He llorado como cualquier mujer abandonada, como cualquier persona que le han destrozado el corazón. Mis noches las he pasado en vela, llorando, añorando que el móvil suene, que la puerta se abra, que Sebastián ingrese y me pida perdón, me suplique que lo reciba de regreso. El dolor punzante en mi pecho parece no tener fin, como si un cuchillo invisible se clavara una y otra vez en mi corazón. Cada latido es un recordatorio cruel de su ausencia, de la traición que ha dejado un vacío inmenso en mi vida. Las lágrimas fluyen sin control, empapando mi almohada noche tras noche, mientras mi mente reproduce incesantemente los momentos felices que compartimos, ahora teñidos de amargura y desilusión. El silencio ensordecedor de mi apartamento solo amplifica el eco de mis sollozos, recordándome con

