7. Situaciones incómodas

4900 Palabras
Capítulo dedicado a Yareth M. Díaz Ximena: —¡Ey, tú, recién casada! ¿Cómo está tu resaca? —Me volteo ante la voz divertida de Nany y aunque no me gusta eso de recién casada, no puedo evitar sentir alivio al verla. Estoy a punto de entrar al Comedor de Gala y solo pensar en hacerlo sola, revuelve mi estómago de los nervios. Esta cena tiene señales de terminar en desastre por todos lados. No sé qué pensaban mis padres cuando accedieron a que el príncipe Skyle permaneciera en el palacio hasta mañana, aunque supongo que no tuvieron más remedio si querían arreglar algo en todo este desastre. Tengo entendido que el rey se marchó ofendido y que su hijo se quedó para evaluar los daños o algo así, nadie me quiere decir nada. Al parecer soy demasiado irresponsable como para inmiscuirme en asuntos importantes. Lo que no entiendo es cómo pretenden que me siente en esa mesa con mi “marido” y mi ex prometido tan cerca. ¿No podían matarme y ya? —No bromees por el amor de Dios. Ni siquiera he tenido tiempo de pensar en la resaca, he tenido un día muy intenso —le digo cuando llega a mí. —Me lo imagino. —¿Te han regañado mucho? —Me han prohibido salir de casa por el resto de mi vida. —Abro los ojos escandalizada—. Pero no te preocupes, soy la debilidad de mi padre. En unos días, cuando el enojo se le pase, le hago algunos pucheros y me deja libre de nuevo. ¿A ti como te fue? A parte de que seguirás casada, claro. —¿Quieres un castigo peor que ese? —Niega intentando no reír. —¿Y Reni? —La vi esta mañana, pero luego de mi plática con Skyle, no hemos coincidido de nuevo. —¿El principito? ¿Hablaste con él? ¿Está tan bueno como en las fotos? —Dios mío, ¿por qué todas las mujeres que me rodean solo piensan en eso? —Porque somos jóvenes y tenemos las hormonas revolucionadas, pero no me cambies el tema. ¿De qué hablaron? —Básicamente me ha dicho que le gusto, que es una lástima que no haya esperado un poco pues él estaba dispuesto a casarse conmigo y a enamorarme. Me ha dicho que besa bien. —La boca y los ojos de Nany se abren desorbitados y yo disfruto de cada segundo de su estupefacción. —Estás bromeando, ¿verdad? —No y lo peor es que está más bueno que en las fotos. —¿Más que Elián? —Me lo pienso y a pesar de que no me gusta la idea de estar casada con él, no puedo negar que ese hombre está como un tren. —No, Elián está mejor. —Alégrate, entonces. —Sí, bueno, supongo que el hecho de que sea un stripper compensa un poco la balanza. Nany se atraganta con su propia saliva y yo tengo que golpear su espalda intentando aguantar la risa, pero no es sencillo. —¿Qué has dicho? —Que Elián trabajó hace unos años como stripper. —j***r, Ximena, quiero estar en sus zapatos. Con razón se meneaba tan bien. Olvídate del príncipe, hiciste bien en casarte con él. A pesar de que esta situación es digna de llorar, no puedo evitar reír ante su entusiasmo. —Alteza, señorita Mendoza —llaman detrás de nosotras. Al voltearnos, Florencia nos observa con una sonrisa socarrona y yo me pregunto si ha escuchado nuestra conversación—. La cena la servirán pronto. Deberían entrar. Estoy a punto de decirle que necesito unos minutos más para prepararme, cuando a lo lejos veo acercarse a Elián con su pequeña en brazos y un chico tan alto como él a su lado. He escuchado que tiene un hermano menor así que supongo que se trata de él. —j***r, ¿dónde se metió el chico de barrio bajo que yo conocía? —murmura Nany a mi lado y sin deseos de encontrarme él, cruzo mi brazo con el de mi sobrina y emprendemos la marcha al Comedor de Gala. Atravesamos la puerta de cristal y el gigante salón de casi cuatrocientos metros