuello alto con un cinto dorado combinado con una pulsera y unas argollas gigantes. Y lo complemente con unas cocalecas de tacón del mismo color. Su pelo castaño oscuro lo recoge un una coleta alta que le da un porte mayor y para completar el luck, Kiara le pone un maquillaje sencillo que realza aún más lo achinado de sus ojos negros.
Nany se decide por un vestido n***o que junto a su piel trigueña le queda de escándalo. No es muy alta, pero con esos tacones las piernas le lucen más largas. El vestido es de tirantes que se amarran detrás del cuello, con los hombros al descubierto y unas mangas a medio brazo. Un cinto fino de cuero separa la parte superior de una saya suelta que baila con cada paso. Es un poco más largo que el de Reni.
Kiara escoge un vestido rosa pastel ceñido al cuerpo, ahorcado y con un escote que realza sus atributos; unas sandalias de tacón fino del mismo color y un maquillaje sencillo y brillante. Para culminar, deja su pelo riso marrón suelto por debajo de sus hombros
Por mi parte, me decanto por un vestido blanco corte princesa, con dos listones cruzados en el cuello y un escote que hace a mis senos más sexys de lo que me parecen normalmente. Unas plataformas de tacón fino, ahorcadas a los tobillos y el pelo suelto, recogido hacia un lado con una hebilla brillante y unos aretes largos a juego.
Cada una coge un bolso, menos Reni, que decide guardar su móvil en el de Nany porque según ella, es muy impaciente y teme dejarlo regado.
Kiara llama a su chofer personal y partimos a la discoteca Infinite Night en el Dream Park. Justo a las nueve y veinte minutos de la noche, el coche se detiene frente al lugar y desde nuestra posición, podemos escuchar el retumbar de la música.
—Mmm, ¿chicas? Creo que tenemos un problema. —Todas miramos a mi hermana, curiosas—. Dudo mucho que con diecisiete años me dejen entrar ahí.
—Por eso no te preocupes, yo me encargo. De todas formas, yo tengo dieciséis —dice Kiara para luego salir del auto dejándonos con la boca abierta.
¿Dieciséis? Pero si parece mayor que yo. Qué injusta es la vida.
El chofer nos abre la puerta y nos ayuda a salir mientras Kiara habla con el portero y a pesar de que la fila es inmensa, nos permiten la entrada sin rechistar.
—¡Estoy en una discoteca, Ximena! —chilla mi hermana cuando entramos
He visto muchas películas donde hay escenas en discotecas, pero nada de eso te prepara para lo que tengo frente a mí. Es enorme y a pesar de la hora, está casi llena. Las luces intermitentes y de tantos colores, me marea por unos segundos al punto que tengo que cerrar los ojos. La música está estrepitosamente alta, nunca la había escuchado a este volumen; mi madre nos mataría si la ponemos más alto de lo que está estipulado en el reglamento.
Kiara se adhiere al brazo de Reni y Nany al mío guiándonos por las escaleras; al llegar al último peldaño, salen dos explosiones de humo de los laterales sobresaltándonos. No sé quién grita más, si Reni o yo; solo sé que nuestras acompañantes nos miran raro al igual que algunos curiosos alrededor. Me escondo detrás de mi cabello y camino avergonzada, con las mejillas calientes hasta perderme en la multitud.
Alguien toma mi mano y me sobresalto. j***r, a este paso terminaré muerta de un infarto antes de poder siquiera divertirme. Es Nany, quien nos dirige hasta una de las barra.
—Tranquilas, cuando estén una hora aquí dentro, ya estarán acostumbradas a todo —grita para hacerse oír sobre la música y yo asiento para demostrarle que he entendido.
—Aquí, tomen esto. —Kiara nos ofrece un vaso a cada una mientras Nany toma nuestras carteras para dárselas al chico tras la barra. No me pasa desapercibido el guiño que le dedica a mi sobrina.
—¿Qué es? —pregunto.
—Cerveza.
¿Cómo una chica de dieciséis años entra a una discoteca sin problemas y le venden alcohol como si fuera lo más normal?
A pesar de que no quiero que Reni tome pues es menor de edad y si le pasa algo, me cuelgan; la mocosa se niega alegando que es probable que esta sea la única vez que logre estar en una discoteca y que por lo tanto, quiere disfrutar. No me puedo negar a ese pedido.
Luego de la primera cerveza, Kiara nos saca a bailar. Nunca lo he hecho delante de nadie, ni siquiera estoy segura de qué tan bien se me da algo que no sea un vals que es lo que nos enseñan en el palacio. Lo poco que sé lo aprendí de Betania y Alejandra porque les encanta bailar, aun así no dejo que eso me detenga pues como dice Reni, esto será una vez en la vida y lo voy a disfrutar.
—¡Voy al baño! —le grito a las chicas lo que me parece a mí, como una hora después.
