POV DE PRIETO.
Con un dolor intenso en mi entrepierna, me quedo observándola alejarse. Ni siquiera hay indignación o enojo dentro de mí, por su atrevimiento de golpearme de esta forma Y es que esa mujer, me sorprende, me deja en trance con cada actuar.
No es el tipo de mujer que siempre me encontré en este país. Ella es tan distinta, tan diferente a todas las sumisas que hay en mi familia materna. En serio que estoy cautivado por Leyla Yilmaz, quien cada día me sorprende más.
Que no esté enojado por su imprudencia no significa que se la dejaré pasar. Apenas me repongo voy hacia donde está. Entro a la habitación tomándola por sorpresa. Está con solo las partes interiores que cubren su pelvis.
Ella se queda inmóvil, solo observándome mientras cubre sus senos con sus manos y me acerco.
No detengo la mirada en su cuerpo, me bastó verla con esa ropa para saber el esplendoroso cuerpo que tiene. Al pararme delante, le atrapo el cuello, no usando la fuerza desmedida que acostumbro a usar con mis oponentes.
La acerco a mi rostro y hablo entre dientes.
—¿Quién dijo que podías golpearme sin pagar por ello? —No hay rencor ni un atisbo de enojo en mis palabras, solo deseo, un deseo intenso que no puedo controlar.
Poso mi otra mano en su grandioso trasero, porque lo tiene grande y firme. Le apego más a mi cuerpo y susurro lleno de lujuria cerca de su boca.
—Voy a hacerte pagar por tu atrevimiento, bella sultana.
Antes de que replique estrello mis labios en los suyos. Ella no se niega a recibir mi lengua, me abre la boca para que le invada la garganta y profundice el beso.
Abajo mi entrepierna está que arde, crece y lucha contra mis vaqueros.
Cuando ella gime le apego más a mi cuerpo para que siente lo duro que se me ha puesto. Suelta un gemido más fuerte mientras masajeo su trasero, y se aferra más a mi cuerpo.
Ya no razono, ya no tengo voluntad para retirarme de esta mujer. La quiero follar, deseo hundirme en ella hasta que grite que pare. Sé que ella también lo desea, siento que lo quiere, por lo tanto, no voy a preguntar si quiere, o si está segura, le daré lo que tanto desea como yo.
No acostumbro a preguntar, a redondear está situación. Yo les beso o ellas me besan, y después de eso pierdo el control de mis facultades y las follo hasta zacearme.
Me importa si se arrepiente a mitad del camino, o si súplica que pare. No me detendré, no pienso detenerme cuando ya estoy tan excitado.
Levanto los brazos para que mi camisa salga de mi cuerpo. Nos quedamos desnudos. Piel con piel se enciende más mi cuerpo.
Suelto sus labios y bajó besando su cuello que sabe a sal. Estamos sudados por el entrenamiento de minutos atrás. El sudor hace que nuestros cuerpos se apaguen de una manera tan excitante.
Le sostengo de la espalda. Ella está arqueada mientras yo bajo mordisqueando su cuello y pecho. De pronto le suelto, cae a la cama, sin preámbulo empiezo a recorrer sus muslos. Envuelvo mis dedos en su hilo, tiro de este, dejándola expuesta para mí.
Ella se cubre los senos con un brazo, y con la otra intenta cubrirse la parte íntima, pero soy tan ágil que no le doy tiempo a retractarse.
Le abro las piernas y me posesiono entre ellas. Ella suelta un gemido cuando agarro sus manos y las coloco sobre la cabeza. La siento temblar, la siento morir bajo de mi cuerpo.
¿Será virgen? Las mujeres como ella no suelen intimar antes de casarse. Pero también es de saber, que no suelen dejarse tocar de la forma que ella se ha dejado tocar. Pueda que ya haya pasado por las manos de ese tipo, pero no me importa, le follaré porque de mí no escapará. Sea virgen o no, no tendré compasión.