cuadrados, nos saluda imponente junto a una mesa para cien comensales en forma de herradura. Está decorado con una rica mezcla de marfil y oro, alfombras rojo marrón, esculturas de mármol y retratos reales. Hay quince candelabros colgando del techo y aunque para mí es muy común, no puedo evitar reír ante las bocas abiertas de Elián y su familia. —¡Maldita sea, Ximena, qué bueno está el príncipe! —chilla Nany a mi lado y yo miro en su dirección. Skyle conversa con Betania como si se conocieran de toda la vida y supongo que es así ya que han estado en contacto desde hace años. Está más guapo que esta mañana si es que eso es posible con ese traje azul oscuro y su pelo medio revuelto, pero elegante. Como si supiera que hablamos de él, mira hacia nosotras y con una sonrisa, me guiña un ojo. No puedo evitar sonrojarme mientras Nany oprime mi brazo con fuerza. —Estás en un gran problema. —Nos sobresalta la voz de Reni—. El príncipe está muy bueno, pero Elián está mejor y hablando del rey de Roma, ahí viene. Levanto mi cabeza justo a tiempo para ver a Elián y sus dos acompañantes, acercarse a nosotras. ¿Qué está haciendo? Quiero huir, pero saber que eso se vería realmente sospechoso y que el príncipe está al otro lado de la habitación, me detiene. —Hola princesita —saluda el chico a su lado con una sonrisa mirando a mi hermana y esta resopla. Epa, ¿aquí qué pasa? —Alteza. —Continúa, mirándome a mí. —¿En serio? —pregunta Reni enojada y él solo sonríe. Tomo nota mental para averiguar qué rayos sucede entre este chico y mi hermana. —Mi nombre es Lucien, soy el hermano de este idiota. —El chico tiene una sonrisa bonita y yo no puedo evitar sonreír ante su desparpajo y la cara de mala leche de su hermano. —Un placer, soy Ximena, esta es mi hermana Karen, aunque algo me dice que se conocen y ella es Joskani, nuestra sobrina. Si le asombra o no ese hecho, no lo demuestra. —Tiene una casa muy bonita —comenta mirando su alrededor—. Demasiado grande, pero muy bonita. —Gracias —respondo intentando evitar la mirada escrutadora de Elián —¿Es tu hija? —pregunta Nany y el chico en cuestión asiente. Mi sobrina se acerca a ellos y la niña entierra el rostro en el cuello de su padre mientras se abraza a él. —Hola, hermosa. Soy Joskani, pero puedes llamarme Nany. ¿Cómo te llamas tú? —La niña murmura algo inteligible para nuestros oídos. —Oye, pequeñaja, ¿desde cuándo eres tan tímida? —pregunta Elián con una ternura en su voz que me sorprende mientras acaricia el cabello de su hija. Ella levanta su cabecita y se pasa la mano por sus ojos con timidez. Sus ojitos hermosos, verdes, igualitos a los de su padre, me miran por un segundo para luego volver a enterrar su rostro en el cuello de su padre. ¿Qué fue eso? —Creo que deberías hablarle —murmura Reni a mi lado. —¿Yo? —pregunto en el mismo tono—. ¿Por qué? —Porque te has casado con su padre, Xime, la nena debe tener curiosidad. —¿Y qué sabes tú? —¿Yo? Nada, solo supongo. Con seis años ya no se es tan niña, ella entiende cosas. O al menos eso creo. —No le pienso decir nada. —No actúes como una niña. Asombrada, miro a mi hermana quien se encoge de hombros como si nada. Hasta ahora hemos estado murmurando para que nadie nos escuche por lo que no nos damos cuenta de que Nany ha logrado captar la atención de la niña, hasta que volvemos a centrar nuestras miradas en ellos. —Tú eres una niña —le reclamo. —Y tú también, pero a diferencia de mí, estás casada y ese hombre te hizo mujer, así que tienes que hacerte responsable. Esa niña es su hija, por tanto, será tuya también. No necesito un espejo para saber que todo el color se ha evaporado de mi rostro. Odio a Reni, de verdad que