En verdad, lamento mucho obligarlos a permanecer a mi lado y junto a mi silla. Un anciano
que se halla adormecido en un soleado patio trasero nada tiene de interesante, lo reconozco.
Pero las cosas habrán de ser puestas cada cual en su sitio, de acuerdo con lo realmente
acaecido, y les ruego que prosigan andando a paso lento junto a mí, mientras aguardamos a
Mr. Franklin, que arribará en las últimas horas del día.
Antes de haber tenido tiempo de amodorrarme de nuevo, luego de la partida de mi hija Pe-
nélope, fui perturbado por un rechinar de vajilla, proveniente de las dependencias de los
criados, que vino a anunciarme que la cena se hallaba lista. Comiendo, como yo lo hacía en
mi propia habitación, nada tenía que ver con la cena de la servidumbre, como no fuera
desearles una buena digestión, antes de volver a apoltronarme en mi silla. Acababa de esti-
rar mis piernas, cuando vi de pronto surgir ante mí a otra mujer. No era mi hija; se trataba,
esta vez, de Nancy, la ayudante de cocina. Yo le cerraba el paso. Mientras me pedía que la
dejara pasar pude observar que la expresión de su rostro era de mal humor…, cosa que, en
mi carácter de jefe de la servidumbre, tenía por norma no dejar pasar jamás por alto.
—¿Por qué abandonas la mesa, Nancy? —le pregunté—. ¿Qué es lo que ocurre, ahora?
Nancy trató de abrirse paso sin responderme, ante lo cual me levanté yo y la tomé de una
oreja. Es una muchacha rolliza y hermosa, y en cuanto a mí, tengo por costumbre proceder
en esa forma, cada vez que deseo demostrarle a una muchacha que apruebo personalmente
su conducta.
—¿Qué es lo que pasa ahora? —le volví a preguntar.
—Rosanna ha vuelto a retrasarse para la cena —dijo Nancy—. Y me han ordenado ir en su
busca. Los trabajos más duros caen siempre sobre mis espaldas. ¡Déjeme pasar, Mr. Bet-
teredge!
La persona que aquí se designa con el nombre de Rosanna era la segunda criada de la casa.
Sintiendo hacia ella una especie de piedad (por qué, ya habrán de saberlo ustedes ahora) y presintiendo, a través de la expresión del rostro de Nancy, que ésta habría de dirigirle pala-
bras más duras que las que aconsejaban las circunstancias, ocurrióseme de pronto pensar
que no tenía nada que hacer y que bien podía ir por Rosanna yo mismo, previniéndole que
en el futuro debería ser más puntual, cosa que, estaba seguro, habría de acatar sumisamente,
dicho por mis labios.
—¿Dónde está Rosanna? —inquirí.
—En la playa, naturalmente —dijo Nancy, sacudiendo la cabeza—. Esta mañana sufrió uno
de sus acostumbrados desmayos y pidió que la dejaran salir para respirar un poco de aire
fresco. Se me está acabando la paciencia.
—Vuelve a cenar, muchacha —le dije—. Yo, que soy paciente con ella, iré en su busca.
Nancy, que es de muy buen comer, se mostró complacida. Cuando así ocurre parece her-
mosa. Y cuando se me aparece hermosa tengo ya costumbre de pasarle la mano por debajo
de la barbilla. No es un acto inmoral, sino una costumbre.
Pues bien, echando mano de mi bastón, me dirigí hacia las arenas.
¡No!, aún no es conveniente partir. Siento mucho verme obligado a detenerlos otra vez;
pero es necesario, realmente, que escuchen ustedes la historia de Rosanna y las arenas, por
la simple razón de que la historia del diamante se halla estrechamente vinculada con ambas.
¡Con cuánto esfuerzo trato de proseguir narrando sin detenerme en el trayecto, y cuán ma-
lamente llevo a cabo mi propósito! Pero, ¡vaya!… Hombres y Cosas se mezclan en forma
arbitraria en nuestra vida, reclamando todas, a la vez, nuestra atención. Seamos, pues, pa-
cientes y breves; les prometo que muy pronto habremos de hallarnos sumergidos en pleno
misterio.