Me prendo de su teta, tan salada y delicada. Ella respira grueso y se remueve debajo, se arquea ante mis seccionadas.
Mientras succiono libero mi pene, que está caliente, grueso y firme, listo para empotrarla. También saco el condón, lo llevo a mi boca, rompo la funda y me forro la v***a.
—Espera —coloca su mano sobre mi pelvis cuando coloco mi pene en su entrada.
—¿Esperar qué? —Afirmo mis manos con las de ella dejando recargado mi cuerpo, abro más mis piernas logrando abrir más las de ella, y encajar a la perfección, para seguido empujarme con toda la fuerza que poseeo.
—¡Ah! —suelta un grito, su rostro se acartona e intenta cerrar las piernas.
Estrecha, húmeda, exquisita, así está mi sultana, y eso me vuelve loco. Ella es mía, y haré que su primera vez, sea tan horrible como grandiosa.
Vuelvo a empujar hasta entrar al fondo. Ella chilla, respira hondo, e inmediatamente me como su boca.
Ya dentro de ella, empujo, salgo, vuelvo a empujar logrando sacudir nuestros cuerpos de una manera sincronizada. El sudor de nuestros cuerpos produce un sonido excitante y hace que resbalemos sabrosamente.
Suelto sus brazos, meto los míos por debajo de su cadera, la aprieto más contra mí y la embisto sin pudor.
Ella se aferra a mí, sus uñas se clavan en mi espalda mientras le doy y le doy hasta regarme. Gruño al empujar una última vez, y me quedo quieto sintiendo el latir de mi pene.
POV DE LEYLA.
Si hubiera querido detener aquel momento tan intenso entre nosotros, lo habría hecho sin dudar, pero la verdad es que yo quería, anhelaba profundamente que ese hombre misterioso me tocara con toda la fuerza e intensidad que transmitía. A pesar de saber que estaba jugando con fuego, que acababa de entregarme impulsivamente a un completo desconocido que no era el hombre con quien me case, resultaba imposible resistirme a su magnetismo natural. Con tan solo una mirada penetrante, su voz grave y profunda y su toque firme, este individuo despertaba en mí sensaciones indescriptibles. Intentar resistirme a lo inevitable era como envenenarme lentamente a mí misma, cuando todo mi ser ansiaba sentir su peso sobre mi cuerpo.
Al observar sus movimientos mientras se preparaba forrando su grandioso m*****o, quise arrepentirme por un instante fugaz, pero cuando percibí su cercanía, toda voluntad se desvaneció como la niebla en la mañana, especialmente al sentir su aproximación afirmándose en mi núcleo.
Si soy completamente honesta conmigo misma, no era de esta manera tan imprevista y espontánea como había imaginado perder mi virginidad, mucho menos con la persona que protagonizaba estos momentos. Fue doloroso, la intensidad provocó sensaciones terribles, tanto que algunas lágrimas silenciosas rodaron por mis mejillas mientras estaba en el acto, pero conforme pasaban los minutos, el placer fue transformando cada instante en una experiencia inigualable que me hacía expresar mi éxtasis sin reservas.
Me tenía sobre él, remeciéndome con fuerza incontrolable. En esta posición tan íntima sobre él, cada movimiento ondulante me hace vibrar como si estuviera en medio de un terremoto emocional, provocando oleadas interminables de sensaciones que inundan todo mi ser en cada instante que transcurre entre nosotros.
Jamás en toda mi vida había imaginado que una experiencia así pudiera ser tan cautivadora y emocionante como lo estoy experimentando en este preciso momento. Sin lugar a dudas, esta vivencia supera cualquier expectativa que pudiera haber soñado.
Después de alcanzar el clímax de nuestro encuentro, él se incorpora con naturalidad y se dirige tranquilamente hacia la ducha del dormitorio. Desde mi posición, contemplo absorta cómo las gotas cristalinas del agua resbalan suavemente por su figura imponente, admirando sus espaldas prominentes y bien definidas, sus piernas atléticas que revelan años de ejercicio constante, y esos brazos poderosos dotados de una masa muscular considerable que habla de dedicación y disciplina.