la odio. Observo a la niña que le dice algo en el oído a su padre y este me mira a mí… Eso no me gusta, mucho menos cuando Elián se acerca a nosotras. Me yergo en el lugar y puedo notar también la tensión en sus hombros. —Alteza. —Hace una leve inclinación con su cabeza y yo lo imito sin ser capaz de emitir sonido alguno—. Le presento a mi hija Paola, aunque todos le decimos Pao. La niña, abrazada a su padre, levanta su manita como saludo y en cualquier otro momento me parecería tierna, pero justo ahora solo puedo pensar en que esa mocosa será como mi hija. Solo tengo dieciocho, casi diecinueve años, no puedo tener hija. Elián me mira con mala cara por no devolver el saludo, pero entiéndanme, estoy petrificada. —Pao, ella es Ximena, mi… mi… —La niña lo observa a la espera y por el rabillo del ojo veo a su hermano intentando no reír—. Esposa —dice al fin y tal parece que acaban de empujar esa palabra fuera de su boca con un palo. —Eres bonita —dice la niña para volver a esconder su rostro en su padre y al ver que no contesto nada, Nany me golpea las costillas. Aprieto los dientes para evitar doblarme del dolor pues la condenada golpea duro. —Gracias —balbuceo—. Tú también. La niña, incapaz de percibir mi incomodidad, me mira con una sonrisa. —¿Podré llamarte mamá? —pregunta de repente. Los ojos de Elián se abren sorprendidos, supongo que los míos están igual o peor y, mientras Pao me observa expectante por mi respuesta, yo aprieto mis manos a mis costados para evitar decir lo que anda rondando mi cabeza: yo no soy tu madre. Por suerte, alguien llega al grupo impidiendo que tenga que contestar semejante pregunta, pero cuando mis ojos se conectan con los del príncipe Skyle, siento que voy a morir. ¿Puede esto volverse más incómodo? —Buenas noches. —Hace una reverencia y todos lo imitamos. —Hola, soy Joskani —se presenta mi sobrina demasiado entusiasmada, pero no la culpo, el condenado es guapo. —Y yo Reni, digo, Karen. —He escuchado mucho de usted, alteza, bueno, de las dos. —Su sonrisa de dentífrico tiene embobadas a las chicas y si no estuviera demasiado incómoda, estoy segura de que yo también estaría babeando. —Así que usted es Elián Díaz —comenta volteándose al aludido quien con los hombros rebosantes de tensión, hace una leve inclinación—. Tenía razón, alteza, creo que se puede decir que es guapo y sexy; no soy mujer, pero conozco sus gustos. Mis ojos se abren desorbitados y mis mejillas se tiñen de rojo, estoy convencida de que debo parecer un tomate. Elián arquea una ceja en mi dirección y yo solo puedo desear que la tierra me trague. Maldito príncipe. —Aun así, sigo pensando que pudo haber esperado un poco por mí. —Me observa sonriendo para luego centrar su atención nuevamente en Elián mientras yo rezo para no morir de un infarto. Aunque pensándolo bien, esa sería buena idea—. Me presento, soy Skyle Daviinson Cotal, príncipe de Malinche y ex prometido de la princesa Ximena. Oh, Dios, ¿era realmente necesaria esa última parte? —Un placer, alteza. Yo soy Elián Díaz Carvajal, actual esposo de la princesa Ximena, pero eso usted ya lo sabe. —Es un hombre con suerte, señor Díaz, es lo único que sé. ¿Debo suponer que la tensión entre ustedes se debe a que la princesa no le dijo quién era en realidad? Suspiro, supongo que mi padre ya le hizo esa caótica historia en la que decidí fugarme con mi amado y contraer matrimonio con él, pero sin decirle quién era en realidad por temor a que se arrepintiera. Ninguno de los dos contestamos, yo porque estoy demasiado nerviosa y en cuanto a él, no sé si está al corriente de nuestra supuesta historia de amor. —Sí, algo así —responde Reni por nosotros—. Están… eh… un