Albert
El alegre canto de los pájaros en el bosque, al otro lado de mi ventana, me despertó de un sueño profundo y reparador. No recordaba haber dormido nunca tan bien. Me sentí rejuvenecido.
El sonido de sus suaves ronquidos me indicó el motivo de mi satisfacción. Me giré de lado y la observé dormir mucho más de lo debido. Todavía me costaba creer que estuviera allí. Sentía que la había esperado una eternidad.
Pero había una guerra en mi cabeza. Parecía haber tenido un día estupendo conmigo ayer. No podría haber sido más increíble para mí, salvo por volver a casa con un dolor de cabeza muy fuerte. Sin embargo, temía que la novedad del pueblo fuera lo que la atraía. Anoche pareció comprender que realmente estábamos aislados. Había sido duro para mí, pero para alguien cuya vida giraba en torno a las r************* y a confraternizar con gente rica y famosa, parecía imposible.
Aunque nuestro vínculo fuera real y ella quisiera estar conmigo, eso no significaba que sería feliz aquí posiblemente el resto de su vida. ¿Sería egoísta de mi parte siquiera pedirle que se quedara? Sentía que los obstáculos serían demasiado grandes para superarlos.
Cinco días.
Eso era todo lo que nos quedaba.
Mi cariño por ella se hacía más fuerte con cada segundo que pasaba con ella. Aquí, en este reino mágico, un día juntos parecía más bien un par de meses. Esperaba que a ella también le pasara lo mismo.
—¿Cuánto tiempo piensas mirarme? Está casi dando escalofríos—. Una sonrisa se extendió por su rostro mientras sus ojos se abrieron de golpe.
Extendí la mano y le aparté un mechón de pelo de la cara. —¿Dormiste bien?—
—Mejor que nunca en mi vida—. Se removió, incorporándose sobre un codo. La manta le cayó por el hombro, dejando al descubierto sus respingones pechos con sus preciosos pezones rosados. La pequeña seductora pensó que meterme desnuda en la cama a mi lado sería mi perdición. Casi había acertado. De no haber sido por el agotamiento que me invadía, jamás habría podido resistirme.
—Me alegro de oírlo.—
Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro.
—¿Qué?— pregunté mirándola con sospecha.
¿Sabías que ladras mientras duermes?
—Maldición —me pasé una mano por el pelo—. Bueno, qué vergüenza saberlo. Lo hacía de pequeña, pero no me había dado cuenta de que todavía lo hacía.
—¿Ninguna de las mujeres con las que has estado te lo ha dicho?—
—Nunca antes había tenido una mujer durmiendo en mi casa.—
Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida. —¿Estás bromeando? ¿Nunca?—
—No.—
Ella inclinó la cabeza y me miró fijamente. —¿Tienes problemas de compromiso o eres solo un jugador?—
Me reí entre dientes. —¿No puedo elegir ninguna de las anteriores?—
—¿Entonces por qué?—
Con un suspiro, me di la vuelta boca arriba, entrelazando los dedos tras la cabeza y mirando fijamente el techo de madera barnizada. —Ladrar mientras duermo es parte de ello. El miedo a cambiar de postura mientras duermo es otra—.
—¿Eso pasa?—
Que yo sepa, no. Nunca me ha interesado el compromiso. No diría que soy un jugador. Hasta que me atraparon aquí, me tomaba mi carrera en serio. Quería ser uno de los chefs más famosos del mundo y iba por buen camino, hasta que...
—¿Hasta aquí?—
—Sí. Ahora soy el chef de lo sobrenatural, un trabajo mucho más difícil, sin duda. —Girando la cabeza, la miré—. Pero sí pude vivir mi sueño. Puede que no lo haya logrado todo, pero casi. Pero apenas estás empezando. ¿Cuáles son tus sueños?
—Mmm —se dio la vuelta y quedó boca arriba—. Tengo un podcast, pero no es lo que quiero. Cuando me entraron ganas de venir, era lo único en lo que podía pensar. Es la única vez en mi vida que sentí que tenía un propósito: contigo.
Maldita sea. Me estaba matando. Me giré para alcanzarla, pero me detuve. Tocarla ahora significaría que pasaríamos el día en la cama, pero tenía muchas cosas que mostrarle hoy.
—¡Mierda! —Se incorporó en la cama y señaló hacia la ventana—. ¿No tenemos que abrir el restaurante para el desayuno? —Se quitó las mantas de encima y saltó de la cama.
No mires su cuerpo desnudo. No mires, me dije. Maldita sea, miré.