Rosanna (para nombrar a la Persona antes que la Cosa, lo cual hacemos por mera cortesía)
era la única criada nueva de la casa. Cerca de cuatro meses antes de la época a la que me
estoy refiriendo, había ido mi ama a Londres a visitar un reformatorio, con el objeto de sal-
var a algunas mujeres y evitar que reincidieran en el mal camino, una vez que abandonaran
la prisión. La directora, advirtiendo su interés, indicóle una muchacha llamada Rosanna
Spearman, narrándole, al mismo tiempo, una historia de lo más desdichada, que no me
atrevo a repetir aquí, porque no deseo, como no desearán sin duda ustedes, pasar un mal
momento, sin provecho alguno. En resumen, Rosanna Spearman había sido una ladrona,
pero como no era de esa especie de ladrones que fundan compañías en las ciudades para
hurtarles a millares de personas, en lugar de robarle a una sola, la ley dejó caer su garra
sobre ella, y la cárcel y el reformatorio siguieron las directivas de la ley. La directora opi-
naba, pese a tales antecedentes, que la muchacha constituía una excepción entre miles de
casos diversos y que sólo necesitaba una oportunidad para mostrarse digna del interés de
que la hiciera objeto cualquier mujer cristiana. Mi ama (que era una cristiana, si es que en
verdad ha habido alguna vez alguien que lo fuera) replicó a la directora: "Rosanna Spear-
man contará con esa oportunidad bajo mi servicio." Una semana después ingresó como
segunda doncella.
Exceptuándonos a Miss Raquel y a mí, a ninguna otra persona le fue revelada dicha histo-
ria. Mi ama, que me concedía siempre el honor de consultarme respecto a cualquier clase
de asunto, lo hizo también esa vez en la cuestión de Rosanna. Y habiendo yo adquirido, en
gran parte, la costumbre del difunto Sir John de asentir siempre a lo que ella decía, convine
cordialmente con ella en todo lo que se vinculaba a la misma.
Jamás muchacha alguna contó con una oportunidad mejor que la que se le brindó a esta
pobre muchacha. Ningún criado podía echarle en cara su pasado, porque ninguno de ellos
lo conocía. Contó con un salario y gozó de los mismos privilegios que los demás; y de tanto
en tanto recibía, en privado, alguna palabra de estímulo por boca de mi ama. En retribución,
necesario es que lo diga, se mostró ella siempre digna del benévolo tratamiento que se le
dispensaba. Aunque, lejos de ser fuerte, era víctima a menudo de esos desvanecimientos a
que se ha hecho referencia, realizaba sus faenas con modestia y sin quejarse, efectuándolo
todo cuidadosa y concienzudamente. Pero, fuera por lo que fuere, lo cierto es que jamás
entabló amistad alguna con las otras criadas, exceptuando a mi hija Penélope quien, aunque
no intimó nunca con ella, la trató siempre con benevolencia.
No puedo explicarme en qué forma pudo ofender la muchacha a las demás. No había en
ella, ciertamente, belleza alguna que hubiera podido provocar su envidia; era, por otra par-
te, la más humilde de la casa, a lo cual se agregaba la desgracia de tener un hombro más
grande que el otro. En mi opinión, las causas principales del resentimiento de sus compañe-
ras eran, sobre todo, su mutismo y su soledad. Acostumbraba leer o trabajar en las horas
libres, momentos que las demás dedicaban a las murmuraciones. Y cuando le correspondía
salir, nueve de cada diez veces en que tal cosa ocurría, se colocaba en silencio su gorro y
salía completamente sola. Jamás disputaba ni se ofendía por nada; sólo mantenía cierta dis-
tancia, obstinada y cortésmente, entre sí misma y las otras. Añadíase a ello la circunstancia
de que, simple como era, existía en su persona la pizca de un algo que no correspondía a
una criada, y esa pizca la hacía asemejarse a una señora. Trascendía tal cosa de su voz, o
quizá de su rostro. Lo que sí puedo asegurar es que las otras mujeres se lanzaron sobre esa
peculiaridad suya como un rayo, desde el primer día en que se la vio en la casa, y dijeron,
lo cual era de lo más injusto, que Rosanna Spearman se daba tono.