poco bravos, pero no se preocupe, no es nada que no puedan resolver en el dormitorio esta noche. —¡Reni! —chillo al escuchar sus palabras. —¿Qué? Es la verdad —responde encogiéndose de hombros. ¿La verdad? La voy a matar, esa es la pura verdad. —Papi, ¿qué vas a hacer con mi nueva mamá en el dormitorio? Los ojos de Elián se abren escandalizados y mira a su alrededor buscando ayuda, pero cuando su mirada se posa en mí, solo quiero decirle que siga de largo porque en mí no encontrará respuestas. —¡El rey y la reina! —gritan detrás de nosotros y yo suspiro aliviada ante la interrupción por segunda vez en la noche. Mis padres entran al salón, tan imponentes como siempre, logrando el silencio de todos los presentes y mientras están entretenidos, yo me llevo a Nany y a Reni lejos de la conversación más incómoda en la historia de las conversaciones incómodas. Cuando mis padres toman asiento en la curva de la herradura que forma la mesa, el resto le seguimos y es gracioso ver cómo el príncipe, Elián y su familia se quedan mirando a la espera de qué lugar deben tomar. Cada una de mis hermanas se acomoda en su puesto y a su lado, sus esposos, los niños tienen una mesa aparte para que no interrumpan las conversaciones de adultos y Nany, por ser ya mayor, es la última de la fila, frente a ella sientan a Lucien. Para mi desgracia, han dejado un puesto vacío a mi lado y otro frente a mí, no hay que ser adivino para saber cuál le toca a cada uno. Taiga, la hija del mayordomo y uno de los mayores incordios en este lugar, guía a Elián a mi lado y el príncipe se posiciona frente a mí. Esta cena va a ser larga. Durante las primeros diez minutos intento mantener la cabeza gacha para no mirar a nadie pues, hay que entenderme, si miro al frente me encuentro con el príncipe, a mi izquierda con Elián y a mi derecha con mi padre que no deja de lanzarme miradas desilusionadas. Pero desgraciadamente, no mantener contacto visual durante una cena es considerado mala educación así que me obligo a enfrentarme con las consecuencias de mis actos. Mi padre llama nuestra atención dando varios golpes sobre su copa. He estado tan ensimismada que no me he dado cuenta de cuando las llenaron así que, aprovechando que nadie me presta atención, bebo todo el vino de un trago. —¿Aún tienes deseos de beber? ¿Después de lo de anoche? —pregunta en voz baja Elián y yo me contengo para no mirarlo de mala manera. —Cállate —respondo. —Buenas noches —saluda mi padre—. Esta es una cena bastante atípica y si soy honesto a mis principios, el motivo no es el que me hubiese gustado. Siempre pensé que el día en el que el príncipe Skyle Daviinson cenara con nosotros, sería luego de haber formalizado su compromiso con la princesa Ximena. Le pido disculpas nuevamente, Skyle. Mi padre inclina suavemente su cabeza ante el príncipe sin importarle lo mal que puedan sentarle sus palabras al hombre a mi lado y Skyle le devuelve el gesto, pero no dice nada, solo me mira y su rictus serio, más la intensidad de su mirada, hace que me revuelva incómoda en el asiento. —Nuestros planes han cambiado y como dice mi esposa, en las cosas del corazón no se puede mandar. Como todos saben, la noche anterior, Ximena se fugó del palacio para contraer matrimonio con el joven Elián Díaz. Elián se remueve incómodo a mi lado y si no fuera por la tensión y lo avergonzada que me siento, podría encontrarlo divertido. Me pregunto si esta conversación fuera igual si el príncipe no estuviese aquí. Estoy convencida de que no, si estuviésemos solos, el regaño y los reproches estarían lloviendo. —Fue una irresponsabilidad por parte de Ximena, pero lo hecho, hecho está, por