5. El príncipe de Malinche

3124 Palabras
⚘Capítulo dedicado a Isabel Meléndez Sánc⚘ Ximena: Con el corazón acelerado ante la discusión con mi… mi… Olvídenlo, decir mi esposo suena más raro que decir que Nany es mi sobrina; es ridículamente absurdo. Bueno, como decía, con el corazón aun acelerado por la discusión con ese hombre y que mi madre me haya escuchado decir semejante barbaridad, llego a mi habitación mientras imagino las distintas formas en que puedo averiguar cómo demonios volver el tiempo atrás; pero mis planes se frustran al ver a las dos personitas tiradas en mi cama cuchicheando. Como les encanta el chisme. Mi hermana menor, la más pequeña de la familia, Anaileth, una linda morena de pelo largo y crespo con labios rellenos como en ocasiones me gustaría tener a mí y Reni, giran sus cabezas el escucharme entrar y, con una sonrisa de oreja a oreja, me observan. —¿Es cierto lo que hay en las noticias? —pregunta Anaileth impaciente—. ¿Qué te casaste con un hombre común y corriente? —Eso parece —contesto sobrepasada por toda esta situación y olvidando todos mis modales, corro a la cama y me tiro en el medio de mis dos chicas preferidas enterrando la cabeza en el colchón—. ¿Podrían decirme que todo esto es una pesadilla? —Es una pesadilla, Xime, pero una pesadilla muy, muy, muy real. Levanto la cabeza y si mis ojos pudieran lanzar láser, Reni ya no estaría en este mundo. —¿Qué? Es verdad, aunque no te deprimas tanto… ¿Has visto bien a tu marido ahora que el alcohol no está en tu cuerpo? Está para darle y no consejos. —¡Reni! —grito escandalizada. Esos libros que lee no le están haciendo mucho bien. Anaileth ríe divertida. —Me muero por conocerlo. Esmeralda dice que tiene unos brazos perfectos para que te carguen y que tiene muchos tatuajes. Eso es sexy. —Oh, Dios mío, le diré a mamá que tiene que quitarles los móviles. w*****d está friendo sus cerebros —comento haciéndome la escandalizada. Si su doncella piensa eso, ¿qué dirá el resto del personal? —No sé de qué hablas, tú eras la que soñaba con perder su virginidad con Kyle Andersson, de ser preferible, en el mismo lugar en el que se la arrebató a Addyson. —Esta vez es Reni la que habla. —Estoy pensando seriamente en dejar de contarles mis cosas. —Bueno, no la perdiste con Kyle, pero Elián Díaz es un muñecón muy sexy y he escuchado algo por lo que daría un riñón para estar en tus zapatos y poder comprobar. Mueve sus cejas arriba y abajo logrando su cometido, picar nuestra curiosidad. Se sienta en la cama y nosotras la seguimos acomodando nuestros vestidos. —Escuché a Bet y a Moni hablando más temprano. Dicen que Elián trabajó en… —Se pasa la lengua por los labios y a mí me dan ganas de cogerla por el cuello para que se deje de idioteces—. Dicen que fue un stripper, Ximena. —Estás bromeando —comento con los ojos bien abiertos. —Nop, solo digo lo que oí y sé que justo ahora ese hombre no te debe querer ver ni en pintura, pero ya que te obligaron a mantener el matrimonio, en algún momento tendrán que darles más nietos a papá y cuando hagan el delicioso de nuevo, tienes que pedirle que te haga un estriptis para luego contarme con lujos de detalles. —No te olvides de mí, por favor. —Se apunta Ana. ¿Un stripper de marido? j***r, sí que me lucí anoche. Decido no aportar nada a su comentario, dudo mucho que algún día ese hombre y yo tengamos la suficiente confianza como para pedirle tal cosa. —Por cierto, ¿cómo sabes que se negaron al divorcio? —Puede que me lo haya dicho un pajarito. —Karen, tienes que dejar de escuchar conversaciones ajenas, terminarás metiéndote en problemas. —Bueno, si no escuchara conversaciones ajenas como dices, anoche no hubiese pasado la mejor noche de mi vida y te equivocas, ya estoy en problemas. Una vez que papá termine de hablar con el rey de Malinche, quiere hablar conmigo. ¿Ya llegó? ¿Qué arte tiene esta chica para enterarse de todo lo que pasa en este lugar? Por la próxima hora conversamos tranquilas mientras Reni sueña sobre la hermosa historia de amor que podría formarse entre Elián y yo. Esta chica sería una excelente escritora si se pusiera para