Durante varios segundos que parecen eternos, me dedico a observar detalladamente cada aspecto de su presencia, antes de sumergirme en el océano de mis pensamientos más íntimos. Sorprendentemente, no existe ni el más mínimo rastro de remordimiento en mi consciencia, ningún vestigio de culpa, porque en el fondo sé que en esta vida cada acción tiene su consecuencia, y la traición siempre se paga con la misma moneda.
Kiran me traicionó con mi mejor amiga, él me humilló en público. Ahora yo lo traicionó en cuerpo y alma con alguien más, alguien que se dice ser el enemigo. Dulce venganza, querido esposo.
RELATO DE AUTOR.
Kiran Burguen permanecía rígidamente sentado frente a su padre en el amplio despacho familiar, su mandíbula tan tensa que podían escucharse sus dientes rechinar mientras procesaba las duras palabras de su progenitor.
—Eres el esposo legítimo según nuestras tradiciones y las leyes de la isla, no importa si ella murió, escapó o qué destino siguió su vida en estos momentos. El hecho es que ella abandonó la isla por voluntad propia, por lo tanto, tú eres el heredero legítimo del Clan Yilmaz y todas sus posesiones. Es lo que durante generaciones hemos perseguido, ya lo tenemos en nuestras manos, ahora regresa a tus responsabilidades como líder y deja de perder tiempo y recursos valiosos buscando a esa mujer que decidió marcharse.
—Es mi esposa ante los ojos de Dios y los hombres —sus dientes se apretaron con tal fuerza que sintió dolor en las sienes, mientras miraba a su padre con profunda indignación y desaprobación—. No puedo simplemente abandonarla a su suerte en un mundo lleno de peligros, existe la posibilidad de que haya caído en manos de nuestros enemigos más despiadados.
—¿Y qué relevancia tiene eso para nuestros intereses familiares? Si deciden eliminarla nos harían un favor, ¿acaso no comprendes la situación en su totalidad? —el hombre mayor se inclinó hacia adelante en su sillón de cuero, clavando una mirada penetrante en su heredero— ¿Es que significa tanto para ti como para estar dispuesto a abandonar todo el imperio y la influencia por los que generaciones de nuestra familia han trabajado? —Kiran evitaba el contacto visual con su padre, manteniendo su mirada fija en los intrincados patrones de la alfombra— ¡Exijo una respuesta inmediata! ¿Cometiste la imprudencia de comprometer tu corazón en este arreglo matrimonial?
—¡Por supuesto que no! —exclamó mientras se levantaba bruscamente de su asiento, haciendo que la antigua silla de madera chirriara contra el suelo—. Pero es la mujer que elegí para que me diera descendencia y continuara nuestro linaje.
—En ese caso, búscate otra mujer más adecuada y deja de obsesionarte con alguien que tomó la decisión de abandonarte sin mirar atrás. No desperdicies tu vida aferrándote a una traidora que aparentemente se fugó con el primer individuo que se cruzó en su camino.
—Ella fue víctima de un secuestro… —intentó argumentar, aunque su voz flaqueaba ante las evidencias.
El patriarca soltó una carcajada amarga que resonó en las paredes del despacho—. ¿Llamas secuestro a una mujer que dispara contra tus propios hombres y mientras el helicóptero se eleva se besa con otro hombre frente a tus ojos? —Kiran retrocedió un paso, visiblemente impactado al escuchar a su padre revelar esos detalles— Estoy enterado de cada acontecimiento, mis informantes me han relatado meticulosamente todo lo ocurrido desde el violento ataque, incluyendo cómo ese individuo casi logra acabar con tu vida. ¿Qué razonamiento nubló tu juicio cuando decidiste dispararle en una zona no vital? Era tu obligación eliminarlo definitivamente, tal como él ejecutó a tu suegro, sin la menor compasión ni remordimiento.