eso, esta noche quiero darle la bienvenida a Elián a nuestra familia. Mi padre levanta su copa y nosotros lo seguimos. La mía vuelve a estar llena y por un momento temo que los temblores de mi mano, terminen haciendo un estropicio en la mesa. —Porque este matrimonio sea duradero y por los nietos que están por venir. Todos mueven su copa en el aire mientras brindan por nosotros... todos menos Elián y yo... él porque se ha atragantado con su propia saliva ante la sorpresa y yo porque he dejado caer la copa en la mesa. Mary A, creo que es como le dicen la chica que se acerca a arreglar el estrago que he armado mientras, con las mejillas calientes, me dedico a pedir disculpas por mi torpeza. Pero j***r, no me pueden culpar, eso no se dice en un brindis. Miro a mi alrededor. Todos permanecen serios, salvo Nany que se está mordiendo el labio intentando no reír, Reni, inclina la cabeza pero los espasmos de su cuerpo la delatan, Lucien ríe sin saber que es de mala educación y Anaileth se esconde tras su pelo. Sin embargo, lo realmente desconcertante es que el príncipe no se corta ni un pelo a la hora de soltar una carcajada. —Dios, eres una ternura —murmura y si mis mejillas estaban calientes, ahora están hirviendo. ¿Es que todo el mundo se ha propuesto hoy ponerme en situaciones incómodas? Dos toques en mi brazo me hacen voltearme a mi derecha y en serio, Dios tiene algo en mi contra... La hija de Elián me observa cohibida con los brazos tras su espalda por varios segundos mientras mi corazón se acelera a la espera de lo que va a hacer. Inconscientemente, agarro la mano de mi acompañante debajo de la mesa y la aprieto con fuerza en un vano intento de hacer que me salve. —Te has ensuciado el vestido —murmura tan bajito que si no fuera porque saca una servilleta de su espalda y me lo pasa por el pecho, pensaría que me lo he imaginado. Sin saber qué hacer, me limito a observarla mientras con mucho cuidado limpia la parte superior de mi vestido. —Es un vestido muy bonito, el más bonito de todos... Eres muy bonita, princesa. —Termina de limpiarme y me sonríe—. Tal vez por eso mi papá se casó contigo. Y sin darme tiempo a reaccionar, deposita un dulce beso en mi mejilla para luego marcharse corriendo hacia la mesa donde todos mis sobrinos la esperan. ¿Qué ha sido eso? Incrédula todavía, me enderezo en la silla. Me ha dicho que soy bonita y me ha dado un besito... ¿Por qué tiene que ser tan tierna? Aún siento el calor de sus pequeños labios en mi mejilla, se veía nerviosa, yo estaba nerviosa. Creo que tendré un gran problema si esa niña empieza a veme como su mamá. Un ligero apretón en mi mano me devuelve a la realidad. Miro hacia mi izquierda y me encuentro con el rostro sonriente de Elián y no puedo evitar pensar en lo jodidamente bueno que está y lo bien que se ve cuando sonríe. Por primera vez en todo el día, se ve como el monumento que conocí anoche. Bajo mi mirada hacia la sujeción de nuestras manos y lo suelto de inmediato. Por suerte, el resto de la cena transcurre tranquila. No más situaciones incómodas, no más conversaciones sobre matrimonio y mucho menos una niña bonita a mi alrededor. Cuando por fin logro escaparme del Salón de Gala, me dirijo hacia mi habitación evitando encontrarme con algún m*****o de mi familia. Estoy agotada, me duele la cabeza como nunca y solo quiero caer en la cama y si es posible, no despertar jamás. Pero como he dicho, al parecer Dios tiene algo en mi contra porque al llegar a mi dormitorio e ir al armario para sacar mi bata de dormir, me encuentro con una imagen que amenaza con sacarme el corazón. Camisas, pantalones, zapatos, chaquetas, corbatas y calzoncillos, todo