Su cuerpo era aún más increíble bajo los rayos de sol que se filtraban por la ventana, acariciando su piel de marfil, que bajo la tenue luz del atardecer. Mi pene también me traicionó, poniéndose al día y amontonando las mantas que me cubrían.
Sentándome, agarré la almohada que estaba debajo de mi cabeza y la coloqué en mi regazo.
Ella sonrió, haciendo sonar un hombro. —No hace falta que te cubras la erección. Ya me di cuenta. Además, me dio un par de codazos en la espalda anoche—.
Maldita sea, simplemente mátame y acaba con esto.
Tenía la garganta seca. Muy seca. Cambié de tema. Me aclaré la garganta. —¿Tan ansiosa estás por servirles la comida a criaturas sobrenaturales?—
Ayer fue divertido. Conocer a toda la gente diferente que vive aquí fue genial. O sea, creía que las gárgolas y los vampiros solo existían en los cuentos de hadas. Es una locura. Sigo pensando que esto es un sueño y que despertaré en cualquier momento y la realidad me golpeará. Es como si mi mundo finalmente se hubiera abierto y estuviera donde debo estar. Arrugó la nariz. —¿Tiene sentido?—
En efecto. Su llegada me hizo sentir lo mismo. Como si mi vida estuviera completa ahora que ella estaba aquí. —¿Te decepcionarías muchísimo si no abrimos el restaurante hoy y te llevo a dar un paseo por la ciudad? Tenemos un spa aquí. No es lujoso, pero hace manicura y masajes—.
—Me encantaría eso.—
Renata
Sentada en el asiento del copiloto del Jeep con la capota bajada, recorriendo la ciudad, fue una experiencia increíble. Las tiendas eran todas encantadoras y coloridas, con nombres divertidos como la Taberna del Duende Afortunado.
Sentí una libertad que nunca antes había sentido. No tuve que pasar una hora peinándome y maquillándome esta mañana. Albert me aceptó tal como era, con imperfecciones y todo. No tenía obligaciones sociales ni reputación que mantener. Éramos solo él y yo, nada más importaba.
—Ahora eres tú el que me mira fijamente—, bromeó, apartando la vista de la carretera para sonreírme.
—Solo estaba pensando.—
—¿Acerca de?—
¡Cómo me estoy enamorando de este lugar! Y cuando superas su apariencia ruda, no estás tan mal. Me sonrojé y aparté la mirada. Era una locura pensar en enamorarme y empezar una nueva vida en tan solo dos días. Pero parecía como si nuestras almas se conocieran desde hacía mil años. Los segundos eran horas. Las horas eran semanas.
El Jeep se detuvo con un chirrido, levantando el polvo del camino de tierra a su alrededor. Girándose en su asiento, me miró fijamente un instante.
—¿Acabo de escuchar lo que creo haber escuchado?—
Asentí.
—¿Te refieres a eso?—
Me lamí el labio inferior y asentí por segunda vez. —Es una locura, pero me encanta estar aquí—.
Inclinándose sobre la palanca de cambios, me puso una mano en la nuca mientras sus labios se posaban sobre los míos. Gemí cuando su lengua se deslizó entre mis labios, buscando frenéticamente la mía. El calor entre mis piernas se encendió al corresponderle el beso.
Rompiendo el beso, lo empujé hacia atrás en el asiento y me arrastré sobre él para sentarme a horcajadas sobre él. Metiendo la mano entre sus piernas, tiré de la palanca para empujar el asiento hacia atrás todo lo posible y tener espacio para moverme.
—¿Pasa gente por aquí?—, pregunté, consciente de repente de que estábamos al descubierto, en medio de un camino de tierra.
Normalmente no, estamos al borde del pueblo. La gente del pueblo no tiene porqué venir por aquí.
—Bien. —Bajé mis labios hacia los suyos y me balanceé contra su erección que crecía rápidamente. El dobladillo de mi falda subió lentamente por mis muslos desnudos hasta llegar a mis caderas, dejando mi coño al descubierto para él.
Emitió un gruñido bajo y feroz mientras sus manos me agarraban las caderas, atrayéndome hacia sí. El borde de su pene rozaba mi coño, abriéndose paso entre mis labios y rozando mi clítoris hinchado.
Sus besos se volvieron frenéticos, sus labios recorriendo mi mandíbula hasta mi cuello. Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás; mi largo cabello oscuro caía en cascada por mi espalda, permitiéndole acceder mejor a mi piel sensible.
Otro gruñido mientras me mordía el costado del cuello, entre el cuello y la clavícula. Una mano se deslizó entre nosotros, ahuecando mi montículo, un dedo deslizándose entre mis pliegues, jugueteando con mi clítoris con precisión experta.
