2.

776 Palabras
Gregory era su exnovio, su relación no había funcionado, pensó que eran el uno para el otro, pero se había equivocado, lo conocía de la infancia, sus padres vivían cerca de su casa, y por coincidencia la universidad en la que estudiaba y su trabajo estaba en el centro de la ciudad. Así que lo veía en todos los lados.   Para empeorar la situación, él era el mejor amigo de su hermano, así que pasaba casi todo el tiempo libre en su casa, o en algún lugar con Alex. Ella abrió la puerta de su apartamento, estaba realmente cansada, y no le importaba si tenía que dormir con él, solo quería dormir.   Él entró a su apartamento a paso lento. Tenía que reconocer que era bastante atractivo, rubio con ojos color miel, era alto, más que ella, y eso era mucho decir, ya que siempre de niña se burlaban de ella y le habían puesto el apodo de Jirafa por su altura. Gregory era el chico más dulce que había podido conocer, y ese era exactamente lo que la había llevado a terminar la relación. Él quería casarse, tener niños y que vivieran cerca de ambos padres, tenía el anhelo de que ella se quedara en casa a atender los niños mientras él trabajaba, pero ella no podía hacer eso. No podía ni siquiera imaginar tener hijos, tenía que trabajar para poder pagar los tratamientos médicos de su madre y odiaba depender económicamente de alguien. Sus intenciones eran buenas, debía de reconocerlo, pero esa no era la vida que ella quería.   Él se quedó observándola fijamente, al principio ella no supo a qué se debía, hasta que recordó que solo llevaba puesto bragas y una camiseta sin sostén. — ¿Tienes hambre? —Preguntó alejándose de él.   Gregory negó. — Tengo que ir a la universidad temprano en la mañana, solo quiero dormir.   Grace asintió, lo tomó de la mano y lo llevó hasta su habitación. —Vamos a dormir —dijo metiéndose en la cama.    Luego de unos segundos, sintió como él se acomodaba detrás de ella y la abrasaba, él besó su hombro y la pegó contra su pecho. —Buenas noches, mi amor —le susurró, haciendo que su piel se erizara. ¿Por qué lo había dejado entrar en su cama?  Las cosas entre ellos no se pusieron incomodas al otro día, a decir verdad, amaba eso de ellos, sin importar lo que pasara, seguían siendo los mejores amigos y podían contar el uno con el otro. Grace le preparó el desayuno y ambos comieron en silencio. De camino al trabajo, ella se dedicó a mirar por la ventana. —Alex me contó que empezaste a trabar en el edificio corporativo Bonet. ¿Te gusta el trabajo? Ella asintió. —Es estresante, pero puedo manejarlo. Gregory aparcó frente al edificio y antes de que ella pudiera predecir su movimiento, le dio un beso en los labios. —Cuídate, Grace.   Ella solo pudo asentir, mientras bajaba prácticamente corriendo del auto. No quería traspasar nuevamente la línea con él, pero entonces veía sus lindos ojos color miel y algo dentro de ella se revolvía.   Había mucha actividad en la recepción, y no evitó preguntar a sus compañeras de trabajo lo que estaba pasando. —Este fin de semana es el aniversario de la compañía y también el cumpleaños de Ángel Bonet y su madre se está encargando de hacer una celebración con todos los empleados en el último piso del edificio —dijo la chica, bebiendo de su taza de café. Cuando el día de la celebración llegó, ella se visitó con un lindo vestido blanco y unos tacones negros, vio cómo varias personalidades públicas entraban al edificio. Entró al baño y se encontró con su amiga Liliana. —Me gusta tu vestido —le dijo con una sonrisa.   Grace sonrió mientras se miraba al espejo, no era fan del maquillaje, pero todas las demás estaban arregladas, así que pintó su boca de rojo y aplicó delineador en sus ojos.    Liliana la acompañó hasta el último piso, en donde había un gran salón, lleno de personas y muchos mozos, ella tomó una copa de champagne y caminó hacia la multitud. Vio cómo una señora mayor tomaba el micrófono para hablar, pero eso no fue lo que llamó su atención.   Su mirada fue directamente al hombre que estaba a su lado. Alto, de pelo n***o y sus ojos, Dios, sus ojos eran de un verde oscuro, eso hacía que su mirada fuera cautivadora y algo intimidante. —Él es Ángel Bonet —dijo Liliana a su lado—. El dueño de todo esto. 
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