completamente nuevo, están perfectamente acomodados junto a mi ropa. Esto no puede estar pasando... no puede ser lo que estoy pensando. Dos toques en la puerta me sobresaltan. —Princesa, ¿puedo pasar? —Es la voz de Florencia y con el genio, el cansancio y la frustración haciendo estragos con mi autocontrol, corro hacia la puerta y la abro con más fuerza de la necesaria. Pongo mis manos en mi cintura mientras la observo con lo que espero yo, sea mi cara más intimidante. —¿Qué hace toda esa ropa de hombre en mi armario? —Es el vestuario que la reina ha dispuesto para el señor Díaz, alteza. —Eso supuse, pero mi pregunta es, ¿qué hace junto a mis cosas? —La reina ordenó que la pusieran ahí —contesta incómoda. —¡Es mi habitación, Florencia! —Y la de él, alteza. ¿Qué? Mis ojos se abren sorprendidos y mi corazón sube a mi garganta. He escuchado mal... tiene que ser eso... es imposible, totalmente imposible que haya dicho que tengo que compartir habitación con ese hombre. —¿Puedo pasar? —Sin responder, le permito el paso—. Princesa, era de imaginarse que esto sucedería. Este matrimonio se mantendrá, es normal que compartan habitación y solo para que se vaya preparando, estoy convencida de que su padre no tardará en exigirle descendientes. —Ni de coña... —Palabras, alteza. —Que ni se lo piense, Flor... Ya no seré reina, no tengo por qué tener descendientes. Eso que se lo deje a mis hermanas, no pienso acostarme con un hombre que no conozco. —Con todo respeto, alteza... Ya lo hizo. —¡Pero no me acuerdo! —grito indignada. —¿Le soy honesta? —Asiento con la cabeza—. Eso es una mierda... esa tuvo que haber sido la mejor parte de la noche. Quiero mandarla a freír espárragos, pero no puedo evitar reír. Tiene razón, olvidé lo mejor. Florencia es nuestra institutriz, una de las mujeres más rectas que he conocido, al punto de que a veces no la soporto, pero es buena aligerando el ambiente, tiene una gran facilidad para hacernos reír y fuera del salón de clase, por lo general no es tan mala. Tal vez por eso, a veces la vemos como a una amiga. —Le daré un consejo, princesa... Entre más rápido acepte esta situación, más sencillo le será. Está casada con Elián, eso no va a cambiar, ahora asuma ese hecho con responsabilidad y aproveche que el hombre está como Dios quiere —dice eso último con una sonrisa—. Intente llevarse bien con él y así la vida de los dos será más fácil. Un suspiro frustrado sale de mí al mismo tiempo que la puerta se abre. Elián alterna la mirada entre nosotras, confundido. —Disculpen, creo que me he confundido de cuarto. —Está en el lugar correcto, señor Díaz. Esta será su habitación, la suya y la de la princesa. Sus ojos se abren desorbitados y dispuesta a no escuchar cómo Florencia le explica y arriesgarme a que él vuelva a catalogarme de niña, cojo mi ropa de dormir y entro al baño. Una vez despojada de tanta tela, joyas y maquillaje, me pongo un short azul claro de seda, a medio muslo y una blusa del mismo color, tipo camiseta. Maldita sea, no es que lo quiera seducir, pero no podía ser un poquito más sexy, vaya, con que no me hiciera parecer una niña me conformo. Mis senos no son tan grandes, pero no están mal y ahora me arrepiento por no haber cogido un sostén. ¿Cómo voy a salir así ante ese hombre? «Ya te vio desnuda», dice una voz en el fondo de mi cabeza. «Además, te ve como una cría, dudo mucho que te mire las tetas». Resoplo ante ese inútil y degradante pensamiento, pero desgraciadamente, tiene razón... espera... desgraciadamente no… por fortuna. Luego de tomar varias respiraciones, abro la puerta y entro a mi habitación. Elián está sentado en el borde de la cama; ya no lleva