ello y mientras desvaría, yo solo puedo rodar los ojos una y otra vez. Unos toques suaves en la puerta nos sobresaltan y viendo que nadie habla, sé que se trata de algún m*****o de la familia. —¡Pasa! —grito y segundos después, Betania asoma su cabeza. —Ya sabía yo que el palacio estaba demasiado tranquilo. Los tres diablillos juntos… Mmm, nada bueno debe salir de aquí. —¿Cómo están los aires ahí fuera? —pregunto y la bonita sonrisa en su rostro desaparece. —El príncipe Skyle quiere hablar contigo. —¿Conmigo? —Ahora sí estoy escandalizada. —¿De qué quiere hablar ese hombre? Betania se encoje de hombros. —No, Bet, inventa algo, di que me siento mal, que me morí o lo que sea, pero no me hagas bajar. Me muero de la vergüenza, por favor. —Pongo las palmas de mis manos bajo mi barbilla en un evidente gesto de súplica, pero ella niega con la cabeza—. ¿Está muy enojado? —Ximena, cariño, no lo conozco como para saber cómo luce cuando está enojado. Solo sé que te está esperando en la biblioteca y que necesito que te apresures. Confundida y asustada por no saber lo que me espera en esa habitación, me levanto de la cama, me aliso el vestido mientras mi hermana mayor me acomoda un poco el cabello y la sigo por todo el castillo. Al llegar, debo suprimir el impulso de morderme las cutículas pues sin darme tiempo a pensarlo, Betania abre la puerta y me apresura hacia adentro cerrando tras de mí. Con un nudo en la garganta, las manos temblorosas y el corazón martillando con fuerza, me acerco al joven que tiene la vista concentrada en el paisaje tras la enorme ventana de cristal. Es alto, súper alto, debe medir casi dos metros por lo menos. Tiene el pelo n***o, corto a los lados y un poco más largo encima; a pesar de ser delgado se le nota un cuerpo bastante definido a través de su camisa blanca ajustada; su chaqueta cuelga pulcramente en la silla a su lado y el pantalón n***o le cae de una forma muy bonita sobre su redondeado trasero. No luce mal el principito. Asiento en aprobación, aunque no puedo evitar pensar que Elián está mejor. Sacudo la cabeza ante ese estúpido pensamiento y en el fondo, deseo que su rostro sea bien fe, o que sea un joven desagradable para no sentirme tan culpable por haber arruinado el dichoso compromiso. Sin darme cuenta, doy un paso al frente y golpeo la mesita frente a mí que no recordaba que estaba ahí. Haciendo malabares consigo sujetar la lámpara antes de que caiga al piso, pero el ruido es suficiente para alertar al príncipe de mi presencia. Lentamente, como en las películas, se gira hacia mí y yo me quedo muda ante su imagen. Es guapo el condenado. Tiene unos muy bonitos ojos negros enmarcados por unas largas y espesas pestañas que causarían la envidia de la mayoría de las mujeres; sus labios están apeteciblemente rellenos y tiene una perfecta sonrisa digna de anuncio de dentífrico. Su mirada me da un repaso exhaustivo y puedo imaginar mis mejillas rosadas de la vergüenza. —Ho… hola —murmuro nerviosa. —Hola —contesta sonriendo—. Por fin nos conocemos… Debo decir que es una lástima que ya no seas mi prometida. —Noto cómo en todo momento me tutea, nada de formalismos… eso es un alivio. Trago saliva mientras retuerzo los dedos tras mi espalda. ¿Qué se supone que debo contestar a ese saludo? —Estaba muy curioso por la que sería mi esposa en un año, es increíble cómo la vida da vueltas. —Lo siento —murmuro. No sé qué debo decir, pero lo más sensato es disculparme; tal vez si le caigo bien, los acuerdos entre nuestros países puedan salvarse… Soñar no cuesta nada, ¿no? —¿Por qué? —Por cómo sucedieron las cosas… Yo… yo, esto… —Muerdo mi labio. No sé qué decirle; esa mentira que mi padre se ha inventado es absurda y me avergüenza. El príncipe parece un buen chico como para que lo engañe de esa manera. —No necesitas disculparte, tranquila. —Lo observo sorprendida, eso no me lo esperaba. Camina hacia mí y se apoya en el espaldar del sofá carmelita de tres plazas, ese en el que paso tantas horas leyendo. Cruza sus manos sobre su pecho y su bonita mirada me detalla poniéndome de los nervios. —Estamos comprometidos desde que