Sebastián había pasado tres largos meses en altamar, navegando por aguas desconocidas y enfrentando los desafíos que solo el océano y la vida que llevaba podían ofrecerle. Durante ese tiempo, había estado completamente desconectado del mundo exterior. Ahora, finalmente de regreso en tierra firme, sentía ansiedad mientras encendía su teléfono móvil. Apenas lo encendió, una avalancha de notificaciones inundó el dispositivo. Cientos de mensajes, llamadas perdidas y correos electrónicos, la mayoría de su madre y su hermana llenaban la pantalla. No leyó ninguno de los mensajes. Se dirigió primero a su departamento. Necesitaba asearse y cambiarse de ropa antes de presentarse ante su familia. Además, tenía que asegurarse de que sus movimientos fueran borrados, como siempre lo hacía. En algún l