la chaquete ni la corbata, tiene abiertos los dos primeros botones de su camisa blanca y las mangas enrolladas hacia arriba dejando a la vista sus tatuajes. Levanta la mirada al sentirme y sus ojos se pasean por mi cuerpo, pero no me da tiempo a incomodarme pues enseguida los aparta. Sin saber qué decir, camino hacia el lado derecho de la cama y me siento en él, metiendo mis piernas bajo el cobertor. Por su parte, se levanta, coge lo que supongo yo es su ropa de dormir y entra al baño. Minutos después vuelve a salir. Y santa mierda, ¡qué bueno está! Al diablo el principito, este tío es un Dios, un refrescante visual, un monumento... debe tener a todas las mujeres rendidas a sus pies. Lleva una pantaloneta azul con listas blancas y una camiseta del mismo color casi transparente que deja ver bien claro su cuerpazo más esos brazotes cubiertos por tatuajes en su totalidad, algunos recorren parte de su pecho hasta el cuello. Estoy convencida de que en la espalda también tiene. —Dejaste tu vestido tirado en el suelo —comenta sacándome de mi aturdimiento y yo solo asiento con la cabeza en respuesta. —No... —Me aclaro la garganta—. No te preocupes por eso, mañana lo recogerán. —¿Por qué no lo haces tú? —¿Por qué haría algo que es trabajo de otra persona? —contesto como si fuera lo más obvio del mundo. Va a decir algo, pero en su lugar resopla y vuelve a entrar al baño. Cuando sale, lleva mi vestido en una mano y mis tacones en la otra; estos últimos los acomoda en una esquina en el armario y el vestido lo coloca sobre el espaldar del sofá de tres plaza cerca del ventanal. —Oh, no lo pongas ahí, te será incómodo para dormir. —¿Qué te hace pensar que voy a dormir en el sofá? —¿Que no lo harás en mi cama? —Escucha, he tenido el día más largo, agotador, extraño e insoportable de mi vida, sumándole a eso una resaca del demonio. Créeme cuando te digo que no voy a dormir incómodo en ese lugar. Si no quieres compartir la cama, el sofá estará encantado de arroparte. Mi boca se abre sorprendida ante sus palabras. —¿Pero quién te crees que eres? —Creo que tu marido, por tanto, un lado de esa cama gigante, es mío. —El desprecio ante la palabra marido es más que evidente y no sé si eso me hace sentir bien o mal. O sea, una cosa es que le parezca una situación horrible por estar casado sin amor, algo que, como es obvio, ninguno de los dos deseábamos, pero otra cosa es que le desagrade la idea porque sea yo quien se haya convertido en su esposa, o sea, una niña. Eso me recuerda el deprecio y la decepción en su voz esta mañana cuando se dio cuenta de que yo no era... ¿cómo dijo que se llamaba la mujer? Ahg, no lo recuerdo. ¿A quién se refería? ¿A la madre de su hija? ¿Una novia? Ay, jodida mierda, ¿le he quitado el marido o novio a alguien? Esto cada vez se pone peor. Al ver que no digo nada más, se acerca a la cama, retira el edredón y se acomoda con un brazo cubriendo sus ojos y el otro descansando sobre su pecho. Nos mantenemos en silencio por unos minutos, él sin mover un músculo, yo mirando hacia todos lados para que mis ojos traicioneros no se posen en ese cuerpazo. —Me incomodas, ¿por qué no te acuestas y te duermes? Tu día ha sido tan largo como el mío. —Oh, sí, claro. —Vuelvo a aclararme la garganta—. Por cierto, creo que debemos establecer algunos límites. La mitad de la cama es tuya, la otra es mía. No te puedes cruzar ni un centímetro para mi lado, no me puedes tocar ni un cabello y... —Ximena... —Me interrumpe—. Anoche fue la primera y la última vez en esta vida que te tocaré. Así que llevemos la fiesta en paz, duérmete. Y sin más me da la espalda.
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