naciste, pero no me conocías salvo por las noticias en internet, entonces conociste a alguien que te cautivó, no puedo culparte por eso. —Gracias, supongo. —Debo decir que es un gran alivio saber que no está enojado. —Aunque me hubiese gustado que esperaras unos días, tal vez si me hubieses conocido en persona, yo habría tenido una oportunidad de conquistarte. —Mis ojos se abren sorprendidos ante sus palabras. Por un momento pienso que lo dice en broma, pero su rictus serio, me avisa de que no lo es—. ¿Qué se supone que haré con mi vida ahora? —¿Qué? —pregunto sin entender. —He vivido toda mi vida creyendo que me casaría contigo, ahora tendré que conocer a otra mujer y tal vez esta vez no corra con la suerte de que sea guapa, que le guste leer tanto como a mí, que sea dulce, agradable y que tenga ese lunar tan… —Se detiene por unos segundos buscando las palabras. Mis ojos están desorbitadamente abiertos y mi corazón martillea con fuerza a la espera—. Bonito. Abro la boca sin saber qué decir y no voy a negar que hay muchas mariposas en mi estómago bailando la macarena ante sus palabras. —¿Cómo sabes que me gusta leer? —Es lo único que consigo preguntar. —Me iba a casar contigo, Ximena… He averiguado por ahí. Entonces… ¿cómo te harás responsable por afectar mi vida de tal manera? Trago duro. Visto desde su punto de vista, creo que lo he puesto en una situación para nada agradable y me gustaría decirle que no es el único que ha salido perdiendo por mi irresponsabilidad, pero si lo hago, mi padre me mata. —No lo sé, ¿qué podría hacer? Mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca un Samsung plateado. —Dame tu número, al menos serás mi amiga para poder desahogarme por haberme obligado a casarme con una mujer diferente. Y por lo más que quieras, trata de contestarme a las dos de la madrugada cuando llame molesto y con ganas de matarla, no me importa si a tu esposo no le gusta. La sonrisa en su rostro me dice que está bromeando, pero me habría caído mejor si no hubiese dicho esa maldita palabra: esposo. Cojo el móvil y con dedos temblorosos marco mi número; luego se lo tiendo. Él le da al botón de llamada y dos timbres después, lo cuelga. —Más tarde lo registras. Asiento con la cabeza. —¿Por qué no te relajas? Has aceptado ser mi amiga y parece que estás lista para una guerra. —Lo siento. Muevo la cabeza con cuidado a ambos lados para relajar los músculos tensos de mi cuello y lo sigo hasta el sofá. Debo hacerle una pregunta que me tiene realmente preocupada. —Skyle… Mmm, ¿los contratos entre nuestros países nacidos a raíz de nuestro compromiso corren algún peligro por esta situación? —¿Te soy sincero? —Asiento con la cabeza y mentalmente me preparo para lo peor—. Mi padre está enojado, se ha tomado tu osadía como una ofensa personal y ha venido aquí con el único objetivo de romper todo tipo de relación con New Mant. ¡Oh, Dios! Esto va a ser un duro golpe para el país, en el que el mayor afectado será el pueblo que podría enemistarse con la familia real y todo por mi culpa. En el peor de los casos, podría, incluso, desatarse una guerra civil. —Ey, tranquila. —Toma mis manos y las acaricia con calma. ¡Maldita sea! Está bien que sea guapo, ¿pero también tenía que ser tan dulce y bueno? Dios es injusto. —Haré lo posible para salvar algo en este desastre, pero no te prometo nada. —¿Por qué harías algo como eso? —Siento mi voz a punto de romperse ante esa pregunta, pero es que no lo entiendo—. Técnicamente te he cambiado por un hombre mayor que tú, pobre, sin estudios, padre soltero y que trabaja como cantinero en una discoteca… creo que esa es una falta de respeto enorme a tu persona. El príncipe enarca una ceja. —Justo ahora no sé si pretendes agradecerme o hacer que cambie de opinión, porque al ver que me has cambiado por tan poca cosa… —¡Ay, no, lo siento, no era mi intención ofenderte! Dios, abre la tierra y trágame. —Solo… Olvídalo, hazte a la idea de que no dije nada. —Tranquila, relájate —dice con una sonrisa para luego suspirar profundo—. En cuanto a tu pregunta, lo hago porque admiro tu valor al luchar por tu amor. Querrá