Tres años despuésSi existía algo que Alma había aprendido a disfrutar era del sexo, ya se consideraba una amante experta, era feliz y estaba plena. Jazmín le sirvió una taza de café y le guiño un ojo, Alma rió traviesa. —¡Me hubiese gustado que recordaran que había niños alrededor. Saben, menores de edad —se quejó Jazmín con burla. —¿Qué los padres de esos niños no tienen sexo? —contestó Alma riendo y Jazmín se le unió. —¡Tía Alma! Galleta, dame —dijo el pequeño Abel. —¡Di por favor niño! —le regañó Jazmín. —¡Po favo! —dijo el pequeño haciendo un gesto de súplica con la mano. —¡Toma! Mi príncipe hermoso, llévale a Eva también —le dijo Alma, lo atrapó y le dejo un beso en la mejilla. El bebé salió corriendo por el medio de la cocina. —¡Son unos salvajes! —se quejó Jazmín. —¿Qué tan

