Alexander refunfuñó por lo bajo por enésima vez en lo que iba de la mañana. Era la primera vez, en años, que no podía centrarse en el trabajo. Los documentos que debería haber leído y firmado, todavía yacían en una pila a un lado de su escritorio. La taza con café se había enfriado sin siquiera haber bebido un solo sorbo de esta. Por amor a Dios, Alexander jamás se encontró en una situación semejante y no tenía idea de qué pensar o hacer. Esta mañana, antes de salir de su casa, había creído que sería un día ajetreado, asistiendo a reuniones y juntas, firmando documentos, hallando soluciones a los muchos inconvenientes que surgían durante un día normal de trabajo… Lo habitual, para el caso. Sin embargo, cuando llegó a la oficina, se encontró con algunos cambios visuales pocos sutiles, por