Una oleada de placer y dolor me recorrió el cuerpo, haciéndome gritar de éxtasis mientras apretaba mis caderas contra él, anhelando sentirlo dentro. —Por favor. Dios, por favor, tómame—. Metiendo la mano entre nosotros, mis dedos hicieron un rápido trabajo con el botón y la bragueta de sus vaqueros, bajándolos y liberando su grueso m*****o.
—Vas a ser mi perdición, mujer —gimió, agarrando el escote de mi vestido y desgarrándolo. Los botones volaron por todas partes, acompañados por el sonido de la tela al rasgarse.
Mis pechos se desbordaron y el calor del sol caía sobre mi pecho desnudo. Sus labios recorrieron mi torso hasta el valle entre mis pechos. Mientras agarraba su m*****o, envolviendo mis dedos alrededor de su gruesa longitud, comencé a acariciarlo. Su boca se aferró a mi pecho izquierdo, sus dientes mordisqueando el pezón, convirtiéndolo en un pico endurecido mientras su mano comenzaba a acariciar el otro.
—Estás jugando con fuego, mujer —gruñó.
—Quizás quiero quemarme. —Una sonrisa se dibujó en mis labios al mirarlo a los ojos. El ansia tras esos ojos ámbar era insoportable. Lo necesitaba más que a nadie en mi vida. Retiró la mano de entre mis piernas mientras yo alineaba la punta de su pene con mi húmeda entrada y me agaché lentamente sobre él.
Gemimos al unísono mientras me llenaba, expandiéndome como nunca antes. Agarrando el dobladillo de su camiseta, la subí frenéticamente por encima de su cabeza antes de caer sobre él, sintiendo el calor de su pecho contra los míos.
—Maldita sea, nena, te sientes increíble—, gimió. —Tan jodidamente increíble—.
Me concedí un momento, saboreando la sensación de tenerlo dentro de mí. Encajaba a la perfección. Pero necesitaba más. Necesitaba la liberación que su pene podía proporcionarme. Aferrándome a él con fuerza, con la cara hundida en su cuello, comencé a moverme sobre él. Empecé despacio, saboreando su tacto, los temblores de placer que me proporcionaba cada embestida.
Sus manos se deslizaron a mis costados, sus dedos clavándose en mi carne mientras yo comenzaba a girar las caderas, disfrutando de sus gemidos con cada giro. Cada movimiento, cada rotación, cada embestida, me acercaba al límite.
—Mírame—, exigió.
Me aparté y lo miré a los ojos mientras me movía más rápido sobre él. Sus manos me guiaron mientras empezaba a penetrarme, siguiendo cada uno de mis movimientos descendentes.
—Quiero ver tu cara cuando te corras sobre mi polla, nena—.
Una sonrisa maliciosa se dibujó en mis labios. —Joder, Chef Kholl. Me encanta cuando dices cosas sucias—.
Él se rió entre dientes mientras embestía contra mí, haciéndome gritar con la repentina sacudida de placer. —Y me encanta oírte gemir—.
Agarré el reposacabezas detrás de su cabeza y aceleré mis movimientos. Cada vez más rápido y con más fuerza, nuestros cuerpos trabajaban al unísono para alcanzar juntos la cima del deseo. La tensión en mi cuerpo aumentó, cada músculo se tensó, esperando el momento de la liberación.
—Eso es, córrete. Necesito sentirlo. —Su voz me inundó al penetrarme una última vez, llevándome al límite del deseo. Clavé las uñas en el reposacabezas mientras gritaba, mi coño apretándose alrededor de su polla, succionándola hasta su semen.
—¡Mierda!— gruñó, sus ojos ámbar brillando mientras me dejaba caer sobre su regazo una última vez antes de sentir su pene sacudirse y estallar dentro de mí, la fuerza de su semen golpeando contra la parte posterior de mi centro y llenándome.
Cayendo sobre él, hundí la cara en su cuello mientras me rodeaba con sus brazos, estrechándome contra él. Lo sentí tan bien dentro de mí. Era como mi hogar.
—No quiero que este sentimiento termine jamás—, susurré, sabiendo en el fondo de mi corazón que era cierto. Por alguna razón, me había acercado a él, y por primera vez en mi vida sentí que pertenecía a él.
—Yo tampoco, cariño —susurró en mi oído, rozando mis sienes con sus labios.
—Esto es una locura.—
—Es.—
—¿Qué vamos a hacer?—, le dije más a él que a mí misma.
—No lo sé, cariño —respondió, pasándome la mano por el pelo—. Simplemente no lo sé.