decir mi estupidez. —Tuviste el coraje para perseguir tu felicidad a pesar de que tu vida está programada desde que naciste. Tienes valor, la fuerza para luchar por lo que crees, Ximena y creo que eso es algo que tu pueblo necesita en una reina. Sí tiene un defecto: está loco o se droga. —Sabes qué esta desobediencia me costó mi camino a la corona, ¿no? —Sonríe. —Lo sé, pero estoy seguro de que encontrarás la forma de volver. —Ja, eso es porque no conoces al gran Sebastián. Mi padre dijo que estoy fuera, así que fuera me quedaré. Game over. —Ya veremos. La conversación muere tras sus pablaras y yo comienzo a sentirme ansiosa. No sé qué más decirle y creo que luego de todo lo dicho, las conversaciones sobre el clima, los deportes o ese tipo de cosas sin sentido, están fuera de lugar. —Una pregunta… —Levanto mi cabeza prestándole toda mi atención—. Has dicho todo lo malo que tiene ese joven, pero si estás enamorada de él, algo bueno debe tener, ¿no? Mi boca se abre en una O silenciosa mientras me remuevo incómoda. No conozco a Elián, no sé qué tiene de bueno. —Sí —respondo alargando la “i” mientras mi cerebro busca motivos por los que puedo estar enamorada de alguien que no conozco—. Es sexy y besa bien, —El príncipe enarca una ceja y yo me reprendo mentalmente—. Y… es un buen hombre, muy cariñoso y divertido… sí, divertido, me hace reír mucho y es un buen hombre y… es guapo. —Cierro los ojos avergonzada. ¿En serio no sé cómo describir al supuesto amor de mi vida? ¿Dónde está todo lo que he aprendido de las novelas románticas? —Lo siento, es que es un poco incómodo hablar contigo de él. —Invento. —Sí, claro, por supuesto. Vuelve hacerse el silencio y esta vez es él quien luce nervioso. Pasa sus manos por su pantalón para luego volver a centrar su atención en mí. —Aún no puedo creer que hayas echo eso. —Bueno, ya somos dos —comento sin darme cuenta y él solo se ríe. Sí él supiera lo que esconden realmente esas palabras. —O sea, he visto al señor Díaz en fotos; es cierto que es guapo y que le dedica sus horas al gimnasio… yo también. ¿Buen tipo? Lo soy sin duda, aunque no me conozcas y, ¿buen besador?… Si hubieses esperado solo un poco, yo podría haberte enseñado qué tan bueno soy. Nos íbamos a conocer en quince días, Ximena. Uff, prefiero no pensar en que le habría gustado mostrarme qué tan bien besa. —Con todo respeto, alteza. ¿Esto no es mejor para usted? O sea, tener la oportunidad de conocer a una mujer que le guste de verdad… —Dejo la frase en el aire. —Es que tú me gustas de verdad, Ximena. Sus palabras me dejan fuera de juego por unos segundos pues… ¿Cómo respondo a eso? —¿Qué? No me conoces. —He tenido diez años conociendo todo sobre ti, me atrevería a decir que te conozco más que tú misma. No podía casarme con una persona que no conocía así que tuve que investigar, tengo fotos tuyas desde que tenías ocho años, no son muchas, pero es algo. —¿Cómo? ¿Quién? —pregunto alarmada. —Tranquila; la princesa Betania me las dio. Desde que su rostro se hizo público me puse en contacto con ella para que me ayudara. He escuchado maravillas de ti y me prometí que una vez que pudiéramos encontrarnos, iba a dejar que me conocieras para poder conquistarte. O sea, ¿cuántas posibilidades había de que tú conocieras a otro y te casaras con él a escondidas? ¿Yo le gusto? ¿Yo? Y a pesar de que ese hecho me deja anonadada, no puedo evitar decir: —Betania es mi hermana mayor, siempre habla cosas lindas de nosotras. No le puedes hacer caso ni a la mitad, ese es su papel como mi familia. —Eres graciosa —dice con una sonrisa para luego ponerse de pie—. Bueno, debo ir con nuestros padres antes de que esa conversación se salga de control. Ha sido un placer conocerte, princesa. Yo asiento con la cabeza y me incorporo mientras él se acomoda su saco. Estoy dispuesta a decirle adiós educadamente, pero él se acerca a mí sorprendiéndome y depositando un casto beso en mi mejilla, cerca de la comisura de mi boca haciendo que las mariposas endiabladas de mi interior, se alcen al vuelo. ¿Por qué no lo conocí antes?
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