Habiendo narrado ya su historia, no me queda otra cosa por hacer que darles a conocer una
de las tantas costumbres extrañas de esta rara muchacha, antes de proseguir con mi relato
sobre lo ocurrido en las arenas. Nuestra finca se yergue bien hacia lo alto, en la costa de
Yorkshire, próxima al mar. Y cuenta con muy hermosas sendas en todas direcciones, salvo
en una. Ésta, puedo asegurarles, es una senda horrible. Luego surcar a través de un cuarto
de milla una melancólica plantación de abetos, nos lleva hasta un lugar ceñido por dos ba-
jos acantilados que se alzan sobre una pequeña bahía, la más solitaria y deprimente de toda
la costa.
Las dunas se suceden allí cuesta abajo, en dirección al mar, y culminan en dos cabos roco-
sos y combados que surgen el uno frente al otro, hasta perderse en el mar. Uno de ellos re-
cibe el nombre de Cabo Norte y el otro de Cabo Sur. Entre ambos, y fluctuando continua-
mente en ciertos períodos del año, extiéndese la más horrenda de las arenas movedizas de
Yorkshire. Cuando retorna la marea, hay algo allí, en las remotas profundidades, que le
transmite un temblor de lo más extraño a esa superficie arenosa, lo cual ha dado lugar a que las gentes de la región bautizaran al sitio con el nombre de las Arenas Temblonas. Un gran
banco situado media milla más allá, próximo a la boca de la bahía, atempera la violencia de
las aguas oceánicas que vienen desde mar afuera. En invierno y verano, cuando fluye la
marea sobre las arenas movedizas, parece como si el mar, luego de abandonar allí sus olas,
sobre el banco, se deslizase calmosamente, suspirando y cubriendo de silencio la costa. ¡Se
trata, sin duda, del más horrible y solitario de los lugares! Ni un solo niño de nuestra aldea
de pescadores, llamada Cobb's Hole, viene a jugar aquí. Los mismos pájaros, creo, eluden a
estas Arenas Temblonas. Que una muchacha ante cuya mirada se ofrecen por docenas los
caminos más hermosos, y a quien no le habría de faltar compañía en cuanto le dijera a al-
guien: "¡Ven!", escoja este sitio para sentarse a trabajar en él o dedicarse, solitaria, a la lec-
tura, cuando le corresponde salir, es algo, en verdad, extraordinario. Como quiera que sea, y
tómenlo ustedes como quieran, lo cierto es que ése era el paseo favorito de Rosanna
Spearman, si se exceptúan los viajes que realizaba de tanto en tanto, para ir a visitar a su
única amiga residente en Cobb's Hole, la persona más próxima a su vida. También es cierto
que era ése el sitio hacia donde yo me dirigía con el propósito de hacerla regresar para la
cena, lo cual nos retrotrae, felizmente, al punto de partida, impulsándonos otra vez hacia las
arenas.
Ni un solo vestigio de su existencia advertí en el plantío. Cuando, después de trasponerlo,
avancé por los médanos en dirección a la costa, pude verla con el pequeño sombrero de
paja y la sencilla capa gris que usaba siempre para disimular, de la mejor manera posible,
su hombro deforme. Allí estaba, solitaria, dirigiendo su vista, a través de las arenas move-
dizas, en dirección al mar.
Se estremeció al verme a su lado y volvió la cabeza hacia otra parte. Como por principio no
podía yo, en mi carácter de jefe de la servidumbre, permitir que se rehusase mirarme a la
cara, sin inquirir la causa, le hice volver el rostro hacia mí y comprobé que estaba orando.
