Ricardo Marroquín cogió a su hija de la mano y salió del supermercado. No hizo las compras que había ido a hacer. Él no solía realizar esas tareas, su presencia en ese lugar era parte de una campaña publicitaria impuesta por su abogada; tenía que ser el padre perfecto (o al menos aparentar serlo) tenía que hacer el papel del padre que iba con su hija a hacer las cosas cotidianas, el papá que conducía en las mañanas al colegio y en las tardes a clases de valet. Por lo general, le dejaba esos menesteres a los choferes y escoltas privados; desde que comenzaba el día, hasta que caía la noche, él hacía su rutina muy aparte de la de su hija; aquello tenía que cambiar si no quería que su suegra recuperara la custodia.
Acomodó a la pequeña luz en la silla para niños, en el asiento trasero del coche último modelo. Adquirir un sedán cuatro puertas, había sido uno de los recientes cambios que había tenido que hacer. Ricardo solía conducir un deportivo de dos puertas y cada noche, el asiento del copiloto era ocupado por una mujer diferente; cada una más bella que la anterior.
―Ya estoy grande para esto ―se quejó Luz refiriéndose al asiento para niños. Ricardo tenía la mitad superior del cuerpo dentro del auto, estaba inclinado sobre Luz. Ignoró lo que ella dijo y puso su atención en lo que llevaba en las manos.
―¿Qué es eso que tienes ahí? ―le preguntó arrebatándole el cuaderno de la mano ―¿quién te lo ha dado? ―salió del auto y se enderezó mirando con curiosidad el viejo cuaderno.
―Se le ha caído a mi amiga; Serena ―respondió la niña con los ojos clavados en el cuaderno, estiró la mano en un intento de cogerlo de vuelta. Se preguntó quién era esa tal Serena ―la amable señorita que me ha ayudado a encontrarte ―aclaró Luz como si le hubiese leído los pensamientos. Ricardo abrió el cuaderno y lo hojeó. Rodó las pupilas hacia arriba en cuanto percibió lo que era.
―¡De esto se trataba! ―frunció los labios con rabia ―toma, puedes usarlo para jugar, puedes dibujar o recortarlo si quieres ―puso el cuaderno en las manos de Luz y cerró la puerta sin asegurar las correas del asiento.
Ricardo era el dueño y director general de la Editorial más importante del país, tenía al menos una cincuentena de sellos editoriales asociados. Tenía una especie de sexto sentido para elegir manuscritos con potencial y contaba con conocimientos, habilidades y recursos para hacer de esos manuscritos los mayores éxitos de venta.
Aquel no era un negocio muy lucrativo, sin embargo, Ricardo Marroquín se había hecho un mercado que le generaba cuantiosos ingresos, su capital ascendía a millones y millones de dólares. No era de extrañar que cada cierto tiempo, algún escritor aficionado; desesperado por ser publicado por Bens Editorial, hiciera alguna locura para hacerle llegar un manuscrito. Esa chica vestida de monja había ido demasiado lejos. Sintió rabia al pensar en el asunto, sí tenía que haber llamado a la policía después de todo, le hubiese enseñado una lección.
El tráfico era un desastre, llegarían tarde a las clases de valet.
―No compramos mis galletas ―el reclamo de Luz le llegó desde el asiento trasero.
Eso era lo que habían ido a comprar; las galletas. Era el cumpleaños de una de las niñas de la clase de valet y harían una pequeña fiesta de dulces; Luz tenía que llevar galletas. Su pequeña hija era un ángel, pero podía ser bien quisquillosa cuando se lo proponía, se había negado a llevar cualquier tipo de galleta que no fueran oreos choco brownies y ese había sido el motivo por el que Ricardo se había distraído en el supermercado y le había quitado los ojos de encima; buscaba las malditas oreos choco brownie.
Miró el reloj en su muñeca y no se contuvo.
―¡MIERDA! ―dijo entre dientes y le propinó un golpe al centro del volante. Eran las tres y cuarenta, la clase de valet comenzaba a las cuatro, llegarían tarde otra vez, era la tercera vez esa semana que Luz llegaría tarde, la profesora Betsy ya se lo había reprochado, con su ridículo acento francés y su cara larga y estirada; le había advertido que sus clases en el horario de la tarde eran muy cotizadas y que tenía a una fila de niñas esperando por un lugar en su clase “niñas que jamás llegarían tarde” le había asegurado.
Miró hacia adelante, una gran fila de autos se extendía hasta donde ya no podía ver más. Todos tocaban el claxon, el carril contrario estaba despejado. Viró a la derecha saliendo un poco de la fila, lo pensó un par de segundos y se lanzó al carril a toda velocidad, podría avanzar lo suficiente antes de que viniera un auto en dirección opuesta, al menos, eso pensó, pero no fue así, una camioneta roja salió de la nada y Ricardo no pudo frenar a tiempo, trató de salirse de la vía, pero solo logró evitar un choque de frente.
No supo que pasó, solo sintió que el auto se estremeció de un golpe, los oídos le zumbaban, los pedazos de vidrio le impactaron contra el rostro, sentía algunos de ellos incrustados el cuello, su mejilla estaba tendida contra la bolsa de aire, sentía que el cinturón de seguridad lo asfixiaba, intentó en vano desabrocharlo, giró el torso hacia atrás, Luz no estaba en la silla para niños, sintió su corazón arrugarse dentro de su pecho hasta volverse nada. Miró desesperado hacia todas partes y vio el cuerpo de su hija enroscado en posición fetal en el suelo detrás del respaldo del copiloto.
―¡LUZ! ¡LUZ! ―gritó desesperado, estiraba las manos hacia la pequeña que no se movía. Entornó la mirada como si buscara algo en el aire, trataba de ver si Luz estaba respirando, pero las lágrimas le empañaban la vista. El cinturón de seguridad lo mantenía sujeto a su asiento, no lograba desabrocharlo.
Aquellos fueron los minutos más desesperantes de su vida. El rostro de Mirella se le vino a la mente, su cabeza rapada, su piel glauca y las bolsas de cansancio debajo de sus ojos “cuida a Luz” le había rogado su amada esposa antes de morir “por favor cuídala” él le había prometido que lo haría, pero en vez de eso, había ahogado el dolor en el alcohol, las fiestas y las mujeres. No había cuidado a Luz. Las lágrimas le quemaban las mejillas, sentía que se ahogaba en su propio llanto ―¡AYUDA! ¡AYUDA! ―intentó gritar en cuanto vio personas acercarse al auto, pero las palabras salían ahogadas de su boca, cerró los ojos y gimoteó. Ese día revivió el sentimiento impotencia por ver morir a quien amas sin poder hacer nada.