—Cuando vengas, tráenos una cerveza. Dile al chico que lo ponga a mi cuenta.
Asintiendo a la petición de Nany, camino hacia el baño. Por suerte solo tengo que esperar a que pasen dos chicas pues mi vejiga ya no aguanta. Me lavo las manos y vuelvo al bullicio.
Con más dificultad que al inicio, me abro paso hacia la barra, pero no veo al chico que estaba antes. Ahora hay una rubia muy hermosa que se dedica más a hacerles ojitos a los hombres que a repartir bebidas. Intento llamar su atención varias veces: “señorita”, “oye”, “tú”, “chica”, “rubia”, “tonta”, “sorda” y ni modo, ni así me hace caso.
Joder, ¿viene a buscar novio o a trabajar?
Miro a mi alrededor pensando en cómo puedo llamar su atención hasta que me encuentro con una jarra llena de pitillos. Sonriendo, cojo uno y se lo lanzo; se le enreda en la melena pero ni caso me hace: “Putilla”, “Pechugona”, no me culpen, tiene buenas tetas.
Un hombre a mi lado me mira curioso.
—¿Qué? Solo quiero una bebida.
El hombre desvía la mirada con una sonrisa en el rostro y encogiéndome de hombros, regreso a mi labor. Me apoyo un poco en la barra para ver qué hay detrás, hasta que me encuentro con una cucharita. Me estiro hasta alcanzarla y cuando estoy a punto de lanzársela, una mano cálida se envuelve en mi muñeca.
Confundida, miro hacia atrás.
Santa jodida madre, necesito un recipiente para juntar mi baba. ¿Pero de qué libro se ha escapado este hombre?
Alto; fuerte, pero no de forma exagerada; de ojos, ¿negros?, no estoy muy segura, tantas luces me confunden; rubio con el pelo alborotado no muy largo, pero tampoco muy corto, un equilibrio perfecto. Sin embargo, lo mejor es esa sonrisa sexy de dientes blancos que segura estoy, le baja las bragas a todas las mujeres. Aprieto las piernas para evitar que las mías se caigan.
—Eso podría dolerle, ¿no crees? —Trago fuerte y agradezco a la música porque no me ha oído. Me obligo a hablar.
—Ehh… Mmm… La pechugona no me escucha.
—¿La pechugona? —pregunta con una ceja por los aires. Luego mira a la chica tras de mí y sonríe con comprensión—. Sí, bueno, se merece el nombre.
Intento bajar la mano que todavía está con la cuchara en posición de lanzada y la de él sosteniéndola, pero no me lo permite. Sin dejar de sonreír, me quita el cubierto y entonces me suelta.
—Espera un segundo —me dice para luego golpear la punta de mi nariz con el cabo de la cuchara. ¿Es raro que eso me haya parecido tierno?
El joven salta sobre la barra sobresaltándome y sí, la pechugona lo nota y le sonríe. Espero que vuelva a centrar su atención en los hombres frente a ella, pero para mi mosqueo, camina hacia el chico nuevo.
—Elián, ¿qué haces aquí? —Genial, se conocen.
—Estabas ocupada y esta chica hermosa quería una bebida. No quería interrumpirte. —Me ha dicho hermosa. ¡Aaahhh!
—Oh, yo se la sirvo, no te preocupes. Estás en tu día libre. —Bueno, ya sé dos cosas de él. Se llama Elián y trabaja aquí.
—Sigue con lo tuyo, Claudia. Yo la atiendo.
La chica me dedica una mirada venenosa que me confunde. Yo no he hecho nada, pechugona, nadie te manda a estar coqueteando en lugar de trabajar.
—Entonces, ¿qué te sirvo?
—Cuatro cervezas —grito para que me escuche.
Con una destreza increíble, Elián se mueve alrededor hasta depositar mi pedido sobre la barra.
—¿Uno de estos vasos es para tu novio?
Directo, me gusta.
—Mis amigas. —Su sonrisa vale la pena esa respuesta—. Por cierto, las cervezas ponlas a nombre de Joskani Mendoza.
—¿Quién es esa?
—Mi amiga.
—Sigo sin saber quién es.
Por supuesto, no eres el mismo de hace un rato.
—Cuando llegamos había otro chico aquí. Eran amigos y me pidió que le dijera que las pusiera en su cuenta. Un chico alto, de cabello largo y bonita sonrisa.
—¿Seth? —¿Y yo qué sé? Pero si es capaz de con solo esas tres características dar un nombre, pues ese debe ser. Me encojo de hombros como única respuesta.
—Bueno, voy a buscar a mi amiga para qué pague, no llevo nada encima. —Digo amiga porque es demasiado raro explicar que soy su tía pero que ella es mayor que yo.
—Deja eso, estas vienen por la casa.
—Gracias —respondo con una sonrisa y él se me queda mirando unos segundos más de lo normal—. Me voy
—Espera, ¿te importa si te acompaño?