Teniendo a mano mi pañuelo de hierbas —una de las seis maravillas que le debo al ama—,
lo sustraje de mi bolsillo y le dije a Rosanna:
—Ven y siéntate conmigo, querida, en el declive de costa. Luego de enjugarte las lágrimas
seré tan osado como para preguntarte cuál es el motivo de esas lágrimas.
Cuando sean ustedes tan viejos como yo, hallarán entonces mucho más fatigoso de lo que
ahora les resulta el acto de ir a sentarse en el declive de una costa. Sentado allí comprobé
que Rosanna se había estado secando los ojos con su propio pañuelo, de una clase y inferior
a la del mío, un mezquino pañuelo de artista Se hallaba muy serena, sintiéndose a la vez y
desdichada, pero se sentó a mi lado como una buena muchacha en cuanto se lo indiqué. La
manera más eficaz de consolar a una mujer consiste en sentarla sobre nuestras rodillas. Yo
me acordé al instante tan preciosa norma. Pero, ¡vaya!, lo cierto es que Rosanna no era
Nancy.
—Dime, querida —le dije—, ¿por qué estabas llorando?
—Por mi vida de estos últimos años, Mr. Betteredge —dijo Rosanna calmosamente—. To-
davía me acuerdo, de vez en cuando, de mi vida pasada.
—Vamos, vamos, muchacha —le dije— tu pasado ya ha sido borrado. ¿Por qué razón no
puedes olvidarlo?
Asió, entonces, uno de los faldones de mi casaca. Yo soy un viejo desaliñado que vuelco
buena parte de lo que como y bebo sobre mis ropas. Ya una ya otra mujer de la casa me
quitan siempre la grasa de encima. La víspera Rosanna había quitado una mancha de mi
faldón, con un nuevo producto del que se decía que eliminaba toda mancha. Desaparecida
la grasa, una huella opaca aparecía en el mismo lugar, sobre la pelusa del paño. La mucha-
cha señaló el lugar y sacudió la cabeza.
—La mancha ha desaparecido —dijo—. ¡Pero el lugar la descubre, Mr. Betteredge…, el
lugar la descubre!
Una observación que nos toma desprevenidos, valiéndose para ello de nuestra propia cha-
queta, no es fácil de ser contestada. Por otra parte, algo trascendía en ese instante de la mu-
chacha que me hizo sentirme particularmente sensible a su dolor.
Tenía unos hermosos ojos castaños, simples, como lo eran también muchas de sus otras
características personales, y me miró denotando una tan profunda sensación de respeto ha-
cia mi dichosa ancianidad y mi buen carácter, que fue como si me hubiera dado a entender
que tales cosas habrían de hallarse en todo tiempo fuera del alcance de sus posibilidades; lo
cual hizo que se me oprimiera el corazón ante la suerte de nuestra segunda doncella. Consi-
derándome incapaz de confortarla, sólo me quedaba una cosa por hacer. Y esta cosa consis-
tía… en hacerla regresar para comer.
—Ayúdame a levantarme —le dije—. Te has rehusado para la cena, Rosanna, y he venido a
buscarte.
—¡Usted, Mr. Betteredge! —respondió ella.
—Nancy era la encargada de hacerlo —le dije—.
Pero pensé que habría de molestarte menos el regaño si éste venía de mis labios.
En lugar de ayudarme, la pobre criatura deslizó su mano sobre la mía, y la apretó suave-
mente. Se esforzó por no llorar y lo consiguió… ganándose de esa manera mi respeto.
—Es usted muy bueno, Mr. Betteredge —dijo—. No deseo comer nada hoy… Permítame
quedarme un rato más aquí.
—¿Qué es lo que te hace desear este lugar? —le pregunté—. ¿Qué es lo que te impulsa a
venir continuamente a un sitio tan miserable?
—Hay algo que me arrastra aquí —dijo la muchacha, trazando figuras con su dedo en las
arenas—. Quiero evitarlo y no puedo. A veces —dijo en voz baja y como atemorizada por
sus propias visiones—, a veces, Mr. Betteredge, pienso que la muerte me está aguardando
aquí.